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ALEJANDRO MAGNO DE OLIVER STONE

La arcilla de la historia

Últimamente los cineastas americanos han redescubierto la cantera de la Historia. Algo muy típico de los tiempos de "desubicación". Extraen del filón de las épocas pasadas y de sus protagonistas aquello que más conviene, y después de moldearlo con los gustos del presente, lo sirven en bandejas de espectáculo formidable. Buscan en las situaciones y comportamientos del pasado modelos, ideales y propuestas para el presente. Poco importa la fidelidad a los hechos -el cine no es una ciencia histórica- sino las imágenes que se evocan en el espectador. Al igual que los capiteles medievales, el nuevo cine histórico trata de sugerir reflexiones que iluminen el oscuro presente o incluso que aventuren hipótesis de futuro.

Últimamente los cineastas americanos han redescubierto la cantera de la Historia. Algo muy típico de los tiempos de "desubicación". Extraen del filón de las épocas pasadas y de sus protagonistas aquello que más conviene, y después de moldearlo con los gustos del presente, lo sirven en bandejas de espectáculo formidable. Buscan en las situaciones y comportamientos del pasado modelos, ideales y propuestas para el presente. Poco importa la fidelidad a los hechos -el cine no es una ciencia histórica- sino las imágenes que se evocan en el espectador. Al igual que los capiteles medievales, el nuevo cine histórico trata de sugerir reflexiones que iluminen el oscuro presente o incluso que aventuren hipótesis de futuro.
Un fotograma de la película Alexander
La arcilla de la historia modelada por el cine nos ha ofrecido últimamente figuras anacrónicas y sorprendentes pero muy útiles para los tiempos que corren: hemos visto a un Aquiles en Troya desvinculado de cualquier relación con los dioses, algo impensable en un relato homérico pero muy políticamente correcto, ya que hoy se piensa que mezclar la historia con la fe en la divinidad es nefasto; hemos conocido a un Rey Arturo que, resentido con la Iglesia de Roma por su escaso progresismo, opta por darle la espalda y paganizarse, algo rabiosamente hodierno. También se nos presentó a un General romano -Gladiador- que se aproximó paulatinamente a una religiosidad new age actualmente muy reconocible.
 
Angelina Jolie y Colin Farrel en AlexanderAhora se estrena la versión Oliver Stone de Alejandro Magno -está pendiente la versión de Baz Luhrmann-. Después de dedicarle dos laudatorios documentales a Fidel Castro, se entrega a su interpretación personal del conquistador macedonio. El director neoyorquino se ha esmerado a fondo en lo que a producción se refiere. Pero la imagen que ofrece de Alejandro y de su época es parcial y deficiente. La interpretación que Stone nos propone es algo contradictoria, ora alabando ora denostando al personaje. Pero quizá la balanza la inclina el narrador Ptolomeo: no queremos soñadores, porque los soñadores nos matan con sus sueños. Alejandro quiso difundir una civilización de libertad a todo el orbe conocido, al precio ajeno de innumerables vidas. ¿Es esta una crítica a la política exterior de la administración Bush? Puede ser, pero en ese caso ¿por qué no aplica los mismos rigores críticos al soñador cubano? Una miopía típica de los burgueses de izquierdas, los soñadores más peligrosos de todos por su alto nivel de abstracción.
 
Capítulo aparte merecería la bisexualidad y promiscuidad que presenta Stone como seña de identidad de la época alejandrina, Pero a ello ya le prestamos atención la pasada semana. En fin, todo se puede moldear con la arcilla de la historia. Ya se sabe: hoy nadie cree en los hechos, sólo en sus interpretaciones. Lástima.
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