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Y Trump cabalgó la ola

Un profundo malestar reinaba en los Estados Unidos, un malestar que estaba aflorando y que las encuestas no detectaban en toda su extensión.

Jorge Soley
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EFE

Escribo esto cuando, tras una apasionante noche, ya es una realidad que Donald Trump es el presidente nº 45 de EEUU. El peso mexicano se ha hundido (pero ya está rebotando) y el Apocalipsis zombi que ayer predecían los medios aún no se ha desencadenado.

Todos, o casi todos, nos equivocamos. Hacemos previsiones en base a unas encuestas que, de nuevo (Brexit, Colombia, sorpasso podemita… ¿cuál será la siguiente?), se han mostrado menos fiables que el pulpo Paul. Algunos pocos, normalmente tras patearse el terreno, nos advertían de que las cosas no estaban tan claras, a pesar de que el New York Times insistiera en su predictor en que Hillary tenía más de un 80% de probabilidad de vencer. El espectáculo de ir viendo cómo la flechita del predictor se iba inclinando hacia Trump a lo largo de la noche ha sido uno de los grandes alicientes de esta noche.

Recuerdo ahora un artículo del que me hice eco al inicio de las primarias. Hablaba del profundo malestar que reinaba en los Estados Unidos, un malestar que estaba aflorando y que las encuestas no detectaban en toda su extensión. Decía que, si realmente era tan profundo y extendido como algunos creían, podría haber sorpresas. Las primeras sorpresas fueron Sanders y el mismo Trump. En el primer caso, el establishment demócrata, sin hacer ascos a todo tipo de trampas, echó al senador por Vermont de la carrera a la Casa Blanca, mientras que los republicanos dejaban fluir el trumpismo con cara de desconcierto e incapaces de hacer nada. Al final, y contra lo que pensábamos muchos, les ha salido bien la jugada. Porque otra lección de estas elecciones es que las primarias pueden no elegir al candidato más capaz, pero sí al candidato que tiene mayor probabilidad de ser elegido. Las primarias, en Estados Unidos, han funcionado y han demostrado que, por muy impresentable que el candidato elegido nos parezca, eligen al candidato que realmente la mayoría de la gente quiere.

Este resultado es también un enorme fracaso de Hillary Clinton, y por extensión del establishment demócrata. Una candidata con vínculos oscuros, con financiación poco clara, ambiciosa y poco escrupulosa, elitista (¿se acuerdan de aquello de los deplorables?) y de un sectarismo anticatólico apenas velado (el cardenal Dolan aún está esperando sus disculpas) no parecía la mejor opción para que los demócratas retuvieran la presidencia. La candidatura de Trump parecía ideal para llevar a Hillary a la victoria, pero la jugada se les fue de las manos y ni así Hillary ha podido alcanzar su sueño. Pero cuidado, también es un varapalo tremendo a Obama, un rechazo enorme al presidente que se volcó, rompiendo todas las reglas no escritas, en hacer campaña a favor de Hillary desde el Air Force One. Se suponía que Obama iba a unir al país, superando divisiones, y a recuperar la ilusión. La victoria de Trump demuestra que ha dejado un país más dividido, más resentido y más desilusionado que el que recibió de George W. Bush.

Los próximos días vendrán los análisis a fondo del comportamiento de los electores, sabremos los porcentajes de blancos, con estudios, sin estudios, negros, hispanos, católicos, evangélicos, urbanos, rurales… que han votado a cada candidato. Se destacará que los blancos pobres y sin estudios (probablemente gordos, catetos, heterosexuales, aficionados a la música country y a las armas) han votado masivamente a Trump. Es verdad, pero no se engañen. No se gana Florida sólo con rednecks y otros deplorables; Trump ha conseguido tocar otras teclas (por cierto, Rubio será senador de la Florida, una buena noticia para los hispanos conservadores). Quizás haya llegado el momento de recordar a muchos sesudos analistas que el voto de esos desgraciados blancos vale lo mismo que el voto del sofisticado urbanita progre de Nueva York. Nos gustará más o menos, pero ésas son las reglas de la democracia.

Un amigo que sabe del tema me comentaba, hace pocos días, que iba a ganar Hillary porque los demócratas, viendo el último arreón de Trump, estaban muy asustados e iban a ir a votar masivamente. Yo le contesté que era plausible, pero que también había que considerar a quienes normalmente se quedan en casa porque "no hay nada que hacer" y que esta vez, viendo que sí hay posibilidades reales de darle una buena sacudida al sistema, se van a acercar a votar. Tiempo habrá de analizarlo, pero parece que a unos cuantos votantes demócratas Trump no les ha dado tanto miedo (se ve que, ignorantes ellos, no leen la prensa española) y que, en cambio, la ola de rechazo del establishment sobre la que ha surfeado Trump ha sido más fuerte de lo que se preveía desde las oficinas demoscópicas con sede en Nueva York, Boston o Washington. Porque, dicho sea de paso, la campaña de Trump no ha sido nada brillante; más bien se ha limitado a aprovechar una ola de dimensiones inesperadas.

Los republicanos conservan la mayoría en las dos Cámaras, por lo que ahora Trump va a tener un poder enorme. Una buena noticia, pensarán sus seguidores, pero también un nivel de exigencia que puede resultar incómodo. Trump no podrá escudarse en que las Cámaras le bloquean sus proyectos, como sí ha podido hacer Obama. No hay excusas y el problema es que una cosa es prometer un cambio radical sin concretar mucho y otra alcanzar el poder y tener que realizarlo. No va a ser nada fácil y sus votantes, con un intenso anhelo de cambio, pueden sufrir una enorme frustración si éste no se hace realidad. Por de pronto, la arriesgada estrategia republicana de bloquear el nombramiento del sustituto de Scalia en el Tribunal Supremo ha salido bien. Ya pueden ir desempolvando la lista de candidatos que Trump hizo pública hace unos meses: será uno de sus primeros actos y tendrá una enorme importancia para ver si los conservadores que han confiado en Trump, tapándose la nariz, han acertado o han sido engañados. Y más con dos jueces por encima de los 80 años, Kennedy (80) y Bader Ginsburg (83).

Por cierto, sobre lo de taparse la nariz, no me resisto a reproducir aquí lo que un buen amigo, estadounidense, conservador, refinado y con estudios (es un reconocido profesor universitario), me escribía a finales de verano:

Donald Trump es un ridículo payaso. Es un repulsivo narcisista. Sabe menos sobre políticas públicas que mi hijo de once años. Y le votaré el próximo mes de noviembre y sinceramente espero que sea el próximo presidente de los Estados Unidos de América.

Alguien decía que se iba a la guerra con el ejército que uno tiene, no con el que a uno le gustaría tener. Muchos conservadores, tras muchos recelos, han ido a la guerra con Trump… y han ganado contra todo pronóstico.

Acaba pues con sorpresa una campaña en la que la mayoría de los medios han preferido hacer propaganda antes que informar. Nunca antes un candidato había recogido menos endorsements: menos del 1% (en realidad solamente un periódico se posicionó abiertamente a favor de Trump, el Las Vegas Review-Journal), mientras que Hillary obtenía el 74% de los apoyos y el resto no se definía o prefería a un tercer candidato. Se abre ahora un periodo de incertidumbre y, para qué negarlo, de enorme interés. La historia, por mucho que le pese a Fukuyama, no ha terminado.

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