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CINE

Il Divo

Gulio Andreotti está quejoso. No comparte el juicio sobre su persona que propone Paolo Sorrentino en Il Divo, su premiado film en Cannes (Premio del Jurado). "Me presentan como un cínico, y no lo soy", ha declarado a La Repubblica. Y está bien visto por su parte: un católico puede ser un gran pecador, pero jamás un cínico.

Juan Orellana
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Sorrentino, un treintañero de corta carrera (éste es su cuarto largometraje) se ha convertido en el niño bonito de los Festivales de Venecia y Cannes, los más laicistas del mundo. Protagonizada por su actor fetiche, Toni Servillo, Il Divo es un ajuste de cuentas cinematográfico con Giulio Andreotti, el político democristiano más incombustible de la historia reciente italiana. Quien fue presidente del Consejo en tres ocasiones y siete veces primer ministro, acabó su carrera ante los tribunales acusado de los crímenes más infames. Se le señaló como el inductor de la muerte de Mino Pecorelli, como compañero de viaje de la Mafia, e incluso se le acusó de no luchar suficientemente por salvar la vida de Aldo Moro, secuestrado por las Brigadas Rojas. Finalmente fue absuelto, pero el todopoderoso Andreotti ya estaba irremediablemente tocado en su imagen pública.

No es este el lugar para valorar las acusaciones contra Andreotti que se vierten en el film, a pesar de nuestra simpatía por su persona. El film combina un cruel tratamiento de la personalidad del político con un respeto a su sobriedad, austeridad y talante insobornable. Se exageran sus características más caricaturescas, hasta el punto de que mueve a la risa el trazo de su figura, más cercano al Nosferatu de Murnau que a cualquier otro ser humano. Su talante inexpresivo es forzado en el film hasta lo surrealista. Es muy expresiva la escena en la que sus colaboradores brindan con él en copas de vino refinadas y él lo hace con un vaso de plástico en el que flota una aspirina efervescente. Pero a pesar de todo logra conmover la humanidad que se adivina escondida y reprimida dentro de tanta impasible frialdad. Sus confesiones con el sacerdote, sus conmovidos recuerdos de Aldo Moro o su relación con su esposa, son exponentes de una singular humanidad llena de misterio. Como contrapunto se le presenta a menudo como un Don Corleone de la política, impasible dispensador de favores y saludos.

El crítico Antonio Auteri del diario digital italiano Il Sussidiario, valora el estilo estético y narrativo del film, pero denuncia que desde el punto de vista histórico y político, contiene graves e inaceptables deformaciones. Sin embargo retrata una de las épocas más duras de la Italia de la postguerra: la mafia, la corrupción de la justicia, la inestabilidad política...

El formato del film es poco convencional, muy postmoderno, con un uso arriesgado de la música y del sonido, de los encuadres, del ralentí, del montaje, con un tono de soterrado humor a pesar del permanente nivel dramático del argumento. Ha obtenido las siguientes nominaciones de la Academia de cine europea: a la Mejor Película europea, Mejor dirección, Mejor Guión, Mejor actor (Servillo) y Mejor fotografía (Luca Bigazzi).
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