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SIN CONSPIRACIONES

La política masónica de Zapatero

Alain Bauer, ex Gran Maestro del Gran Oriente Francés, concedió hace bien poco una esclarecedora entrevista a la revista francesa Le Nouvel Observaterur, en la que, con motivo de su reciente libro sobre el fin de la franc-masonería, explicaba algunos de los procesos de influencia social de esta organización secreta.

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La división de los masones en el país vecino, y la lucha intestina entre sus miembros, está produciendo más de una sorpresa que, incluso, puede traspasar los Pirineos. Contaba el antiguo alto cargo de la Logia laicista gala cómo la doctrina que se elabora en sus tenidas pasa después a las leyes y cómo ha habido debates, presentes en el tapete de la actual discusión social, en los que la masonería francesa no sólo ha participado, sino que ha marcado el ritmo normativo. La masonería existe y, aunque sea como efecto de las divisiones internas, se manifiesta. ¿Ocurre lo mismo en España?

La masonería se ha vuelto a poner de moda. Quizás porque sea una clave, siempre en la recámara, capaz de explicar decisiones, actuaciones, silencios y omisiones difícilmente atribuibles a la pública racionalidad política y social. La pasada semana, El Confidencial Digital publicaba una noticia que no pasó inadvertida en los medios libres de nuestro país: Ortiz Burbano Lara, Venerable Maestro Responsable de la Logia Simbólica “La Fraternidad nº 387”, de Nueva York, aseguraba que José Luis Rodríguez Zapatero es masón.

No es ciertamente una información nueva dado que el historiador Ricardo de la Cierva, en los medios del Grupo Intereconomía, venía ya insistiendo en esta cualidad escondida de nuestro presidente que, hasta el momento, ni confirma, ni desmiente. Lo que sí son nuevos son los datos que el Gran Maestre hispano aporta, como el de la pertenencia de Arturo Fon y de Javier Otaola que, según el artículo, es síndico del Ayuntamiento de Vitoria y Gran Maestre de la Logia Simbólica. Curiosamente, un lector del número del 26 de abril de 2001, del semanario Alfa y Omega, que firma como Javier Otaola, pasado Gran Maestro de la Gran Logia Simbólica de España y miembro del Supremo Consejo Masónico de España, escribió una carta al director del citado semanario, publicada en el número del tres de mayo de 2001, en la que señalaba que “en masonería somos muchos los que sentimos la verdad del Evangelio como una verdad existencial propia y no nos avergonzamos de ello”.

No es frecuente que un obispo se refiera en sus textos pastorales al trabajo de las logias. Sin embargo, hay un prelado, monseñor Jesús Sanz Montes, franciscano para más señas, que en una reciente carta con motivo del proyecto de Ley Orgánica de la Educación ha escrito que “el poder dominante sabe por qué lo hace, por qué su prisa en que salga esta ley, cuál es el rédito político que recibirá de sus aliados si sigue por aquí, y qué logias secretas le estarán apoyando y aplaudiendo”.

Por más que la masonería se vista de seda, de talante, de sonrisa hierática, masonería se queda. La masonería se fundamenta en la tesis de que sólo puede ser entendida por un iniciado. Mezcla de gnosticismo y de paganismo, en sus obediencias más acreditadas, activas y activadas, ha trabajado a lo largo de los siglos por desterrar la concepción cristiana de la existencia, mejor dicho, católica, de las personas y de la sociedades. Hay muy pocas cuestiones en las que las autoridades de la Iglesia no se hayan pronunciado tan reiteradamente a lo largo de la historia reciente como la de la masonería. Las continuas manifestaciones de la prioridad de lo social frente a lo político y lo económico del presidente del Gobierno es un síntoma evidente de la ingeniería coincidente en los argumentos, y en el origen de estos, con los grandes presupuestos de las logias. La masonería es experta en sociología, en el cambio social. No olvidemos que Augusto Compte terminó sus días fundando una Iglesia. El afán personalísimo de Zapatero por bautizar las leyes más progresistas, caso del matrimonio homosexual, de la violencia de género o de la igualdad de género, así como su apuesta por el laicismo legislativo pre y prominente, responde a un mesianismo ajeno, a estas alturas de la historia, a la izquierda socialdemócrata europea y que tiene sus raíces en una utopía poco confesable. Un mesianismo que nos han hecho creer que responde a una demanda social de un país que está en manos de políticas que, de ser algo, son gnósticas, paganas y masónicas. Así, sin necesidad de conspiraciones, ni de frases hechas.
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