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REFORMA

Un nuevo movimiento litúrgico

No son pocos los que desde dentro de la Iglesia se han apuntado a la moda de sembrar, con finura veneciana, las dudas sobre algunas decisiones de Benedicto XVI. Hubo quien esperaba, agazapado, la más mínima ocasión para salir al ruedo público a esparcir las semillas de la discordia. Consideraron que la ocasión propicia era la firma del Motu Proprio "Summorum Pontificum", del 7 de julio de 2007, sobre la misa denominada tradicional.

No son pocos los que desde dentro de la Iglesia se han apuntado a la moda de sembrar, con finura veneciana, las dudas sobre algunas decisiones de Benedicto XVI. Hubo quien esperaba, agazapado, la más mínima ocasión para salir al ruedo público a esparcir las semillas de la discordia. Consideraron que la ocasión propicia era la firma del Motu Proprio "Summorum Pontificum", del 7 de julio de 2007, sobre la misa denominada tradicional.

Blandieron las enseñas del Concilio Vaticano II como si este Papa lo fuera de ruptura y no de continuidad. No se dieron cuenta de que Benedicto XVI había, con sus reflexiones sobre la liturgia y la teología litúrgica desde hace ya tiempo, hincado un movimiento de reforma de la misma para así cumplir lo que pedía el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosantum Concilium. Una solicitud de profundización y de renovación que no había entrado, aún, en el pueblo cristiano.

Por más que pueda parecer denso lo que digo, he de confesar que está tomada de lo que es uno de los más preciados testamentos que nos ha dejado el cardenal Antonio Cañizares durante los días de su despedida toledana: la coincidencia de la publicación en español del libro del profesor Nicola Bux, titulado La reforma de Benedicto XVI (Ciudadela), prologado por el cardenal prefecto de la Congregación para el Culto Divino, y dedicado a diagnosticar qué ha pasado en la Iglesia, después del Concilio, con la liturgia. De la lectura atenta del libro, que como suele ocurrir en estos casos pasará al silencio de la historia y al desprecio de quienes se consideran expertos de la cosa, el lector descubre que la liturgia siempre ha sido entendida, en la Iglesia, y por el pensamiento, como un lugar de afirmación gratuita y de acceso privilegiado a la verdad. La liturgia, al interrumpir el curso ordinario de la vida, rescata al hombre de la tentación de afirmar que la verdad es un producto de su capacidad. En la liturgia, como lugar de encuentro, el hombre reconoce que existe Otro, un alguien, anterior a él, que le precede, que da sentido a su existencia, con el que puede tener un encuentro, que le habla a la mente y al corazón.

No son pocos los años en los que una liturgia de fabricación casera, artefacto cultural, ha hecho del culto cristiano una factoría de novedades de ayer y hoy; una fábrica de golosinas artificiales que han acabado causando un profundo dolor de estómago. Con la pretensión de ser modernos y de rendirse a la evidencia de la acción, no son pocos los sacerdotes, y los cristianos, que han convertido las celebraciones de la misa en asambleas de la comunidad de vecinos, en las que en vez de leerse la ley de la propiedad horizontal se escuchaba la poesía del Che Guevara. Benedicto XVI es muy consciente de que una auténtica renovación conciliar debe pasar por recuperar el sentido originario, cristiano, de la liturgia, del culto al Dios vivo y verdadero, el misterio de la Palabra y de la historia. De ahí su empeño en introducir a la Iglesia, y a los cristianos, en el espacio de la gratuidad, de la contemplación de Dios y del encuentro con Jesucristo. Idea que no es, por cierto, nueva; estaba ya en su Introducción al cristianismo, cuando escribió que "la Iglesia sin sacramentos sería una vacía organización y los sacramentos sin la Iglesia serían ritos privados de sentido y de íntima conexión".

El Papa ha asentado las bases de la auténtica reforma litúrgica, que no puede, ni debe ser, una reforma de deformaciones, sino una línea continua de expresión de lo que se cree y de lo que se vive. Sólo en la liturgia será posible alcanzar una auténtica reconciliación en el interior de la Iglesia. Quienes han acatado, pero nada más, la disposición del Papa; quienes la han recibido con la nariz tapada o con murmullos; quienes miran hacia otro lado y confiesan que con ellos no va esta historia; quienes afirman que es cosa de unos pocos nostálgico, que siempre los ha habido y que siempre los habrá, no parecen darse cuenta de que cada generación tiene derecho a la digna celebración de los misterios cristianos y al rico patrimonio de la historia de la vida de fe, que lo es de esperanza. Estamos asistiendo al desarrollo de un nuevo movimiento litúrgico, sin asambleas, reuniones y ni comisiones. A Dios gracias.

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