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José García Domínguez

Francisco Camps, In Memoriam

La renuencia de Ric Costa a inmolarse a lo bonzo, firmando su propia ruina procesal, no ha sido más que el catalizador. El animal instinto de supervivencia de Ric, que no, por cierto, la autoridad de Génova.

José García Domínguez
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Imagino con creciente preocupación el colapso que mientras escribo estas líneas se debe estar produciendo en la Unidad de Grandes Quemados del Hospital La Fe, de Valencia. En especial, me inquieta el cuadro clínico que haya de presentar Esteban González Pons, quien no ha tanto pusiera "las dos manos en el fuego" por los convictos y el dimisionario. El mismo Pons que, hace apenas unas horas, volvía a sufrir otro acceso de incontinencia verbal, dolencia en él crónica, al propalar que Francisco Camps "es claramente inocente". Aserto del que procedería inferir que los dos procesados que ya han accedido a confesar sus delitos, Víctor Campos y Rafael Betoret, son claramente necios.

Aunque no solo el locuaz vocero del PP debería apartarse a algún pabellón de convalecientes tras el espectáculo de las adhesiones inquebrantables a una personalidad tan errática como la de Francisco Camps. La chusca escenografía berlanguiana que se ha prodigado en torno al ido, con escenas que en ocasiones llegarían al clímax de la astracanada, ha supuesto un desgaste absurdo para demasiados dirigentes del Partido Popular valenciano. Sobre todo, por lo muy inane del empeño. Y es que quien conservase algún anclaje en la realidad, por precario que fuera, no podía esperar desenlace distinto. La caída de Camps era la crónica de una muerte política anunciada. Apenas cuestión de tiempo.

Y la renuencia de Ric Costa a inmolarse a lo bonzo, firmando su propia ruina procesal, no ha sido más que el catalizador. El animal instinto de supervivencia de Ric, que no, por cierto, la autoridad de Génova. Una dirección nacional, la del PP, que a lo largo de los dos últimos años se ha conducido según el magisterio del Generalísimo. Así, tal como certificara Indro Montanelli, Franco almacenaba dos montoncitos de carpetas sobre la mesa de su despacho. Al parecer, una de aquellas montañas de expedientes estaba integrada los asuntos que el tiempo se encargaría de arreglar. La otra reunía los legajos que el tiempo había arreglado ya. Por su parte, el Caudillo se limitaba a trasladar las carpetas de un montículo al de al lado a medida que iban pasando los años y era informado por sus acólitos de la final resolución de todos aquellos incordios tediosos. Pues clavado.

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