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Casado y el adoctrinamiento separatista

Olvidad la letra impresa, esa rémora arcaica, y cread imágenes poderosas. Es lo que hacen ellos.

José García Domínguez
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El presidente del PP, Pablo Casado | Efe

Francia, que mal que nos pese a los españoles es la nación más antigua de Europa, ya existía, por supuesto, en el siglo XIX. Quienes aún no existían a mediados del siglo XIX eran los franceses. O, por lo menos, la mayoría de ellos. Y es que una porción muy notable de los por entonces habitantes de Francia, campesinos analfabetos y hablantes de alguna incomprensible jerigonza local que nada ni a nadie conocían fuera de su muy limitado y aislado terruño doméstico, carecían siquiera de la conciencia de formar parte de la nación francesa. Así, Francia llevaba existiendo desde hacía siglos, pero a los ciudadanos franceses los creó la escuela universal y obligatoria implantada por la Tercera República. Fueron los maestros de la República los que, ente el último tercio del XIX y el primero del XX, elevaron a la categoría de ciudadanos de Francia a aquellas masas agrarias que ni siquiera conocían el significado de la palabra nación. A los franceses de Francia los creó la escuela francesa y a los españoles de Cataluña los tendría que haber creado la red de instrucción pública durante la misma época histórica.

El problema es que en España no existió nada remotamente parecido a una red universal y obligatoria de instrucción pública hasta hace apenas un cuarto de hora, cuando ya era demasiado tarde para casi todo. Ahora, Pablo Casado, con un afán algo ingenuo y voluntarista que no seré yo quien critique, acaba de proponer una batería de medidas para tratar de poner coto al adoctrinamiento catalanista en las aulas. Lástima que la idea llegue con unos 150 años de retraso. Lástima porque, pese a lo que creen tantos, e igual en Madrid que en Barcelona, el adoctrinamiento escolar, que haberlo haylo, es en nuestro tiempo contemporáneo muchísimo menos eficaz de lo que se tiende a suponer. Pero muchísimo menos. En el siglo XIX y todavía en gran parte del XX, la autoridad intelectual aún indiscutible de los profesores se podía utilizar para inculcar en la población cosmovisiones creadoras de sentido, la idea nacional por ejemplo.

Hoy, sin embargo, la autoridad y el respeto que infunde cualquier figura vinculada a lo intelectual o a lo académico se constata en las propias listas electorales de los partidos políticos, empezando por el PP, que se han apresurado a sustituirlos a todos por toreros, deportistas, tertulianos y vendedores de Coca-Cola. En los colegios de Cataluña se adoctrina, naturalmente que se adoctrina. Pero conviene saber que donde se interioriza de verdad el nacionalismo catalán no es en la escuela, sino entre las cuatro paredes del hogar familiar. En Cataluña, el nacionalismo se mama desde la cuna junto con la leche materna, pasa directamente de padres a hijos. Por eso es tan fuerte y por eso va a resultar tan difícil que deje de serlo, por lo menos, durante las dos próximas generaciones. Conviene saber eso para no hacerse demasiadas ilusiones. Pero también conviene saber que el papel crítico que en su siglo, el XIX, desempeñaron maestros y profesores lo ocupan en el nuestro, el XXI, los guionistas de televisión y los directores de cine. Si queréis crear españoles en Cataluña, financiad grandes películas y producid series de televisión. Olvidad la letra impresa, esa rémora arcaica, y cread imágenes poderosas. Es lo que hacen ellos.

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