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CULTURA DE LA MUERTE

Los mortíferos nos miman con leyes

Las futuras leyes de ampliación de la despenalización del aborto y de impunidad para determinados supuestos de asesinato consentido y de colaboración al suicidio tienen vocación de constituir un nuevo derecho, el de anular derechos propios o ajenos. Es decir, que, para determinadas circunstancias, habrá ciudadanos con la potestad de un tirano para acabar con lo que es considerado inalienable: los derechos fundamentales. Porque, al terminar con la vida, se acaba con toda libertad y derecho. He aquí la última aportación del inventor de derechos, Rodríguez Zapatero.

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Esto, sin ningún género de dudas, responde a una estrategia política. Esto también es utilizado tácticamente en la presente coyuntura. Esto tendrá unas consecuencias sociales. Y, claro, habrá que dar respuesta social y política. Pero debajo de todo ello hay una ideología o, mejor, una creencia. Pues tan de fe es tomar por cierto que sólo hay materia, como que únicamente hay espíritu, como que ambas constituyen la realidad. Lo que no quiere decir que cualquier postura sea igualmente razonable. Y cuanto menos lo sea, más fanática será esa fe.

En nuestro caso, estamos ante un materialismo hedonista versión posmoderna. Por ello, la respuesta también tiene que darse, aunque ésta no sea una batalla a corto plazo, en el terreno intelectual y vital. Ante esta creencia mortí-fera, es decir, que lleva en sí la muerte, y que, por consiguiente, la cultura que engendra es de muerte, hay que pensar y cultivar la que lleva a la vida. Habrá que leer con atención las palabras del Papa a los intelectuales franceses.

Probablemente el texto más sombrío y triste del Antiguo Testamento sea el Salmo 88 (87). En él, como seguramente en ningún otro pasaje veterotestamentario, se muestra con toda crudeza la muerte y, por ello, aparece con dramatismo extremo la posibilidad del sinsentido absoluto de todo. De modo que, en pocas ocasiones en la Historia de la humanidad, se habrá puesto en cuestión tan radicalmente a Dios.

El israelita creía en un único Dios; si hubiera un dios de la muerte, como Môt, éste sería, en realidad, el dios supremo, pues no sería solamente el responsable de la muerte, sino que sería el que tuviera la última palabra. La creencia en un único Dios hace que Éste sea el dueño de todo, el que da muerte y vida. Si la última palabra fuera la muerte, entonces Dios sería un ser mortífero y el valor de todo sería nada, al quedar sumergida la realidad en la muerte. De ahí que este Salmo, al radicalizar los problemas, lleve en sí la apertura a la esperanza en la vida eterna: Dios tiene poder para dar vida a los muertos.

¿Pero qué esperanza puede tener el hombre si solamente hay materia? Si todo cuanto eres tú o soy yo se pudiera averiguar en un acelerador de partículas, si todo el misterio del hombre se redujera a indagar si hay o no bosones de Higgs, entonces el dios supremo del panteón sería la muerte y el sentido último, el absurdo. Si esto fuera así, la única posibilidad que nos quedaría sería distraernos del sinsentido: comamos y bebamos que mañana moriremos. Los mortíferos clérigos de Môt ya se ocupan de ello; el Estado nos procurará cualquier capricho y el alivio de cualquier preocupación. Si un embarazo te hace sufrir, no te alarmes; si la vida te resulta pesada, no te inquietes. Cultura onanista y mortífera.

"Jesús les contestó: 'Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. [...] No es Dios de muertos, sino de vivos'." (Mt 22,29.32). No quiero con esto defender la confesionalidad del Estado, pero este dicho del Cristo expresa muy bien la trabazón de lo que ha sido la cultura occidental. Toda sociedad tiene un fondo común de creencias. Las que aman la libertad están además abiertas a que haya miembros de la misma que no crean en ese humus. Ahora estamos en un momento en el que nos jugamos ese cimiento que ha hecho posible hablar de persona, derechos humanos, sentido, libertad, etc., que no es patrimonio de una única confesión y que no es otro que la creencia en que hay alma, Dios y vida eterna. Si nos dejamos imponer, aunque sea bajo capa de laicismo, la creencia mortífera, nos habremos convertido en asistentes a un suicidio colectivo.

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