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El eterno retorno de la izquierda

Dicen que ya no tiene sentido hablar de izquierda y derecha, sino de los que están arriba y los que están debajo. Otra vez la lucha de clases. ¡Qué moderno!

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Dani Gago

A pesar de que pasa por abanderada del progresismo, un breve vistazo a su historia demuestra que, lejos de seguir una trayectoria lineal hacia el futuro y sus encantos, la izquierda española se caracteriza por su afán en dar vueltas y más vueltas sobre sí misma sin admitir jamás sus culpas ni aprender de sus errores. Y lo que es peor, haciendo perder el tiempo a todos una y otra vez, empezando por sus votantes, eternamente desinformados y amnésicos.

No hay error mantenido en un momento dado y abandonado posteriormente, por convencimiento o por conveniencia, que la izquierda no retome con el paso del tiempo. Por ejemplo, la hasta entonces internacionalista izquierda, contagiada tras 1939 por la ideología de sus compañeros separatistas de exilio, se apuntó con entusiasmo a todo tipo de autodeterminaciones. Uno de los puntos esenciales del célebre Congreso de Suresnes fue el "reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas las nacionalidades ibéricas". Ibéricas, nada menos, aunque a los pobres portugueses nadie les hubiera dado vela en aquel entierro. Subrayemos que, en aquel indigesto mejunje de nacionalidades, estrategias de clase, emancipaciones, repúblicas federales, capitalismos monopolistas, poderes imperialistas, procesos dialécticos y perspectivas autogestionarias, la palabra España no se mencionó ni una sola vez, sustituida por "los diversos pueblos que integran el Estado español".

Efectivamente, hace cuarenta años los socialistas padecían alergia a la nación que, sin embargo, aspiraban a gobernar. Pero parece que sanaron a la fuerza tras su llegada a la Moncloa, aunque tampoco hace tanto que Bono tuvo que recordar a sus camaradas que ya era hora de perder el miedo a decir "¡Viva España!". Pero ahora las nuevas hornadas izquierdistas han recuperado la bazofia terminológica de Suresnes, idéntica, por cierto, a la de ETA y su submundo. Merece la pena recordar al respecto la reciente frase de Pablo Iglesias: "Yo no puedo decir ‘España’".

Hace cuarenta años los socialistas eran más autodeterministas que Arzalluz y defendían que "el poder emana de cada uno de nuestros pueblos" (Txiki Benegas dixit). Pero, aunque lenta y trabajosamente, acabaron comprendiendo que la ONU llevaba décadas explicando que eso de la autodeterminación era para las colonias afroasiáticas y en modo alguno aplicable a los casos vasco y catalán, ni a ningún otro "intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un Estado". Además, es de suponer que la mayoría del PSOE actual –salvo sus extensiones catalanas y, más confusamente, otras levantinas– sigue sosteniendo la infragmentabilidad de la soberanía nacional. Pues bien, nada desean más las nuevas hornadas de izquierdistas que sembrar el Estado Estatal de referendos para que las naciones que lo componen puedan decidir unilateralmente si se quedan o se largan.

Hace cuarenta años los socialistas se apuntaban encantados a compartir aberri egunas con unos herederos de Sabino que se mondaban de risa. Con el paso del tiempo acabaron dándose cuenta de que aquélla no era su fiesta. Pero ahora las nuevas hornadas de izquierdistas vuelven a celebrar el Día de la Patria Vasca junto a los defensores de Dios y las Leyes Viejas. De la Fiesta Nacional de España, ni hablar, evidentemente. Eso es cosa de fascistas. No por casualidad Pablo Iglesias ha declarado: "El nacionalismo español me revienta mucho más que el vasco o el catalán".

Hace cuarenta años los socialistas admiraban a la ETA. Y el 20 de diciembre de 1973 se agarraron una tajada monumental para celebrar el asesinato de Carrero Blanco. Cuando morían militares y guardias civiles, ni les interesaba. Al fin y al cabo, eran las fuerzas represivas. Con el tiempo, y con unos cuantos cadáveres socialistas sobre la mesa, comenzaron a comprender. Hoy los nuevos izquierdistas van de la mano de los proetarras, y Pablo Iglesias, viejo colaborador del mundo batasuno, bien claramente denunció: "Menos el diario Gara, todos los medios son el enemigo".

Hace cuarenta años los izquierdistas, incluido Carrillo, admitieron que la rojigualda no era ni la bandera franquista ni la borbónica, sino la que desde Carlos III lleva cuatro siglos simbolizando a España por encima de reyes, dinastías, regímenes, repúblicas, dictaduras y democracias. Y que la tricolor, por el contrario, representaba solamente a un régimen muy concreto que duró ocho años. Hoy, con el inestimable antecedente de la canonización republicana mediante la Ley de Memoria Histórica de ZP, los nuevos izquierdistas han vuelto a sacar el morado del baúl de los rencores y su líder ha expresado su desprecio por la bandera "monárquica y postfranquista", así como por la "cutre pachanga fachosa" del himno nacional.

Hace cuarenta años, los socialistas tuvieron por lema el "OTAN no, bases fuera", con el que atronaron las calles. Pero al poco de llegar al poder, en súbito ataque de realismo, acabaron pidiendo el sí a la Alianza Atlántica. Hoy los nuevos izquierdistas son los aliados de cualquier enemigo del imperialismo yanqui, desde la Cuba castrista y la Venezuela chavista hasta cualquier país musulmán que se apunte.

Hace cuarenta años los viejos iconos revolucionarios seguían teniendo un hueco en el corazón de los socialistas, por ejemplo en el de Rosa Conde, ministra felipista que bautizó a su hijo Vladimir Fidel Ernesto en íntimo homenaje a Lenin, Castro y el Che. Pero, con el recuerdo del Lenin español aparcado en los lejanos años 30, el PSOE abandonó el marxismo como ideología oficial del partido en 1979. Hoy el "barbudo genial" de Tréveris y el Largo Caballero ruso son los faros de Pablo Iglesias mientras que sus socios de IU recuerdan en sus vídeos electorales que "Venimos de muy lejos" mediante imágenes y textos alusivos a Allende, la revolución de los claveles y la Pasionaria.

Hace cuarenta años los socialistas enterraron la cantinela de la lucha de clases, quizá porque acabaron comprendiendo que la sociedad española de entonces, como la de cualquier país occidental, tenía poco que ver con la de los tiempos de Marx y Engels. Hoy los nuevos izquierdistas, sin embargo, no cesan de repetir que ya no tiene sentido hablar de izquierda y derecha, sino de los que están arriba y los que están debajo. Otra vez la lucha de clases. ¡Qué moderno!

Y para que no falte de nada, los nuevos izquierdistas, en cualquiera de sus variantes, no nos han ahorrado ni las loas a la comuna y la procreación tribal ni la Estaca de Lluís Llach. ¡Hemos regresado al 68!

Ideas, palabras, esquemas, enfoques, personas, símbolos, eslóganes, recuerdos, obsesiones, casposas letanías de hace un siglo... Ésta es la alternativa de progreso que nos ofrecen los jóvenes renovadores de la izquierda.

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