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EL PAPA Y LOS JUDÍOS

Una amistad libre y sin condiciones

Cuando algunos airearon, en las primeras horas tras su elección, el vomitivo dossier sobre la pertenencia del adolescente Ratzinger a las juventudes hitlerianas, varios representantes judíos se apresuraron a reconocer que la trayectoria teológica del nuevo Papa era prometedora para el futuro del diálogo católico-judío.

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Y es que si Juan Pablo II tenía una simpatía inmediata hacia los judíos, con los que había compartido en su infancia juegos y pupitre, Benedicto XVI es seguramente el Papa que más ha profundizado en la intrínseca y dramática relación entre cristianismo y judaísmo en toda la historia de la Iglesia.

Digo todo esto al hilo de las palabras que el pasado domingo pronunció el Papa Ratzinger tras el rezo del Ángelus, al recordar el 70 aniversario de la noche de los cristales rotos, cuando se desató la furia nazi contra los judíos. Es evidente que el Papa podría haber elegido otro asunto para su comentario ante los fieles reunidos en San Pedro, pero afrontó éste que para él tiene sin duda un regusto especialmente amargo, y lo hizo por su profunda y constante solidaridad con el mundo hebreo, además de porque piensa que las raíces que alimentaron aquella locura (el nihilismo pagano que convierte al hombre en dios) no han sido definitivamente aniquiladas.

Hace dos semanas, al recibir a una delegación del Comité Judío Internacional para las Consultas Interreligiosas, Benedicto XVI subrayó que "hoy los cristianos son cada vez más conscientes del patrimonio espiritual que comparten con el pueblo de la Torá, el pueblo elegido por Dios en su misericordia inefable". Y en su viaje a Francia, en vísperas de la celebración del shabbat, quiso remarcar esa misma idea con enorme calidez afectiva y hondura teológica: "Por su misma naturaleza, la Iglesia católica desea respetar la Alianza contraída por el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; La Iglesia se inscribe también en la Alianza eterna del Omnipotente, cuyos designios son inmutables, y respeta a los hijos de la Promesa, a los hijos de la Alianza, sus amados hermanos en la fe". E inmediatamente quiso inscribir esta afirmación en el magisterio de los últimos papas, recordando la neta afirmación de Pío XI: "espiritualmente, nosotros somos semitas". El reverso de esa proclamación es el aserto del gran teólogo Henri de Lubac, para quien ser antisemita significa también ser anticristiano. Una idea que Benedicto XVI explicó en su histórica visita al campo de exterminio de Auswitch, mostrando cómo en el designio del nazismo, el exterminio de los judíos encontraba su lógica continuación en la erradicación de la Iglesia.

Benedicto XVI busca subrayar que la relación única entre judaísmo y cristianismo nos enlaza de alguna manera en una suerte común. Pero esto no hace disminuir la seriedad de nuestra discrepancia. El Papa no dudó en recordar en París que aquel Jesús que fue condenado a la cruz era un israelita fiel que se nutría de los salmos e iba regularmente al Templo y a la sinagoga; pero sólo a través de Él, el Verbo encarnado, la Alianza se abrió a todos los pueblos y desplegó todo su significado para el hombre de cualquier tiempo y lugar. Aquí aparece ineludiblemente el diálogo dramático entre Edith Stein (ya conversa al catolicismo) y su madre, judía piadosa, que al referirse a Jesús dice: "no quiero decir nada malo de Él, pero ¿por qué tenía que hacerse igual a Dios?". Esa es la certeza de la Iglesia, y como dijo en París el Papa, "debido a lo que nos une y a lo que nos separa, nuestra fraternidad tiene que fortalecerse y vivirse".

Se desvela así el otro polo del mensaje que Benedicto XVI está enviando al mundo judío con diversos gestos y palabras. Es necesario avanzar en un testimonio común de amor al Dios de la Alianza y de servicio a sus hijos, pero eso sólo será posible si el diálogo entre judíos y cristianos se basa en el respeto a las diferencias y en reconocer al otro en su alteridad. A nadie se le oculta que el trasfondo de estas palabras es la reciente polémica aventada por diferentes autoridades israelíes, que condicionan el avance de dicho diálogo a que la Iglesia abandone el proceso de beatificación de Pío XII. El Papa quiere que la Iglesia vea respetada su legítima independencia en este asunto, ya que sólo ella puede valorar a la luz de un escrutinio muy exigente, si uno de sus hijos debe ser inscrito en el libro de los santos. Benedicto XVI acaba de sostener vigorosamente que la Iglesia considera la herencia del Papa Pacelli como un tesoro que debe custodiar. Y ésta es una afirmación ampliamente documentada, que no es en absoluto contradictoria con la claridad diáfana del magisterio papal sobre el vínculo único e indestructible entre cristianos y judíos.
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