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No al BDS, no a la israelofobia

Como la de la libertad, la del antisemitismo y la israelofobia es una batalla que se libra cada día. Por eso debemos estar alertas y denunciar cada cesión que se haga al mal, por pequeña e inofensiva que parezca.

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El Ayuntamiento de Móstoles cedió el viernes pasado el Centro de Participación Ciudadana de la ciudad para que el movimiento que llama al boicot, las desinversiones y las sanciones contra Israel, el BDS, organizara un acto promovido por Somos Móstoles, partido político afín a Podemos, que gobierna allí junto al PSOE.

El BDS es un movimiento internacional asociado a la extrema izquierda que fomenta el odio a Israel, la demonización del Estado judío. Ha sido vinculado con grupos terroristas y condenado en numerosas ocasiones por los tribunales españoles por promover actuaciones de discriminación que se han considerado ilegales e inconstitucionales.

Este tipo de actos daña la imagen de nuestras instituciones, utilizadas a menudo torticeramente y a espaldas de la mayoría de los ciudadanos, pues seguramente los vecinos de Móstoles desconozcan que con sus impuestos se está colaborando con movimientos antisemitas condenados por la Justicia. ¿Cuántos actos de este pelaje se realizan en instalaciones públicas de todo el país?

Los mostoleños –como cualquier otro español de bien– se habrán sentido desolados al ver una película o documental sobre el Holocausto, y se habrán preguntado "¿Cómo llegamos a eso?". Pues la respuesta la tienen ahora en su propia ciudad, cuyo Ayuntamiento contribuye a la demonización del Estado judío.

No podemos alinearnos con el pueblo judío sólo cuando se trata de lamentar su exterminio durante la II Guerra Mundial. Es incoherente defender a los judíos muertos pero atacar y poner en la diana a los vivos cuando se defienden. El antisemitismo sigue vivo, sí.

No me opongo de ninguna manera a que se celebren actos en favor del pueblo palestino, siempre y cuando no sean actos judeófobos camuflados en una supuesta defensa de los derechos humanos de unos palestinos cuyo bienestar tantas veces se ignora o directamente se desprecia. Ha de saberse que las acciones del BDS perjudican también a todos los ciudadanos árabes de Israel, que son el 20% de la población, así como a todos los palestinos que trabajan en empresas israelíes y que, gracias a ello, sacan adelante a sus familias y consiguen llevar a sus hijos a la universidad. Esa es la verdad. Como lo es que Israel es la única democracia en Oriente Medio, donde la ley es igual para todos y los derechos humanos se respetan como en ningún otro lugar de la región.

Sin embargo, el relato contra Israel comienza a ganar terreno con la presencia del BDS, que se está multiplicando en Madrid y en el resto de España desde la llegada de Podemos –cómo no– y sus grupos afines a las instituciones. Cuando alguien vea algún atractivo cartel de este movimiento, que sepa que, lejos de una defensa de causas nobles, tiene ante sus ojos antisemitismo y odio, cuando no mentiras y oportunismo de la peor estofa.

Hemos llegado a un momento en el que, para reconocer el bien y el mal, en España basta con saber dónde está Podemos. Una persona normal, con principios democráticos y que defienda sin contemplaciones la libertad y la vida, con frecuencia sólo tiene que situarse en el lado contrario para saber que está haciendo lo correcto. En el de Podemos encontraremos a los nostálgicos de organizaciones terroristas, independentismo radical y antisemitismo.

Ese mismo ejercicio podemos hacerlo si establecemos en otro eje dos maneras de considerar al pueblo judío. En un mismo bando encontraremos a los fascistas, a los comunistas y a los islamistas.

Aunque Israel cuente con el apoyo expreso del Partido Popular, que en su 18º Congreso lo catalogó como "aliado estratégico en la lucha contra el terrorismo y un socio económico y tecnológico cada vez más relevante"; aunque el Gobierno de Mariano Rajoy consiguiera sacar adelante una ley para facilitar los trámites para la obtención de la nacionalidad española –por carta de naturaleza– a los sefardíes; aunque las comunidades sefardíes recibieran el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1990; aunque cada 27 de enero seamos fieles a los homenajes por la liberación de Auschwitz, la imagen de los judíos y del Estado de Israel está siempre en la cuerda floja por el machaque político-mediático al que constantemente nos someten los odiadiores profesionales y sus altavoces desinformados.

Como la de la libertad, la del antisemitismo y la israelofobia es una batalla que se libra cada día. Por eso debemos estar alertas y denunciar cada cesión que se haga al mal, por pequeña e inofensiva que parezca.

Isabel Díaz Ayuso, secretaria de Comunicación del Partido Popular.

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