
Lo que relaciona la Navidad con nuestra cultura es, como todo lo relacionado con el cultivo del hombre, una pregunta. Una pregunta que se hizo un día Dios y que se han hecho después los hombres a lo largo de la historia. Pensemos, o mejor imaginemos, que Dios se preguntó un día qué puedo hacer por el hombre; imaginemos que quienes nos precedieron en la historia, durante siglos y siglos, también se preguntaron un día que podían hacer ellos por los hombres. Dios pensó que lo que mejor podía hacer por el hombre era hacerse hombre. Quienes nos han precedido en las preguntas y en la aceptación de la respuesta de Dios nos han enseñado a vivir que lo que mejor podían hacer por el hombre era explicar lo que Dios había hecho por el hombre, dar razones de lo que Dios había hecho haciéndose hombre. Esta pregunta y esta respuesta encierran el sentido de la historia, del hombre; el sentido del progreso y la clave de la evolución auténtica de la humanidad.
El mundo, nuestro mundo vida, cambiaría si con frecuencia nos hiciéramos la pregunta que un día se hizo Dios. ¿Qué puedo hacer yo por los demás? ¿Qué puedo hacer por las personas que me rodean? Si le damos la vuelta a la pregunta, nos equivocamos y equivocamos la pregunta de Dios. Quien piensa en lo que los demás pueden hacer por él, en vez de pensar en lo que él puede hacer por los demás, está mas cerca de la oscuridad que de la luz.
Pero a este mensaje de Navidad hay que añadir otro. Se puede formular como hipótesis, casi científica, a la que cada uno, inevitablemente, a lo largo de la vida, tenemos que responder. Esta es nuestra más acendrada seguridad. Hobbes, entre otros, estuvo muy preocupado por relacionar la seguridad y la libertad en el hombre. En un mundo complejo, en una historia cargada de inseguridades, hay una realidad que no cambia y que nos permite tener esperanza. Nuestro corazón, todo corazón, aspira a un amor verdadero. Un amor verdadero es imán de felicidad. El amor verdadero no nos es desconocido, se nos ha dado y se nos da con un nombre y en una realidad, como una presencia. El corazón de Dios, el corazón de Jesucristo, es el amor verdadero. Si el amor es verdadero, como lo es el amor de Dios, es el mismo siempre al principio y al final, en lo grande y en lo pequeño. ¿Cómo es nuestro amor? ¿Es verdadero en el principio y en el final, en lo grande y en lo pequeño de nuestras relaciones?
Benedicto XVI escribió no hace mucho que "la pobreza más profunda es la incapacidad de la alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia... todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona."
José Jiménez Lozano nos ha ayudado, en estos días de frustraciones comunes, de desesperanzas compartidas, a soñar con la Navidad de aquella primera familia de Dios en la carne, a soñar con los pastores, y con el sereno Rubén, y con los magos y con lo malo que era Herodes, y con los romanos conquistadores y con los ángeles, y con los niños que sólo hacen preguntan y a los que no sacia ninguna respuesta simple. Su retablillo de Navidad, titulado Libro de visitantes, da vida a la vida que está en los síes de Dios en la historia. "Que no, Rubén, que lo que ha ocurrido es que nos ha nacido un Niño, y tú no te has enterado de nada", escribe el omnisciente narrador de esa historia que, por la pregunta de Dios, es ya nuestra historia.