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José María Albert de Paco

El pueblo y los salones

Si lo que pretendía el Govern era dar a conocer cómo viven los Borbones, le recomiendo que abra la casa, sí, pero con los Borbones dentro.

Si lo que pretendía el Govern era dar a conocer cómo viven los Borbones, le recomiendo que abra la casa, sí, pero con los Borbones dentro.
Ya no les hará falta | EFE

El Gobierno balear ha anunciado la apertura del Palacio de Marivent a las clases populares, que, ciertamente, han de serlo mucho y a conciencia para que su ocio consista en respirar el mismo aire que los Reyes y, tal vez en un descuido del guarda, olfatear sus sábanas. Esta izquierda lo ignora todo, pero la e'propiasión de dicha residencia no tiene otro sentido que el de perpetuar, siquiera de forma vicaria, la pleitesía a Sus Majestades, pues su único interés, como sabe todo pichichi, es ese mismo, la posibilidad de impregnarse de realeza.

La medida me ha recordado la visita de la entonces consejera de Interior de la Generalitat de Cataluña, Montserrat Tura, a un burdel catalán. Al parecer, Tura quería congraciarse con el sentir de las prostitutas, cuanto más rumanas mejor, que pululaban por la Avenida de la Mancebía que une Verges con Figueras. En la extraordinaria No habrá paz para los malvados, una jueza progresista acude a un prostíbulo para levantar tres cadáveres y, como quiera que el lugar le huele raro, así se lo hace saber a un policía, en la certeza de haber dado con una pista. "Estos sitios, señora, huelen siempre así". Hay ficciones, en fin, que no por tardías dejan de ser perfectísimos ajustes de cuentas con la realidad.

A la izquierda le pone tanto el olisqueo, así, intransitivamente, como a la derecha, sólo que lo disfraza de sintagmas como bienestar social, condiciones de trabajo o intervención vecinal. Pero ponerle le pone, vaya si le pone. No hay más que ver el contento de la presidenta de Baleares, Francina Armengol, cada vez que tiene ocasión de darle la mano al Rey. Y es que en el fondo no se trata de abolir las monarquías, sino de hablarles de tú a tú. Para darle a ese afán una pátina de respetabilidad se acuñó la consigna “transparencia”, cuyo más reciente sumidero fue la fiesta de Pilar Rahola en Cadaqués. Puigdemont se quedaría asombrado de lo mucho que se parecen sus fiestas a las que yo daba en mi casa de campo. Tan sólo nos distingue el prurito de elevar la sesión a público, es decir, la presunción de superioridad, bien entendido que en Cataluña, donde un club es más que un club, una fiesta ha de ser más que una fiesta. Por cierto, y ya que he llegado hasta aquí: no parece que en Can Rahola hubiera nadie de Súmate.

De todos modos, y parafraseando al dilecto Juanjo de la Iglesia, si lo que pretendía el Govern era dar a conocer cómo viven los Borbones, le recomiendo que abra la casa, sí, pero con los Borbones dentro. Y así dejarse de mojigaterías.

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