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José García Domínguez

La muerte del general Margallo

El primer Margallo que se hizo un hueco en la historia grande de España fue un muy ilustre bisabuelo del exministro.

José García Domínguez
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El primer Margallo que se hizo un hueco en la historia grande de España fue un muy ilustre bisabuelo del exministro.
José Manuel García-Margallo, en el Congreso | EFE

Supe de la historia por un librito de mi racista de cabecera, Quim Torra, que la narra con el preceptivo regodeo en Els últims 100 metres, obra cumbre de ese faro del pensamiento comarcal gerundense. Porque resulta que los Margallo, al igual que nuestros sufridos separatas del lacito amarillo, también vienen de lejos y van mucho más lejos aún. Así, el primer Margallo que se hizo un hueco en la historia grande de España fue un muy ilustre bisabuelo del Margallo ahora aspirante a pastorear el destino de la derecha. Por más señas, el mismo general Margallo, gobernador militar de Melilla, que un aciago 28 de octubre de 1893 moriría de modo súbito tras recibir un disparo de pistola en el cráneo. El Margallo germinal, cuentan los historiadores de aquel crepuscular conflicto colonial nuestro, había tenido dos malas ideas unos meses antes de su triste destino último.

La primera fue, según parece, la de ordenar construir una muralla en torno a la ciudad de Melilla cuyo trazado profanaba la tumba de cierto imán local muy preciado por los devotos del Profeta. El segundo de sus yerros, este involuntario por lo aleatorio, fue tener la mala fortuna de ir a destruir casualmente una mezquita con los proyectiles de la artillería española en una reyerta con la morisma levantada en armas, asunto que enervó sobremanera a los rebeldes. Así las cosas, Margallo aún tuvo tiempo de incurrir en un tercer error fatal. Pues, también a decir de los cronistas del conflicto, confundió lo que en realidad era una maniobra militar envolvente por parte de la insurgencia bereber con una huida a campo través. El precio en vidas de su equivocación resultó en extremo elevado: la mayor parte de sus soldados morirían en el combate posterior. Hubo, sí, muchas bajas entre la tropa el 28 de octubre de 1893, pero solo un oficial, el propio general Margallo, perdió la vida en aquel remoto pedregal ingrato. ¿Casualidad? Tal vez sí. Pero tal vez no.

Según el informe oficial, se trató simplemente de una bala perdida. Una bala perdida. Punto. Algunos contemporáneos del general Margallo, sin embargo, nunca estuvieron tan convencidos del carácter anónimo y errático del proyectil en cuestión. Por ejemplo Ciges Aparicio, el que fuera gobernador civil de Ávila durante la República, luego fusilado sumariamente por los llamados nacionales en 1936. Contaba ese Ciges lo que sigue en un libro suyo titulado España bajo la monarquía de los Borbones: "A Margallo se le dio por muerto en acción de guerra. En realidad fue abatido por un joven teniente, Miguel Primo de Rivera, el mismo que más tarde sería dictador, indignado por el hecho de que los fusiles con que los moros estaban matando españoles hubiesen sido vendidos ocultamente por el general". Una versión, la de Ciges, que luego corroboraría el hispanista Gerald Brenan, quien sostuvo siempre que el fusilamiento del gobernador republicano de Ávila por los franquistas tuvo como verdadera causa el que hubiese aireado aquella sórdida historia africana, un episodio de corrupción en el que habrían estado implicados, siempre según Brenan, algunos otros altos mandos de la guarnición. En fin, sea como fuere, que nuestro Margallo, caballero siempre tan dialogante y comprensivo con los separatas, se lo agradezca ahora a Torra.

Tertuliano de Es la Mañana de Federico y La Noche de Dieter.

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