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¿A quién quieren que volvamos a votar?

Podrán caer piezas menores en todos los partidos y llenarse los patios de los penales pero, al final, al 26 de junio parece que nos tocan los mismos.

Javier Somalo
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Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera | EFE

Es sabido que los programas electorales son un mero reclamo diseñado con engaño, como el lema de Haciendo somos todos, según deducción de testimonio de la propia Hacienda. Pero en la nueva llamada a urnas en junio los calvos no podrán vender crecepelo. ¿Incluirán entonces los programas un catálogo de posibles pactos con otras formaciones? No, son políticos y sueñan con el poder como si nada hubiera sucedido en estos meses de estrepitoso fracaso.

En el PP dirán que ganaron las elecciones de diciembre y que tendrían que estar gobernando pero que el PSOE y Ciudadanos se lo impidieron mientras cerdeaban con Podemos, necesario alter ego de los populares. Intramuros, seguirá siendo público y notorio que la vicepresidenta del Gobierno acompañará fielmente al presidente y candidato hasta el mismo borde del tenebroso acantilado donde tiene pensado darle su última palmadita en la espalda, y no de ánimo, ya después del 26 de junio. Cerca del límite del abismo se encontrará con la secretaria general del partido que, en el último instante, tratará de hacer lo propio con su más íntima enemiga, no para salvar al presidente sino para saldar cuentas. La única escena que no cambia es la del precipitado. Quizá Andreva Levy y Pablo Casado sean el relevo generacional del cainismo genovés y es posible que hasta tengan oportunidad de hacer algún cameo en campaña. Otros valores regionales en liza acogerán los mítines presidenciales en paseíllos de mercado, tapeo callejero y primaveral o minúsculos auditorios –hay que llenar– sin asomar impaciencia ni mucho menos disgusto pero con gran disimulo, sonrisa estirada, brazos en alto y el rabillo del ojo como las vacas, siempre avizor.

En el PSOE lamentarán que el presidente en funciones y Pablo Iglesias hayan puesto sus intereses particulares por encima de los generales y lo harán casi sin sonrojarse. Recordarán una y mil veces que fueron "mandatados" por el Rey y que lo intentaron todo, incluido –o sobre todo– lo imposible. El candidato Sánchez pedirá a sus amigas y amigos que le den la fuerza electoral necesaria para gobernar a las ciudadanas y los ciudadanos como se merecen porque España votó progresista en diciembre sin lugar a dudas. De puertas hacia dentro, a nadie se le ocultará que la guerra civil socialista está en fase de artillería pesada. En el caso de Ferraz el lúgubre acantilado está abarrotado de gente con los codos dispuestos aunque siga siendo Susana Díaz la que mejor luce el arremangado y se haya propuesto vengar el siete que Sánchez le ha hecho a Madina. Los líderes regionales arroparán al candidato nacional con el mismo entusiasmo que tiene Piqué por la Champions mientras se buscan fichajes de relumbrón para cubrir vacantes como la de Irene Lozano, ya versión femenina de Verstrynge. Y claro, seguirán apoyando a Podemos en el poder local y regional.

En Podemos invocarán sus raíces, buscarán su acta fundacional olvidada en una tienda de campaña y elevarán el populismo a términos insospechados. Culparán al PSOE del bloqueo y recordarán que Iglesias se inmoló en la mesa sacrificial de la vicepresidencia que pretendía quedarse con tal de que España tuviera un engendro progresista frente al fascio. Pero todos en Podemos sabrán que Iglesias, piolet en mano, sigue coleccionando peligrosos trotskos y dejando que cien flores florezcan con tal de dar el Gran Salto Adelante aunque también ellos caminen hacia el acantilado. Errejón pondrá su habitual cara de susto para no revelar estado anímico alguno cuando el líder recite su doctrina y cante sus virtudes, quizá camino del último de sus dantescos círculos. Aquí la novedad será ver cómo se las gasta el telonero Alberto Garzón y la reacción de su Izquierda Unida… a Podemos.

Y en Ciudadanos tendrán que defenderse de los daños directos y colaterales de la reyerta y cuidarse de no arruinar su campaña, como sucedió en diciembre, por quedarse a vivir en el centro que surge entre la extrema izquierda y la socialdemocracia burócrata. En cuanto a sus cuitas internas o desengaños ideológicos, una curiosa corriente aparentemente espontánea pero con aroma muy genovés dice que Rivera ha quedado retratado por su pacto con Pedro Sánchez. Impresionante. No quieren ver que Rajoy lo persiguió pero no lo consiguió. ¿El pacto fallido le salva de algo que parece condenar –según algunos– a Rivera? ¿Nadie considerará que Ciudadanos, en realidad, evitó un gobierno del PSOE con la extrema izquierda y el separatismo? ¿Nadie vio a la sedicente Generalidad de Cataluña, ejerciendo de República Independiente de Cataluña, anunciarse desde el Palacio de La Moncloa presumiendo de buenas relaciones internacionales con España? Ciudadanos tendrá que demostrar muchas cosas en esta ocasión, pero no más que el resto.

La campaña será pues, un mal resumen de estos meses yermos de ideas, un cruce estéril de reproches y una amenaza a los ciudadanos para que lo eviten votando al que se lo pida en ese momento. Eso sí, los equipos negociadores trabajarán durante la campaña a sabiendas de que nadie podrá gobernar en solitario.

Pero, vistas las muchedumbres que merodean por los acantilados electorales, me pregunto: ¿quieren en el PP que se vote a Rajoy? Y en el PSOE, ¿quieren que gane Sánchez? ¿Es Iglesias el candidato favorito de los revolucionarios morados? Creo que sólo Ciudadanos desea, de momento, un apoyo masivo a Rivera.

Los políticos han hecho borrón –sobre todo, borrón– y cuenta nueva y ahora pretenden que el ciudadano les acompañe como si nada hubiera pasado. Correrán ríos de tinta desde Panamá hasta la última concejalía del último de los 8.100 ayuntamientos que, por desgracia, vertebran la estructura burocrática y, por tanto, corrupta de España. Podrán caer piezas menores en todos los partidos y llenarse los patios de los penales pero, al final, al 26 de junio parece que nos tocan los mismos. Así que tendrá que ser después cuando los pasos tímidos se conviertan en firmes. Hasta entonces, nos vuelven a pedir que les votemos.

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