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El modelo sanitario

Convendría ir a un nuevo modelo más ambulatorio y domiciliario y mucho menos hospitalario.

Ignacio L. Balboa
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Se atribuye a Albert Einstein –entre otras muchas, ¡y todas ellas cargadas de ingenio!– la sentencia que reza: "Si haces siempre lo mismo que los demás, estarás haciendo siempre más de lo mismo"; lo cual en sí mismo no es malo, siempre y cuando se cumplan dos premisas: que los demás lo estén haciendo bien y que el escenario sea siempre el mismo, y ustedes disimulen el juego de palabras…

Mas acontece que el escenario es cambiante y varía de modo permanente, por lo que nos vemos obligados a modificar lo que hacemos, amén de las herramientas que utilizamos, para así adaptarnos al nuevo entorno y poder sobrevivir; y este principio es aplicable a cualesquiera actividades y sistemas, incluyendo, claro es, nuestro sistema sanitario público.

Viene toda esta disquisición previa a cuento del cambio sufrido en nuestra pirámide poblacional y sus consecuencias sobre nuestro modelo sanitario –¡que tan bien nos ha servido hasta ahora!– a la hora de plantearnos su revisión, con el ánimo de hacerlo más eficiente y sostenible, pues las necesidades de la población han variado ostensiblemente y las infraestructuras sanitarias, así como su organización y funcionamiento, comienzan a sufrir un cierto grado de obsolescencia.

Una población como la nuestra, notoriamente más envejecida –¡a dios gracias y que sea por muchos años!–, aquejada de dolencias múltiples y crónicas, exige planteamientos terapéuticos y de seguimiento externos al sistema hospitalario del que nos hemos dotado y que, siendo siempre necesario, comienza a resultar ineficiente, cuando no claramente ineficaz. Y se me antoja que tal vez es llegado el momento de intentar hacer algo diferente, a fin de enfrentarnos con ciertas garantías a la nueva realidad social y sanitaria de nuestro país.

Acaso un nuevo modelo más ambulatorio y domiciliario y mucho menos hospitalario sería lo adecuado, ya que las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), los nuevos sistemas de gestión y la enorme evolución de la ciencia logística y los medios de transporte posibilitan una atención sanitaria mucho más cercana al paciente y a su entorno familiar, lo que contribuiría enormemente a su humanización y eficiencia.

Véase, a modo de ejemplo, nuestra Organización Nacional de Trasplantes, modélica en su funcionamiento coordinado y optimización de recursos, que ha colocado a España en lugar preeminente entre los sistemas sanitarios públicos más avanzados en este ámbito. Se conjugan en este caso la concienciación ciudadana, la legislación, la organización sanitaria y la aplicación de los últimos avances tecnológicos y logísticos, y siempre siguiendo los principios de equidad, gratuidad y universalidad –aunque por desgracia no siempre ocurre así en otras actividades sanitarias distintas al trasplante de órganos–, propios de nuestro sistema público de sanidad. Y resulta llamativo que la ONT es de las pocas cosas que en sanidad funcionan de manera centralizada, pues que sus competencias no han sido transferidas a las comunidades autónomas; ¿será por casualidad?

Recursos tenemos –humanos, tecnológicos, organizativos, incluso financieros– todavía, aunque desconozco cuanto nos durarán; sin embargo, no sé si disponemos también de la convicción y la voluntad de introducir el debate social que sin duda requiere el cambio necesario. Y aunque Europa entiende que vale la pena aportar financiación para la búsqueda y experimentación de modelos alternativos –que más pronto que tarde tendrán aplicación en otros países de nuestro entorno, casi tan viejos como nuestra querida Iberia–, no sé yo si nuestros gobernantes, de las diferentes opciones políticas, serán capaces de acordar el cómo y el cuándo y dejar de comportarse como el perro del hortelano. Claro que, a tenor de lo acontecido en los intentos de formar Gobierno, es menester mucho optimismo para esperar acuerdos sobre cómo acometer los cambios perentorios que demanda nuestro modelo sanitario; ¡y bien sabe dios cuánto me gustaría estar errado!

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