
La protagonista es una mujer, Chiara, miembro de dicha célula terrorista, y que interpreta la estupenda Maya Sansa, la encantadora iseleña de La mejor juventud. En ella se encarnan las contradicciones de la ideología: la ortodoxia doctrinal abstracta, y los susurros de su corazón que le señalan lo horrible e irreal del camino escogido. Frente a ella tenemos a un Aldo Moro descomunal (Roberto Herlitzka), cristiano cabal, que asume con dignidad su destino fatal. Todo su dolor y fragilidad van minando la humanidad de Chiara, que en su interior decide salvarle, aunque no sabrá ni podrá hacerlo. Chiara es una mujer que, por salir a trabajar todos los días, mientras sus compañeros hacen guardia en el zulo, es “vulnerable” a la realidad, a las conversaciones con la gente... y por tanto se escinde interiormente.
La tradición cristiana, de la que provienen a su pesar los propios terroristas, está presente en los personajes y sus gestos, y el propio Aldo Moro dialoga sobre ello con sus verdugos. La película tiene un valor didáctico, que puede permitir a los más jóvenes conocer un episodio importante de la Europa de la Guerra fría, así como comprobar cómo el terrorismo siempre hunde sus raíces en el mismo abono de la ceguera ideológica. El film también tiene sus cojeras, es muy efectista en ciertos momentos, ambiguo en otros, y en otros de dudosa interpretación, como los planos finales de Pablo VI en su silla gestatoria. Incluso sobre la Democracia Cristiana parece que se cierne una sospecha de fondo.