
Si hay una idea y una experiencia que vertebra la revelación de Dios a lo largo de la historia del pueblo elegido, del Pueblo de Israel, es que Dios no olvida a su Pueblo. La fidelidad y la misericordia son el centro de la Historia.
La Iglesia es siempre el lugar de la nueva oportunidad; en cada momento es capaz de responder a la inquietud del hombre. Sus más de treinta obras teológicas traducidas al español, sus más de cientos de horas de conferencias y sus más de una docena de años al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe nos están ofreciendo una posibilidad de interpretación y de conocimiento del nuevo Papa. Sin embargo, las categorías con que explicamos lo que ha hecho para intentar saber lo que va a hacer nos son insuficientes. Un hombre, por todos conocido, Joseph Ratzinger, se ha convertido en otro hombre, el mismo, pero distinto, con otro nombre: Benedicto XVI. Se ha presentado a la ciudad, al mundo y a la Iglesia como un trabajador de la viña del Señor. Aún tengo metida en la retina la imagen de su sotana negra asomada al balcón de la Plaza de San Pedro. Para presentarse al mundo, no se quito la sotana con la que había trabajado desde que dijo sí al Señor en la primera llamada: su vocación sacerdotal.
Cuando agonizaba Juan Pablo II, el cardenal Joseph Ratzinger subía a Montecassino para recibir el Premio San Benito a la personalidad europea que mas se ha destacado en la defensa de la familia y de la vida. Allí hablo de la modernidad; de lo que había supuesto una ilustración henchida de soberbia de poder y conformada por una razón al servicio de los intereses de los que dominan la historia. La experiencia del siglo XX ha sido la experiencia de la capacidad destructiva del mal y de la banalización de su presencia en la vida de las personas. Cuando a los principios que conforman la modernidad se les vacía de su contenido referente en la naturaleza del hombre, y se les arranca del suelo nutricio de sus raíces cristianas, podemos esperarnos las mas insospechadas consecuencias en la Historia. Cuando el joven profesor Ratzinger se encerró, durante dos años de su vida, a estudiar la teología de la Historia en San Buenaventura y el concepto del Pueblo de Dios y de la Iglesia en San Agustín, no sabia que un día, con su vida, con su palabra y con su inteligencia, nos haría volver a creer en la Historia. He releído en las horas pasadas algunos capítulos de la autobiografía de la Providencia de Divina, que es “La ciudad de Dios” del santo de Hipona, y me he encontrado con la grandeza de Roma como don divino: “Era poco su valer (el de los romanos) contra la costumbre de una ciudad que se había obligado a tan demoníacos ritos. Porque también ellos, aunque sentían que eran vanidades, pensaban que debía exhibirse el culto religioso que se debe a Dios, a la naturaleza de las cosas constituidas bajo el régimen y el imperio del único y verdadero Dios. Era necesario el auxilio del Dios verdadero, que envía hombres santos y verdaderamente piadosos, que, muriendo por la verdadera religión, hacen desaparecer las falsas de entre los vivientes”.
También he leído, en homenaje al profesor Ratzinger algunas de las mas bellas paginas del libro “El completo antirromano” de Hans Urs von Balthasar. Me quedo con la siguiente cita de Madeleine Debrel, en su libro “La joie de croise”, que radiografía la situación a la que Benedicto XVI dará una respuesta certera: “Un mundo que se cristianizo, se vacía, al parecer, por si, desde dentro. Primero se vacía de Dios; luego del Hijo de Dios, y, por fin, de lo que el Hijo de Dios comunica de divino a su Iglesia. Y es muy común que lo ultimo en desmoronarse sea la fachada”.