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José García Domínguez

¿Morir de coronavirus o morir de hambre?

La población de nuestros países no puede continuar recluida por más tiempo porque eso nos llevaría al derrumbe no ya de la economía, sino de la civilización misma.

José García Domínguez
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La población de nuestros países no puede continuar recluida por más tiempo porque eso nos llevaría al derrumbe no ya de la economía, sino de la civilización misma.
La madrileña Plaza de Castilla, vacía | EFE

Sostiene Torra el de Cataluña, aunque no únicamente lo pregona Torra y no únicamente se escucha en Cataluña, que es de sentido común persistir en el confinamiento general si en verdad se ansía acabar con el virus. Una doctrina, la de Torra y los torristas peninsulares, que acaso tuviese algún sentido lógico en el supuesto de que la reclusión doméstica de la totalidad de la población se alargase no quince días, un mes o dos sino, como mínimo, un par de años completos. Como mínimo, digo. Porque en teoría, aunque solo en teoría, la única praxis eficaz conocida por la medicina medieval, que no otra resulta ser la practicada hoy frente al virus, es esa: encerrarnos todos en casa durante meses y meses y más meses, años incluso. Algo que, al margen de abocarnos como sociedades al dilema de elegir entre morir de una neumonía doble o de hambre, tampoco en el caso muy particular y concreto del Covid-19 serviría para lograr el objetivo final. No, ni siquiera una medida tan radical, extrema e inviable en la práctica devendría útil a fin de acabar con ese bicho.

Porque podríamos ordenar el confinamiento obligatorio de la humanidad al completo, los 7.700 millones que deambulamos por el planeta, durante medio siglo, cincuenta años ininterrumpidos, y el covid-19 seguiría ahí. Eso es lo que no sabe Torra. Los aislacionistas radicales razonan como si estuviésemos luchando contra la viruela, pero esa cosa no es la viruela. La viruela se extinguió de la faz de la Tierra porque era un virus demasiado humano: ni venía de otras especies animales ni habitaba en ellas. Pero eso que nos acosa no solo vive en y de nosotros. Por tanto, la única manera factible de pensar en serio en su extinción pasaría por exterminar, entre otras especies, a la totalidad de los murciélagos que revolotean a estas horas por el mundo entero. La totalidad. Y como no podemos ni queremos matar a todos los murciélagos del Universo, hagamos lo que hagamos, el coronavirus va a seguir ahí. Razón última, esa, de que fantasear con confinamientos generales más o menos indefinidos remita a una línea estratégica que, por desgracia, no conduce demasiado lejos.

El de alargar o no el confinamiento absoluto es un debate que tiene mucho de absurdo. La población de nuestros países no puede continuar recluida por más tiempo porque eso nos llevaría al derrumbe no ya de la economía, sino de la civilización misma. Las moscas, es sabido, no se matan a cañonazos. Pero es que los virus tampoco. Los ingleses ni eran tan crueles ni estaban tan equivocados en su planteamiento inicial. Ya comenzamos a disponer de estadísticas fiables al respecto. Estadísticas que nos informan de que los menores de 65 años, o sea la parte de la población que permanece activa en el sistema económico, afronta un riesgo de muerte muy bajo por el contagio del virus. De hecho, los fallecimientos por covid-19 entre menores de 65 años suponen una fracción mínima, entre el 5 y el 9%, la gran mayoría de ellos portadores además de patologías previas. La tasa de letalidad, pues, sería en realidad muy baja para el grueso de la población. Así las cosas, lo que aconsejaría el sentido común científico es justo lo contrario de cuanto reclaman Torra y los torristas: proteger al máximo, y sin reparar en costes, a los grupos poblacionales de riesgo, al tiempo que nos protegemos a todos como comunidad reanudando cuanto antes la actividad productiva. Porque solo por efecto de este breve paréntesis global, el mundo va a padecer una recesión más grave que la de 2008. Pero de eso hablaremos en la próxima columna.

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