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CIVILIZACIÓN Y FAMILIA

La leyenda de la ciudad sin nombre

"Es gracioso: queríamos y construimos una ciudad a nuestro gusto... Y después la destruimos". Eso se lo dice Lee Marvin a Clint Eastwood. Y lo que sigue lo digo yo: también tiene castañas que tenga que venir una película de 1969 (¡treinta y cinco añitos!) a hacer de profeta y a gritarle a esta generación que se está volviendo loca de atar.

"Es gracioso: queríamos y construimos una ciudad a nuestro gusto... Y después la destruimos". Eso se lo dice Lee Marvin a Clint Eastwood. Y lo que sigue lo digo yo: también tiene castañas que tenga que venir una película de 1969 (¡treinta y cinco añitos!) a hacer de profeta y a gritarle a esta generación que se está volviendo loca de atar.
Clint Eastwood y Lee Marvin en el rodaje de La leyenda de la ciudad sin nombre
Y cuando hayamos experimentado, por enésima vez en la Historia, el amargor de nuestros errores, cuando los cimientos de esta "civilización" hayan sido socavados por completo y todo se venga abajo, en una pantalla inmensa, de tamaño descomunal, sobre las ruinas de nuestros adelantos, mientras los hombres se dispersan buscando algún resto para empezar de nuevo, alguien proyectará "La Leyenda de la Ciudad sin Nombre", como diciendo: "¡Ya te lo dije!"; el famoso "I told you so" que tanto molesta a las adolescentes americanas cuando su madre se lo lanza moviendo de arriba abajo el dedo índice de la mano derecha.
 
Aún estamos a tiempo... Aún podemos recuperar la película y proyectarla en las multisalas. O, en todo caso, podemos acercarnos al videoclub más cercano y echarle una ojeada... ¿Recuerdan? -hablo para quienes la vieron; quienes no la han visto, que se apresuren-: unos mineros deciden hacer una ciudad con leyes "a su gusto". ¿Por qué someterse a los tradicionales conceptos de "lo bueno" y "lo malo"? Cuando Elizabeth decide que ama a dos hombres, Lee Marvin le dice: "¡No puedes tenernos a los dos!" Entonces comienza el diálogo: "-¿Por qué no? ¿Por qué una mujer no puede tener dos maridos? - Porque no puede. - Pero ¿por qué? -Explícaselo. - Me gustaría hacerlo, socio, pero que me maten si puedo dar una explicación. Tú sabes que aquí vamos dictando las leyes sobre la marcha: viene un hombre con dos esposas y vende una en pública subasta... Nadie le pone reparos. Necesitamos compañía femenina y secuestramos seis mujeres sin pensarlo dos veces... Pues si dos socios quieren compartir una esposa, ¿por qué no pueden hacerlo?"
 
Que graben en piedra eso de "vamos dictando las leyes sobre la marcha" y lo pongan en el pedestal de alguno de los leones del Parlamento. O, mejor, recuperemos la película. Recuerdan el final, ¿verdad? Sobre la marcha, sobre la marcha... ¿qué hay de malo en cavar túneles para recoger el oro en polvo que se filtra por las tablillas? Y sobre la marcha sobre la marcha... la ciudad entera se hunde. La última escena: lo único que queda en pie -¿será casualidad?- es una cabaña con una familia "tradicional"... Vamos, el marido, la mujer, y la casita donde crecerán los niños.
 
No me gustan las moralejas, pero mamá Marvin y papá Eastwood nos están gritando por adelantado el "ya te lo dije". Las leyes pueden responder a dos preguntas: "¿qué es lo mejor para el hombre?" o "¿qué es lo que queremos ahora?". En saber a cuál de esas dos preguntas hay que responder nos lo jugamos todo. Y cuando digo "todo" quiero decir todo; lo temporal y lo eterno. Nos guste o no, el ser humano salió de fábrica con un manual de instrucciones. Y si uno se empeña en usar la batidora para clavar un clavo... Se quedará sin batidora, no clavará el clavo, y se hará daño en los dedos si es que no le da un calambre. ¡Échele luego usted la culpa al Fabricante por ser tan "carca" y tan "represivo"! ¿Sabe lo que le responderá?: "¡Ya te lo dije!".

¡Que nos pongan la película urgentemente!

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