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Arrimadas

"Hay dos Arrimadas: la dignísima jefa de la oposición que canta las cuarenta a los nacionalistas y la portavoz de corte unionista (de Unió, quiero decir)".

José María Albert de Paco
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Inés Arrimadas | EFE

Cuatro días antes de la Diada, Inés Arrimadas se reunió con Carles Puigdemont y, como viene siendo habitual entre ambos, mantuvieron una conversación "muy cordial". Ella le reiteró el no a la cuestión de confianza del 28 de septiembre y él le reiteró que no renunciaría a su propuesta rupturista. La democracia es sobre todo el respeto a las formas (la tan denostada democracia formal es, en efecto, la más real de todas), por lo que en principio no cabe sino alegrarse de que entre el jefe del Gobierno y la jefa de la Oposición haya un diálogo más o menos fluido e incluso amigable. Sin embargo, yo, que soy algo rústico, no creo que tenga mucho sentido rozarse con un individuo que no tiene más proyecto entre ceja y ceja que la fabricación de extranjerías y la disolución de ciudadanías, y que, además, pretende aplicarlo en nombre de una ficción, cual es la superioridad moral de los catalanes respecto a los españoles. Aún entiendo menos, claro está, que mi representante le dispense un trato deferente.

Además, y según leo en este impagable artículo de Cayetana Álvarez de Toledo, en dicho encuentro Arrimadas entregó a Puigdemont un extravagante documento de trabajo que, entre otros puntos, incluía la demanda de una financiación más favorable para Cataluña y una mayor dotación presupuestaria para el corredor del Mediterráneo. Extravagante, digo, no sólo porque se trate de asuntos que no les competen, sino también por la tácita omisión de que Puigdemont es un golpista; amabilísimo, cortés y rockanrollero, sí, pero un golpista. Y hablarle de algo que no sea su tricornio (¡su cuatricornio!) supone la misma impostura que plantearle a Trump, ingeniero de muros, la necesidad de adecentar la carretera Panamericana.

El día 11, la lideresa de C's en Cataluña perpetró una paella comunal a golpe de remo en Premiá de Mar. El propósito, al parecer, era reivindicar la transversalidad de la Diada y, en cierto modo, denunciar la apropiación que de ella hace el nacionalismo, lo que equivale a clamar contra la apropiación de la Nochebuena por parte del catolicismo.

Hay dos Arrimadas: la dignísima jefa de la oposición que, desde el atril, canta las cuarenta a los nacionalistas y la portavoz de corte unionista (de Unió, quiero decir) que, ante los mismos adversarios, acepta el marco que éstos le imponen, contraviniendo, por cierto, la que ha sido la mayor aportación de Albert Rivera al ideario de Ciutadans, esto es, la urgencia de salirse del marco. Mi problema es que voto a la primera y cada vez me topo más con la segunda.

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