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José García Domínguez

Fahrenheit 451

Por culpa de aquella malhadada norma, los españoles, todos, comenzaríamos a ostentar de parejos derechos en cualquier rincón de la Península.

José García Domínguez
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Un Jordi Fàbrega, usufructuario al parecer de alguno de esos grandilocuentes carguitos que adornan las pedreas autonómicas, acaba de reclamar los cinco minutos de fama que Andy Warhol prometiera a todos los don nadie de la Tierra. Así, al modo de su igual Jimmy Jump, el delegado del Gobierno de la Generalidad en la Cataluña Central, que no otro dice ser el tal Fàbrega, dio en quemar los Decretos de Nueva Planta de Felipe V durante la Diada para entusiasta jolgorio de la afición doméstica.

De ese modo, entre admiradas loas a los genitales del patriota Fàbrega, el fuego purificador ha calcinado regios mandatos como éste: "He juzgado conveniente, por mi deseo de reducir todos mis reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y Tribunales [...] sin diferencia alguna en nada; pudiendo obtener por esta razón mis fidelísimos vasallos los castellanos oficios y empleos en Aragón y Valencia, de la misma manera que los aragoneses y valencianos han de poder en adelante gozarlos en Castilla sin ninguna distinción".

Huelga decir que el patriota Fàbrega jamás ha desperdiciado su tiempo en leer tostones semejantes. La santa ignorancia, pues, evitará que descubra esa afrenta borbónica contra los idílicos grilletes de la edad media catalana. Y es que, por culpa de aquella malhadada norma, los españoles comenzaríamos a ostentar de parejos derechos en cualquier rincón de la Península. Los barceloneses ya no requerirían de un salvoconducto diplomático con tal de viajar a Burgos o Valladolid, ni tampoco a un gaditano se les exigiría pasaporte alguno a fin de recalar en Zaragoza.

Aunque no terminaban ahí las nuevas impresas en aquel aciago pliego. Porque, merced a la catalanofobia de Felipe V, los mercaderes locales vieron como se les abrían las puertas al comercio con las colonias. Un riesgo, ése de adentrarse en el proceloso Atlántico, del que la Casa de Austria, siempre tan previsora, había resguardado a los ancestros del patriota Fàbrega excluyéndolos de todo trato con América. Por no mentar, en fin, el más hiriente de los reales agravios: la célebre prohibición de utilizar la escritura propia de las Cortes catalanas, esto es, el latín de Cicerón, en los documentos oficiales. Por mucho menos, Nerón le plantó fuego a Roma. ¡Salve, Fàbrega!

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