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Vergüenza sobre vergüenza

Está ahí, dispuesto a todo, sin que el menor escrúpulo pueda interponerse en su afán de medro y notoriedad.

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Hice el propósito –como comprobará el lector incumplido– de no ver la entrevista en Salvados de Jordi Évole al juez Bermúdez, por ahorrarme el bochorno de tener que presenciar un espectáculo poco edificante: cómo se desnuda ante las cámaras quien debería mostrar un prudente silencio por el respeto que se debe, como poco, a las víctimas, a los acusados y a los condenados que dependen de sus sentencias.

Pero la aparición estelar del juez estrella no puede llamar a engaño. Si en los stripteases tradicionales podemos percibir un fondo de humildad, el reino de la necesidad que obliga a las vedettes a vender sus encantos, en este caso nos encontramos en las antípodas, con un personaje soberbio, jactancioso y provocador, alguien que quiere que se note que está ahí, dispuesto a todo, sin que el menor escrúpulo pueda interponerse en su afán de medro y notoriedad, como queda patente por la obscena utilización de una sede judicial –probablemente la misma que él preside para deponer sus sentencias– como frontispicio de exhibición de su estro inmarcesible. Nos encontramos en el universo de Arturo Ui.

Entremos en faena. Nada me parece más detestable que ese mantra tan caro a los políticos cuando se ponen al lado de la Víctimas mientras las traicionan por la espalda. Bermúdez nos regaló con esta confesión: "A mí lo único que me duele es el daño que se les sigue haciendo a las víctimas. Nueve años después, no las dejamos en paz, es curioso". Y tan curioso. ¿Está el juez exento de esa pretensión? ¿Qué es lo que le ha dado él a las Víctimas? ¿Solaz, sosiego, serenidad, quietud? Eso parece desprenderse de su utilización del reflexivo se, como si la cosa no fuera con él. Pero no nos parece que las Víctimas opinen igual. Recordemos, sin ir más lejos, la carta que le envío la Presidenta de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, Mª Ángeles Domínguez:

Sr. Magistrado, quiero que usted sea consciente y que interiorice la terrible sensación de soledad y desamparo que sus últimas decisiones nos han producido a las víctimas del terrorismo. Que entienda y se responsabilice del dolor que está generando a las víctimas de los atentados de Madrid con su conducta, por ser ésta radicalmente opuesta a lo que nos transmitió de palabra y que, además, queda reflejado en la sentencia que usted mismo redactó.

Aunque sólo fuera por decoro, por no ofender la sensibilidad de las víctimas, debería haberles ahorrado el trago de mostrarles cómo se compadece de ellas. Porque el meollo del asunto lo ha expresado muy bien Ángeles Domínguez: las víctimas no quieren una paz impostada ni impuesta. Lo que quieren es la Verdad, esa que sienten que usted les ha negado y que "queda reflejado en la sentencia que usted mismo redactó". Es lo que Gabriel Moris sentenció con unas palabras que deberían esculpirse a la entrada de la Audiencia Nacional, para oprobio de los que sentenciaron el 11-M:

Falta recordar la constelación de ascensos y de medallas con que el Gobierno premió a los que no evitaron ni investigaron el atentado, así como a los jueces y fiscales que nos vendieron un proceso judicial y una sentencia sin autores.

Pero Javier Gómez Bermúdez está encantado de haberse conocido, y se permite ridiculizar –juez y parte– a los que defienden lo que él llama "teorías de la conspiración", con el original argumento de que "también hay una parte de la sociedad americana que dice que Elvis vive". Mire, don Javier, en el 11-M hay una sola teoría de la conspiración, una teoría delirante y paranormal que es la que se conoce como la Versión Oficial de los hechos recogida en la sentencia que usted excretó en compañía de otros dos magistrados. ¿Puede alguien en su sano juicio pensar que cuatro bandas de magrebíes y asturianos que apenas se conocen entre sí, la mayoría delincuentes y traficantes de droga, todos ellos confidentes de las Fuerzas de Seguridad, se pongan todos de acuerdo para dar a sus controladores policiales delante de sus narices el mayor atentado de la historia europea, con una precisión militar, y que ninguno de esos controladores se percatara de que semejante complot se había puesto en marcha? Se puede pensar, pero para creérselo hay que tener unas tragaderas capaces de absorber unas aldabas descomunales, las mismas que sirvieron para digerir unos engrudos tan indigestos como la Renault Kangoo o la mochila de Vallecas.

