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EL PAPA EN FRANCIA

La alegría de la fe

Ha sido un viaje polifónico, un viaje que nos ha permitido escuchar una sinfonía con registros muy diversos, pero todos bien ensamblados en el eje de este pontificado: la centralidad del Dios que es amor, que se ofrece a la razón y a la libertad del hombre para que éste pueda realizar la plenitud de su deseo, de su vocación. Por eso, Benedicto XVI ha escogido para dirigirse al variopinto mundo de la cultura francesa la gesta del monacato occidental, la aventura de aquellos hombres y mujeres que detrás de lo provisional buscaban lo definitivo, aquellas gentes que buscando a Dios generaron toda una civilización.

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Desde la "laicidad positiva" en el primer discurso ante Sarkozy a la "sonrisa de la Virgen" de su homilía a los enfermos, la sinfonía francesa de Benedicto XVI encuentra su centro de gravedad en el Dios que ha querido mostrarse al hombre, caminar con él para liberarlo de sus ataduras y llevarlo a la plenitud que ansía. El Papa ha encarnado perfectamente la figura de esa misión que no consiste "en una propaganda para que el propio grupo crezca", sino en una comunicación de la certeza de que el Dios de Jesucristo es para todos, y todos pueden reconocerlo sea cual sea su situación cultural.

De ahí el empeño del Papa en recordar la amistad connatural entre la fe y la razón. "¡Jamás Dios nos pide el sacrificio de nuestra razón!" afirmó en la espléndida homilía de la Explanada de los Inválidos, dedicada a prevenir a los hombres de nuestro tiempo frente a los ídolos del dinero, del poder o del saber, imágenes que son fantasmas, vana apariencia que no alimenta ni da sustento a la vida, y que nos separa de nuestro propio ser y de nuestra felicidad. Por el contrario, Cristo se mide con la razón del hombre, como recordaba poderosamente San Pablo. Es la misma pedagogía que Benedicto XVI emplea en sus coloquios con los jóvenes, al recordarles que la propuesta cristiana está siempre ligada "al gusto de llevar una vida según los criterios de la felicidad verdadera".

Pero tras las imágenes de los ídolos, de los falsos dioses de nuestra época, se esconde la nostalgia del Dios desconocido. Esa es una perspectiva que la Iglesia no puede perder en esta hora, para interpretar el llanto y la rebeldía de los hombres que le dan la espalda, para seguir presentándoles con apremio y dulzura el rostro de Jesús que ha desvelado la imagen verdadera del Desconocido. ¡Cuánta paciencia, cuánta confianza en Dios, cuánta serena inteligencia del Evangelio son necesarias para no naufragar en la queja, en la mera reacción o en la autodefensa! Es algo que debemos reaprender cada día, y la providencia de Dios nos ha dado un maestro en Benedicto XVI.

Benedicto XVI consagrando"Nadie está de más en la Iglesia", les dijo el Papa a los obispos franceses retomando una exclamación lanzada a los jóvenes en Sydney, "todos sin excepción han de poder sentirse en ella como en su casa". Es verdad que en esta ocasión se refería más directamente a la necesaria acogida de los fieles que se sienten ligados a la liturgia del antiguo misal de Juan XXIII, pero no creo que sea retorcer su intención si decimos que el Papa está empeñado en que la Iglesia sea para todos un auténtico hogar donde las diversas sensibilidades y carismas puedan respirar a pleno pulmón sin otra condición que la comunión en la fe apostólica, la roca que precisamente nos libera de todos los ídolos posibles, desde las ideologías a las modas, desde los viejos demonios familiares a las presiones del ambiente.

Tres palabras clave han tejido especialmente la segunda parte de esta histórica visita: la Eucaristía, la Cruz y la Virgen. Celebrar la Eucaristía es reconocer que sólo Dios puede darnos la felicidad, es una invitación a desligarnos de los ídolos, es acudir a la fuente que nos reúne en un pueblo y nos cambia según el modelo de la caridad. La señal de la Cruz es el compendio de nuestra fe, porque nos dice que en el mundo hay un amor que es más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. La cruz nos revela la verdadera naturaleza de Dios, que no ha querido salvarnos con el despliegue irresistible de su poder, sino mediante la muerte y resurrección de su Hijo, mostrando así cuál debe ser el proceder de los suyos. La Virgen, en cuya sonrisa Benedicto XVI ha dicho que está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. Porque esa sonrisa anunciada en el Magníficat, expresa la victoria de la gracia, de la iniciativa de Dios frente a los poderes del mundo.

Al despedirse de Francia el Papa no podía disimular su alegría, tanto que se ha preguntado en voz alta si Dios le concederá la oportunidad de regresar. A las autoridades políticas les ha pedido tan sólo libertad para que la Iglesia pueda realizar su misión, en recíproco respeto y colaboración. A los intelectuales les ha recordado que la búsqueda de Dios es la base de toda auténtica cultura. A los jóvenes les ha invitado al coraje de la fe, para comunicar este tesoro con libertad y sin complejos. A los obispos les ha fortalecido en su tarea de promover la unidad del pueblo de Dios y de ensancharlo. A los que sufren les ha asegurado la compañía de la Iglesia que es el abrazo carnal de Cristo en su peregrinación. Los tiempos, dice Benedicto XVI, "son propicios para un retorno a Dios".

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