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España, admítase, es ingobernable

España, admítase de una vez, ha devenido ingobernable. El pueblo soberano, desengañémonos, así lo ha querido.

José García Domínguez
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España, admítase de una vez, ha devenido ingobernable. El pueblo soberano, desengañémonos, así lo ha querido. Porque no se trata, como se empeñan en pontificar los fabricantes de la opinión publicada, de que nuestras elites políticas, a falta de lecturas de alguna enjundia, se hayan tornado demasiado aficionadas a esos maquiavelismos de cartón piedra que aprenden en las series de la televisión de pago. No, no es eso. El problema, mal que nos pese, no son las elites sino el pueblo. El carajal indigerible que alumbraron las urnas del 20 de diciembre, ahora lo sabemos, no fue un desfogue momentáneo, la efímera pataleta irritada de una multitud presta a volver al orden una vez aireado su hartazgo. Bien al contrario, aquella desquiciada aritmética de lo imposible, la que configuró la primera legislatura posterior a la muerte del duopolio, anunciaba no la excepción sino la norma de cómo habrá de ser el novísimo escenario político español a partir de ya mismo. El pueblo, qué le vamos a hacer, acude a los colegios electorales con el muy tozudo afán de que sus representantes electos compongan círculos cuadrados. Al pueblo, qué le vamos a hacer, le trae sin cuidado que los círculos cuadrados resulten figuras de quimérica arquitectura. A nuestra ley electoral, aquel ceñidísimo traje a medida que diseñaron los sastres de la Transición teniendo en mente el crónico caos italiano, cuando la democracia cristiana tenía que hacer malabarismos a diario para sostenerse en el poder, acaban de reventarle todas las costuras. No una ni dos, todas.

Porque ya no se trata de que castigue al tercer partido del Hemiciclo, como siempre se ha dicho, es que ahora castiga al primero. Con la Ley D’Hondt y algo de mano izquierda, aquí se pudo ir tirando sin demasiados espasmos durante casi medio siglo. Pero eso fue mientras la crisis del euro no comenzó a poner en cuestión los consensos básicos sobre los que se asentaba el Estado del Bienestar en la región occidental de Europa. En el fondo, el bipartidismo imperfecto hispano no era más que la traslación al plano político de aquella entente transversal, la que ahora se quiere enmendar desde Bruselas vía ese piadoso eufemismo que llaman "reformas estructurales". Roto el consenso socioeconómico de la posguerra, solo era cuestión de tiempo que se rompieran a su vez los equilibrios partidarios en toda Europa, España incluida. Y, en efecto, se han roto. Así las cosas, la final voladura descontrolada del duopolio nos ha abocado a la parálisis institucional permanente. En España, simplemente, no puede gobernar nadie. No puede la izquierda porque el cinturón sanitario tendido por el establishment en torno a Podemos hace que resulte imposible en la práctica un Ejecutivo encabezado por el PSOE. Y tampoco puede la derecha porque la precaria debilidad parlamentaria de Ciudadanos, sigla sometida de continuo al temor de verse absorbida por el PP, igual bloquea un eventual acuerdo alternativo.

Podemos es demasiado fuerte como para obviar su presencia en la izquierda. Y Ciudadanos es demasiado débil como para dictar la política a seguir a la derecha pura y dura. Consecuencia primera de esa correlación de debilidades, aquí no hay manera de investir a nadie. Como tampoco había manera de hacerlo, por cierto, en Italia o en Grecia, países sometidos a convulsiones institucionales no muy distintas a las nuestras. Pero en Italia hay un Gobierno fuerte. Y en Grecia también. Y los hay porque ambos países tuvieron la lucidez en su momento de introducir un cambio crítico en la legislación electoral que premiara con un plus de representación parlamentaria a los ganadores de las elecciones. A Syriza, gracias a esa modificación, le cayeron del cielo 50 diputados adicionales. Y a Renzi otros tantos, pues la nueva ley electoral, la llamada Italicum, garantiza la rápida formación de un Ejecutivo estable al fijar un premio de mayoría –el 55% de los escaños– a la lista que supere el 40% de los votos. Más pronto que tarde, tendremos que imitarlos. Aunque solo sea porque alternativa es el caos.

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