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Alza de la mortalidad en EEUU y Efecto Trump

El voto negativo se ha disparado en estas elecciones presidenciales.

Jorge Soley
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Donald Trump | EFE

Aunque aún no hemos entrado en la fase candente de la campaña electoral, el camino hacia las presidenciales estadounidenses de noviembre sigue su curso sin grandes sorpresas. Los escándalos relacionados con Hillary Clinton van estallando... pero los medios mainstream se encargan de taparlos, sin dedicarles a veces ni una mínima mención. Por su parte, Donald Trump continúa su carrera enloquecida hacia adelante, cesando jefes de campaña y enredándose en debates absurdos a propósito de declaraciones intempestivas. Sí, de vez en cuando aparece una encuesta que da ventaja al candidato republicano, pero más parece una concesión para mantener el interés del público que el reflejo de una oportunidad real. Los seguidores de Trump se consuelan pensando que ya han sido desahuciados tantas veces y ahí siguen, pero son cada vez más los candidatos republicanos al Congreso y al Senado que marcan distancias con su aspirante a presidente.

En este contexto, resulta interesante fijarse en dos datos que nos pueden ayudar a comprender las tendencias de fondo que marcan estas elecciones.

Por un lado, hemos sabido que la tasa de mortalidad en los Estados Unidos ha subido (de 723,2 muertes por cada 100.000 habitantes a 729,5), para sorpresa de todos los expertos. En los países desarrollados el comportamiento habitual desde hace décadas es una constante reducción de esta tasa, como consecuencia de los avances médicos y de otras mejoras en el campo de la salud. Los Estados Unidos no eran diferentes... hasta 2015, cuyas estadísticas muestran un incremento de mortalidad empujado por el alza en los fallecimientos por drogas, alcoholismo, suicidios y alzhéimer. Si miramos los datos con más atención se descubre que el incremento de la mortalidad se concentra principalmente entre el grupo de blancos con menor formación académica y con edades entre los 20 y los 50 años. Por el contrario, la expectativa de vida de la población negra ha crecido más de un año desde 2008, mientras que la de los hispanos también crece, pero a un ritmo inferior. Si hace un siglo la expectativa de vida de un negro era 15 años inferior a la de un blanco, en gran parte debido a su alta tasa de mortalidad infantil, la diferencia en la actualidad es de poco más de tres.

Esta llamativa alza en la mortalidad de los norteamericanos blancos, jóvenes y de media edad y sin estudios superiores encaja con el masivo apoyo que este grupo ha dado a Donald Trump. Mucho se ha escrito sobre las causas de este enorme malestar, que cristaliza en la huida hacia adelante que estamos contemplando, pero el fenómeno ya fue detectado a principios de la década de los 60, en lo que se denominó Efecto Roseto. En 1961 el Dr. Wolf, director del departamento de Medicina de la Universidad de Oklahoma, quedó intrigado por la baja tasa de enfermedades cardiovasculares en la pequeña localidad de Roseto. En 1964 publicó un estudio en el que demostraba que los habitantes de Roseto no diferían significativamente de los de otros pueblos de la zona en términos de dieta, ejercicio, ocupación o genética. Lo que les hacía diferentes era la fortaleza de los vínculos que unían a su comunidad: mayoritariamente de origen italiano, habían recreado una especie de Little Italy, con su vida centrada en torno a la parroquia y diversas asociaciones caritativas. Incluso encontró un alto grado de uniformidad en los menús familiares: los martes espaguetis, los miércoles lasaña. Con una estructura familiar y social sólida y estable, los habitantes de Roseto sabían, muchos por propia experiencia, que cuando la vida se ponía fea disponían de una red que les ayudaría a superar las dificultades, seguridad que también tenía un impacto en su salud. Son estas redes las que se han deteriorado a pasos agigantados durante la Administración Obama, generando una inédita alza en la mortalidad de los grupos afectados y abriendo la puerta a una candidatura como la de Trump. Un número importante de estadounidenses se sienten más vulnerables que nunca y no dudan en apoyar a quien les promete protección, independientemente de su capacidad para cumplir sus promesas. A menos Efecto Roseto, más Efecto Trump.

Por otro lado, el Pew Research Center, en su informe del pasado día 2, señalaba que el voto negativo se ha disparado en estas elecciones presidenciales. Si en 2008 sólo un 35% de los republicanos votaron a McCain como modo de votar contra Obama, y no por méritos propios del candidato del GOP, ahora el 53% de quienes dicen que votarán a Trump afirman que lo harán por votar en contra de Clinton y no porque les guste Trump. Lo mismo ocurre en el campo demócrata: si en 2006 solo el 25% de quienes votaron a Obama lo hicieron para ir contra McCain, ahora el 46% de quienes dicen que votarán a Hillary confiesan que lo harán para frenar a Trump (algo especialmente intenso entre los menores de 30 años, probablemente seguidores de Sanders, de los que solo el 29% dicen que van a votar a Clinton por sus méritos propios).

Ya lo ven, estas elecciones son, para un número anormalmente elevado de estadounidenses, una decisión entre cuál de los dos candidatos, ambos con elevados índices de rechazo, es el menos malo.

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