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LA RELIGIOSIDAD EN EEUU

¿Zapatero es como Barack Obama?

De entre los políticos españoles, probablemente el que tenga una fisonomía más parecida a la del apuesto y elegante Barack H. Obama sea el Alcalde de El Tiemblo (Ávila), Rubén Rodríguez Lucas. Sin embargo, muchos se empeñan, aunque no sea por el rostro, en encontrar el parecido entre el norteamericano y Zapatero.

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Indudablemente, los dos cumplen años el mismo día y juegan al baloncesto, pero de ahí a hacer del presidente del Gobierno español y del futuro presidente de Estados Unidos dos vidas paralelas o del uno la premonición del otro (y de ambos los abanderados de un nuevo amanecer mundial) tal vez sea un poco exagerado; el uno ya ha demostrado, para su propia frustración, que no es Teseo y el otro probablemente no llegará a Rómulo, por buen presidente que sea.

Plutarco, el autor de Vidas Paralelas, consideraba que el hombre tenía libertad respecto a su entorno, que su vida no era el resultado de lo que dictara el destino o los dioses. Para él, la felicidad del hombre dependía de sus decisiones. Pero esta meta le parecía ardua de conseguir; el hombre tenía que ejercer su libertad para sobreponerse a sus pasiones y así asemejarse a la naturaleza divina, en lo que encontraba su plenitud humana y su dicha. Ahora bien, aunque libre, el hombre no era para él un individuo aislado. Fiel heredero de Platón y Aristóteles, consideraba indisoluble la relación entre el hombre y la comunidad política. De hecho, el mismo Plutarco no fue un mero teórico, sino que fue un vivo ejemplo de una persona virtuosa que pone su vida al servicio de la patria. La vida ideal, para él, era impensable sin una participación en la de la comunidad.

Ciertamente el hombre, aunque algunos decidan serlo, no es una marioneta del entorno, pero es inconcebible sin él. Todos obramos sobre nuestro ámbito y lo transformamos. Pero, en buena medida, aunque la sociedad sea hija nuestra, somos sus hijos y también es nuestra esposa, pues con ella tenemos esas hijas que son nuestras obras. Solamente por esto, por muy parecidos que fueran Zapatero y Obama haciendo abstracción de su circunstancia, serían personajes muy distintos, porque sus sociedades son muy diversas.

Centrándonos en la cuestión religiosa, Tocqueville, católico él, decía de su impresión primera de los Estados Unidos:

Hay una cultura europea a cuya incredulidad no igualan más que su embrutecimiento e ignorancia, mientras que América, uno de los pueblos más libres e ilustres del mundo, cumple con ardor todos los deberes externos de la religión. A mi llegada a los Estados Unidos fue el carácter religioso del país lo primero que atrajo mi atención.

Esto, grosso modo, se puede seguir diciendo hoy. Los Estados Unidos es uno de los países donde hay una mayor libertad religiosa y donde mayor separación existe entre el Estado y las distintas confesiones religiosas; pero el laicismo de la democracia estadounidense no pone bajo cuarentena lo religioso. No considera que sea un fenómeno social que haya que tolerar momentáneamente mientras se van moldeando la sociedad y las conciencias, procurando, entre tanto, que haga el menor daño al menor número de ciudadanos. La sociedad, por su parte, es manifiestamente religiosa y, lejos de ver en la religión algo vergonzoso y a recluir en la esfera privada, la ve como algo positivo. Con esta esposa tiene que obrar Barack H. Obama. En unos proyectos se verá potenciado por ella, en otros frenado; el temperamento de su sociedad le inspirará determinados objetivos e incluso otros ni se le pasarán por la cabeza.

En un reciente estudio sobre la religiosidad española de la Fundación Bertelsmann, pese a que solamente un 19% diga no creer en Dios y el 79% se considere religioso, se aprecia que los entrevistados intentan parecer menos religiosos de lo que son realmente. Según el responsable del estudio, Martin Rieger, en los otros países europeos estudiados, esto no ocurre. ¿Por qué será? Socialmente ser religioso está mal visto en España y, mientras que la sociedad medrosa lo acepte, políticos y medios de comunicación dominantes obrarán en consecuencia. Si la sociedad esconde su religiosidad, no tiene que esperar a que la metan en la sacristía; sencillamente se ha ido ella sola del espacio público.

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