El juez Bermúdez ha descendido a la arena para hablar de su sentencia, pero nos perdona la vida, pobres legos, como hace –sangrando por la herida– con Pedro J. Ramírez, al que dirige estos dardos, en un pasaje que recuerda al vanidoso del cuento del Principito, que pedía que le aplaudieran para a continuación quitarse el sombrero saludando al tendido:

Es que yo no estoy a la altura del Sr. Ramírez. Es que jurídicamente al Sr. Ramírez es irrelevante. Por lo tanto, yo no voy a discutir la calidad de mi sentencia con el Sr. Ramírez.

No voy a extenderme más. Quien quiera profundizar más en la "calidad" de la sentencia del nuevo astro de la jurisprudencia nacional, le invito a que lea mi libro Las cloacas del 11-M, en el que se pueden constatar hechos tan notables como que la mochila de Vallecas nos contara el tribunal que se encontraba debajo del asiento del vagón nº 2 del tren de El Pozo, pero que no exista ningún testigo en todo el Sumario o en el juicio oral que testimonie tan sobrenatural fenómeno. Y muchos asuntos más que, aunque "irrelevantes jurídicamente", pueden producir el sonrojo –perdonen la jactancia, nadie es inmune a ella– de ver cómo un lego en cuestiones jurídicas puede poner en ridículo a todo un mayestático presidente del tribunal de la Audiencia Nacional.

En definitiva, nos encontramos con un personaje que ha traicionado todas las esperanzas que tenían puestas en él gran parte de la sociedad española y la mayoría de las víctimas de los terribles atentados de los trenes de cercanías de Madrid. Un personaje del que recientemente Gabriel Moris nos ha contado que manifestó ante un grupo de víctimas que le preguntaron por la autoría intelectual del 11-M: "Hay cosas tan graves en el 11-M que por ahora es mejor que no se sepan". Y a fe que así ha sido. A él le debemos el honor.

Y para despedirnos, como en la entrevista Bermúdez rehuyó el bulto cuando Jordi Évole –que me sorprendió por su profesionalidad– le enseñó la gran primicia de El Mundo en la que mostraba la confesión policial de que le habían pensionado "por la forma en que dirigió la vista oral sobre la masacre", le recordaremos lo que pensaba el editorialista de El Mundo, periódico dirigido por Pedro J. Ramírez, esa persona a la que despreció en la entrevista, pero a la que, nos tememos, no tendría los suficientes arrestos para aguantarle un cara a cara, no fuera que entonces se demostrara quién era de verdad irrelevante. Como dijo Pedro J. al final de su "Yo acuso", vergüenza sobre vergüenza:

Bermúdez supeditó la verdad a los intereses del aparato policial que luego pagó sus servicios y además aprovechó el caso para consolidar su plaza como presidente de la Audiencia Nacional, para que su mujer pudiera publicar un libro con información reservada y para ganar él mismo un premio literario por su conocimiento del terrorismo islámico.

El documento que publicamos hoy es la demostración de cómo desde el punto de vista de la policía controlada por Rubalcaba era percibido como un juez parcial y, por ende, prevaricador. Pero este documento es también la prueba de que para que se haga justicia en el 11-M será preciso que haya un nuevo juicio presidido por un magistrado que no esté dispuesto a venderse a ningún estamento policial o político.

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