
No concibo la fe separada de la vida; cuando trabajo, viajo, estudio o comunico, soy creyente. La vida hace histórica mi fe y la fe da sentido a mi vida y a la historia. No escribo en contra de nadie, sino frente a aquellas situaciones, conductas, opiniones y estructuras que parecen dañar gravemente la dignidad de la persona, el respeto a la vida y a la convivencia pacífica que deseamos en la sociedad. Tampoco pretendo enseñar nada a nadie, sino morder la realidad para hacer pensar y provocar la formación de opiniones. Me sirve la palabra del papa Pablo VI, en la Carta Apostólica Octogesima adveniens n. 50, donde dice que “en las situaciones concretas, y habida cuenta de las solidaridades que cada uno vive, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes”.
Después de esta reflexión previa, pienso que necesaria, voy con la cuestión que me parece urgente. Aún recuerdo unas palabras de Juan Pablo II a la juventud de Irlanda, en septiembre de 1979, poco tiempo después de ser elegido Papa. En lenguaje familiar, de amigo, les pedía que, al volver a casa, dijeran a sus padres, y a todo aquel que quisiera escuchar, que la juventud es la fuerza del Papa, que quería compartir con los jóvenes su esperanza en el futuro y su ánimo. Juan Pablo II fue un hombre de grandes pasiones. Los jóvenes fueron una de sus pasiones constantes. En sus viajes, encuentros, celebraciones y discursos, los jóvenes siempre fueron merecedores de una palabra, un guiño, un gesto que ellos entendieron. “Os he buscado”, les dijo, y los jóvenes han ido a verle. Desde el inicio de su pontificado, aparece la definición de Juan Pablo II como “el Papa de los jóvenes”, y no porque les propusiera cosas fáciles de vivir.
Los españoles hemos acogido la visita de Juan Pablo II en cinco ocasiones. En cada momento nos dejó la palabra oportuna, siempre exigente. “No tengáis miedo a un esfuerzo honesto y a un trabajo honesto. No tengáis miedo a la verdad”, les decía. En el primer viaje a España en 1982, dijo a los jóvenes: “Habéis de ser vosotros mismos, sin dejaros manipular, teniendo criterios sólidos de conducta. En una palabra: con modelos de vida en los que se pueda confiar, en los que podáis reflejar toda vuestra generosa capacidad creativa”. Ahora, creo que el Papa estará más contento si le hacemos caso, no tanto si nos quedamos en los tópicos, los elogios, las emociones y en las frases ingeniosas. Si él decía a los jóvenes que contaba con ellos, porque estaba en juego el futuro de la vida humana sobre la tierra, en todas las naciones y en todo el mundo, la mejor manera de recordarle es hacerle caso. Y hay tareas suficientes para todos, para los creyentes y también para los no creyentes que reconozcan la validez de su enseñanza. Basta querer.
Cuando hablamos de los jóvenes, lo primero que me viene a la mente es el desafío de la educación de los niños y adolescentes, uno de los problemas más apremiantes de nuestra sociedad. Cinco reformas educativas en lo que llevamos de democracia y seguimos a la cola del éxito escolar en Europa. Y para remediarlo, ¡vaya política educativa la emprendida por Zapatero!
Ante la complejidad de los problemas que afectan a la escuela, en general, y a la pública, en particular, algunos políticos no piensan en garantizar, de la mejor manera posible, el desarrollo libre e integral de la personalidad de los niños y adolescentes; se afanan en ideologizar el problema, en inventar conflictos, en manipular situaciones, en despreciar la voluntad manifestada por las familias y en enfrentar a los agentes educativos. Mientras, los profesores están desmoralizados, indefensos e inseguros; faltan las condiciones para que puedan hacer lo que saben hacer, y para que los alumnos aprendan como tienen que aprender. Tengo el convencimiento de que a la escuela pública no le falta dinero; gasta un treinta por ciento más que la escuela concertada. Tampoco hacen falta más asignaturas.
Pero todo indica que Zapatero ha elegido el camino facilón de las promesas demagógicas, el camino logsiano, la política educativa impregnada de una moral blanda y una ideología sectaria. Estos son los elementos sobre los que vuelve el gran fraude de la próxima reforma de la educación. Zapatero y su Ministra de Educación quieren convencernos de que ellos van a engendrar la nueva juventud, la del futuro mejor, porque tienen principios para todos: el principio de la "tolerancia TDI” (Todo da igual), de la "ética QMD” (Qué más da), y de las "opciones TV” (Todo vale).
La idea de que educar a las generaciones actuales en la cultura del esfuerzo, el trabajo y la superación personal; en la necesidad de la disciplina personal como respeto a los demás y sujeción a unas normas de conducta; en unas convicciones sólidas y unos principios innegociables; en la cultura del trabajo bien hecho y en el tiempo debido; la idea de que educar en todo esto es de derechas o de católicos conservadores lo ha llevado la política logse a la escuela y así nos va.
Lo cierto es que, querer gobernar y construir un orden social y político justo para las generaciones presentes y venideras, sin unos pilares incuestionables y sin unas metas exigentes, es el camino más corto hacia las dictaduras de los deseos de cada momento y las tiranías personales. La vuelta a la imposición de la política logse es reincidir en uno de los mayores fraudes educativos a la sociedad y a la juventud.
El problema de la escuela española no es la clase de Religión, sino la presión ideológica, política y partidista que sufre, el desbarajuste de la gestión y la falta de una apuesta educativa plural e integradora. Y para ello no sobra nadie.
Juan Souto Coelho es miembro del Instituto Social “León XIII”.