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CINE

Muerte de un presidente

La televisión se ha convertido en un recurso lingüístico innegable para el cine contemporáneo, no ya como argumento, sino como formato. Si en Rec, del productor Julio Fernández, que lleva el formato televisivo al cine de género, ahora tenemos un producto británico aún más interesante, aunque quizá no tan novedoso: Muerte de un Presidente.

La televisión se ha convertido en un recurso lingüístico innegable para el cine contemporáneo, no ya como argumento, sino como formato. Si en Rec, del productor Julio Fernández, que lleva el formato televisivo al cine de género, ahora tenemos un producto británico aún más interesante, aunque quizá no tan novedoso: Muerte de un Presidente.
El momento en que matan a Bush

Si en Rec, lo que veía el espectador era el material bruto de lo que luego tendría que ser un programa montado y depurado, en Muerte de un Presidente toda la película es ya el programa de televisión tal y como debe emitirse, concretamente un reportaje. La cuestión es que lo que cuenta y desarrolla el citado reportaje es pura ficción: el asesinato del presidente Bush en Chicago en octubre de 2007, la posterior investigación, la detención del presunto asesino musulmán, y la implantación de una III Ley Patriótica, cada vez más implacable.

Desde el punto de vista formal, el film es muy brillante, ya que es el mismo Bush el que protagoniza la cinta, a base de imágenes de archivo y de modernos programas digitales de animación. Así también vemos a su sucesor, el vicepresidente Cheney, al alcalde demócrata de Chicago y a otros personajes reales de la vida política norteamericana

Estrenada en el Festival de cine de Montreal, donde ganó el Premio de la Crítica, Muerte de un Presidente ya ha provocado alguna polémica. Las cadenas de cines americanas Regal (la mayor del país, con 6.000 pantallas) y Cinemark (2.500) han intentado boicotearla, pero la película ya ha hecho en Estados Unidos más de medio millón de dólares. Aunque a algunos les duela, hay que concluir que en el denostado país del Tío Sam la libertad de expresión sigue siendo un derecho respetado.

La película tiene un tono muy equilibrado, e incluso en toda su primera parte parecería escrita por un seguidor del presidente republicano; no así la segunda. Con el telón de fondo de la Guerra de Irak, el film presenta a un hombre honesto, que cree sinceramente en lo que hace, frente a unos radicales agresivos y revolucionarios. En la segunda parte vemos un sistema judicial politizado que busca un chivo expiatorio estratégico por encima de la verdad. Así se incrimina a un sospechoso sirio con insuficientes pruebas y muchas lagunas periciales. Se prefiere así conectar gratuitamente el atentado con Al Qaeda y rentabilizar el magnicidio a beneficio de la política exterior. Pero la verdad va a ser bien distinta: el monstruo está dentro, no fuera (recuerden aquel hermoso film de Shyamalan, El bosque). Un español no puede dejar de reflexionar sobre los juicios del 11-M al ver está película, que presenta situaciones muy paralelas.

Aunque el balance final no es ciertamente pro-Bush, el film no es demagógico, es inteligente y, sobre todo, muy interesante y bastante realista. Muestra un mundo que no está hecho de buenos y malos, sino de un entramado mucho más complejo de personas, con sus contradicciones y luces y sombras.