Menú
HOMILÍA DEL CARDENAL ANTONIO CAÑIZARES

Glosas a la unidad en la Iglesia

Al leer la homilía del Corpus Christi del certero cardenal Antonio Cañizares he recordado el libro de T. S. Eliot, Los coros de la piedra, que tanto le gusta a mi buen amigo Ricardo Viejo, y el comentario añadido que el fundador de Comunión y Liberación, Luigi Giussani, escribiera sobre esa joya, y que versa sobre la conciencia de la Iglesia en el mundo moderno.

Al leer la homilía del Corpus Christi del certero cardenal Antonio Cañizares he recordado el libro de T. S. Eliot, Los coros de la piedra, que tanto le gusta a mi buen amigo Ricardo Viejo, y el comentario añadido que el fundador de Comunión y Liberación, Luigi Giussani, escribiera sobre esa joya, y que versa sobre la conciencia de la Iglesia en el mundo moderno.
El cardenal Antonio Cañizares

¿Qué es lo que hace que la Iglesia en España hoy se encuentre dividida, hecha jirones, desagarrada, atrapada por el falso magisterio de las opiniones que sustituyen a las verdades y de las prácticas que se constituyen en normas de la nueva fe en la religión del bien obrar? ¿Qué es lo que ha provocado que el cardenal Cañizares haya lanzado el guante y, proféticamente, se haya referido a un aspecto de la vida de la Iglesia que pareciera tabú: la unidad? ¿Quiénes están empeñados en desunir a la Iglesia? ¿Sobre qué elementos se construye la unidad verdadera?

Afirma don Giussani que "los hombres que persiguen a la Iglesia sueñan con la supresión de la libertad, porque el gran ideal de este mundo es crear un universo de autómatas: 'Sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno'". La Iglesia siempre es paradoja. La unidad de la Iglesia y de los cristianos es la garantía de que el ejercicio de la libertad es auténtico. Quienes están empeñados en la inveterada práctica del divide y vencerás saben que lo que tienen entre manos es un proyecto cultural de dominio, de sumisión, de desarraigo, de sometimiento. En la Iglesia, la libertad, como la unidad, se aceptan y se conquistan; es libre quien está unido a las fuentes, a la recepción de la voluntad de Dios, de su Palabra y de su llamada para ejercer el siempre necesario equilibrio de la entrega a la realidad de Dios y a la realidad del hombre. La sustitución de la fe por la ideología es el primer y principal movimiento de la pérdida de libertad interior y de unidad.

No pocos de los que se confiesan cristianos, y bajo el nombre de cristianos parece caber un universo de contradicciones y de contrarios, se refugian en un humanismo sin Dios, y en un cristianismo sin Cristo, todo muy trascendente. Incluso se considera que la ley del progreso en la Iglesia y de la Iglesia deviene de un ejercicio de una desbocada libertad interior y exterior que supone la ruptura con las tradiciones y con la Tradición. Una ruptura que se ejecuta por la sentencia de la adaptación a los tiempos y por la demanda social. Así, hay que cambiar el ministerio, introduciendo el celibato opcional, o las relaciones entre ley natural y vida moral, porque lo dicen las encuestas. Cierta sociología religiosa y eclesiástica sigue siendo el método indiscutible de ese progreso y de esa libertad aparente. Ahora, la unidad de la Iglesia se realiza en torno a las encuestas, a la suma de sensibilidades. Si los sacerdotes no obedecen, la obediencia ha caducado. Si los matrimonios cristianos no cumplen la Humanae Vitae, el magisterio está pasado de moda. Las encuestas proclaman que la realidad es la que rompe la unidad de la Iglesia, y no se dan cuenta de que es la interpretación de la realidad y los criterios sobre los que se basa esa interpretación la que funciona como el mejor disolvente. Ya lo dijo el filósofo: no existen hechos ni acontecimientos, sólo interpretaciones.

Si el cardenal Cañizares no ha sacado las conclusiones de su afirmación, yo tampoco. Nombres, instituciones, federaciones y confederaciones no me faltan en una, ciertamente, suculenta imaginación de los actores de esa desunión. Pero lo que más me preocupa es que se tengan claros cuáles son los ámbitos sobre los que construir la unidad interior de la Iglesia, que es principio elemental para la unidad de acción exterior. La primera y principal unidad siempre es la unidad de fe en lo que creemos y en el Espíritu que nos ayuda a creer lo que creemos. No pocos planes pastorales, proyectos educativos, unidades pastorales y cualesquiera otros inventos de programación esconden la carencia de unidad en la confesión de fe común y en lo que puede ser más grave, la unidad de vida espiritual. En esas estamos.

0
comentarios