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Cuento veraniego (con permiso del cura)

De repente, el pueblo se llenó de ateos. Y más que se llenaría cuando poco después el curita, ya entrado en años, cambió la sotana por la sirvienta.

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–¿Queréis acabar en el Infierno? ¿Queréis arder todos en el fuego que nunca se apaga? ¿Queréis ser arrojados al lago de azufre ardiente en el que sufriréis tormento, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, por los siglos de los siglos, durante toda la eternidad, mientras los justos gozan contemplando vuestro sufrimiento desde el Paraíso? –tronó el sacerdote desde el púlpito. –¡Pues ya sabéis lo que tenéis que hacer: desobedecer los mandamientos de la ley de Dios, incumplir las obligaciones con la Santa Madre Iglesia y no santificar las fiestas!

Cabizbajos y asustados, algunos feligreses sollozaban.

–Sí, ahora llegan los arrepentimientos, los llantos y el rechinar de dientes –apretó un poco más–, pero eso lo teníais que haber pensado antes de pecar. Porque todos los que recogisteis la hierba el miércoles pasado sabíais que el día de san Pedro y san Pablo es fiesta de guardar y no se puede trabajar. Por eso os he nombrado a todos los culpables al comenzar este sermón, para que os avergoncéis ante vuestros convencinos y para que el sargento sepa a quiénes tiene que multar. ¡Y no vengáis con eso de que las nubes amenazaban lluvia y que había que recoger la hierba seca antes de que el agua la echase a perder! ¿Quiénes os habéis creído que sois para enmendar las normas de la Iglesia? Y sobre todo, ¿quiénes os habéis creído que sois, desdichados, para enmendar la voluntad de Dios? Porque si Él había decidido que tenía que llover y que la hierba se tenía que perder, bien decidido habría estado. Por algo sería. ¡Demasiados pecados habríais cometido! ¿Tenéis miedo de que la lluvia pudra la hierba segada? ¡Pues mucho más miedo tenéis que tener de quien os puede condenar a pudriros en el fuego eterno! ¡Únicamente a Él es a quien tenéis que temer! Porque, como bien sabéis, el amor de Dios por sus hijos es infinito, pero su justicia también lo es. Recordad el diluvio universal, con el que el Señor barrió el mundo de pecadores y sólo salvó a la familia de Noé y a los animales, que no pueden pecar. Pero hasta el diluvio fue una cosa de risa si lo comparáis con las penas eternas del Infierno.

Las fronteras entre el mundo terrenal y el celestial estuvieron bastante difuminadas durante aquellos trabajosos años de la postguerra. En las ciudades era distinto, pero en los pueblos pequeños, sobre todo si el que tenía mando en plaza era un párroco estricto, no resultaba fácil salirse de los márgenes de la ortodoxia sin pagar algunas consecuencias, quizá no graves, pero sin duda molestas.

Una vecina de aquel pueblo, tan analfabeta como devota, se atormentaba por seguir a rajatabla las normas sobre el ayuno y la abstinencia. Por eso, cuando alguno de sus hijos enfermaba y ella quería darle carne para que repusiera fuerzas, temía el castigo divino. Hasta que se enteró en el confesionario de que comprando una "gula" papal podía saltarse la prohibición. Así que sus parientes, llegadas estas ocasiones, se ocupaban de que no se enterase el párroco, de fingir que enviaban una petición al obispo y de enseñarle una esquela. Ante el documento encabezado con una cruz y el texto que le leían sobre la "gula" que le había concedido el Santo Padre para que su familia pudiese comer carne los días de enfermedad, la buena mujer recuperaba el sueño.

Pasaron algunos años, y aquel agosto apretó el calor como pocos recordaban. Los tomates no engordaban, las lechugas se arrugaban y las vacas sesteaban sedientas a la sombra de los robles. Y a los paisanos no les quedaba hierba que segar, pues, por primera vez en mucho tiempo, los prados de aquella verdísima comarca comenzaban a amarillear.

Los vecinos acudieron al párroco para pedirle sacar el santo en procesión, como habían hecho antaño, generalmente para pedir lo contrario, que dejara de llover. O para que se muriera el escarabajo de la patata, o para que el ganado sanara del carbunco. El intermediario entre ellos y Dios accedió gustoso, vistió sus mejores galas e, hisopo en ristre, presidió el desfile por las calles y fuentes del municipio. Al cabo de un par de semanas, ya comenzado septiembre, cayeron algunas gotas. Pocas y tardías para saciar la sed de los campos pero suficientes para que el párroco se ufanara del éxito de sus gestiones en el sermón del domingo siguiente.

Pasaron más años, y las altas jerarquías de la Iglesia se reunieron en Roma para discutir sobre complicados asuntos. De pronto, muchas cosas inamovibles comenzaron a moverse. Junto con el cáliz y el crucifijo del altar, las viejas imágenes de la iglesia fueron sustituidas por otras más modernas cuya contemplación exigió lámparas más potentes. Se archivaron los himnos que todos sabían aunque estuviesen en latín y se repartieron librillos con letras de canciones que los feligreses debían cantar al son de las guitarras. Fiestas sagradísimas, por cuya inobservancia se condenaban las almas, como el día de san Pedro y san Pablo, dejaron de serlo. Y, sobre todo, el cura dejó de darles la espalda y de hablarles de las cosas de Dios para pasar a mirarles y a hablarles de las suyas.

Y de nuevo llegaron los calores. De nuevo amarillearon los prados. De nuevo se secaron las fuentes. De nuevo las vacas enflaquecieron de sed. Y de nuevo los vecinos, con la buena señora de las "gulas", ya anciana, a la cabeza, pidieron al párroco sacar a pasear el santo para que intercediese en las alturas. El hombre de Dios no pudo reprimir una sonora carcajada:

–¡No me digáis que todavía creéis en esas bobadas!

A la mayoría de los presentes se les quedó cara de tonto. Pero a la humilde presidente de la comisión vecinal, y a algunos otros, se les rompió el corazón y alguna cosa más.

De repente, el pueblo se llenó de ateos. Y más que se llenaría cuando poco después el curita, ya entrado en años, cambió la sotana por la sirvienta y se largó del pueblo para nunca volver.

Las nuevas convicciones arraigaron tan fuerte que pasaron de padres a hijos y de hijos a nietos. Y el joven sacerdote que regenta hoy tanto aquella parroquia como las demás del valle, a pesar de su buen hacer, su amabilidad y su empeño, no consigue que los domingos vayan a su iglesia más que tres ancianas enfermas y el tonto del pueblo.

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