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La dignidad de Cataluña

Maragall fue al mitin porque su cuidadora no pierde una sola ocasión de airear su inquina contra la cúpula socialista.

José María Albert de Paco
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Al primer congreso de C's, el del milagro alfabético, asistió Joan B. Culla, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y conspicuo nacionalista. Su presencia en aquellos plenos, entre individuos abiertamente hostiles a su ideario (nos constituíamos en partido precisamente para combatirlo), confería al encuentro un raro marchamo de urbanidad, como si el hecho de no increparle nos otorgara un plus de civismo. Alentado por la curiosidad, me acerqué a Culla y le pregunté qué le traía por allí, dada su, digamos, filiación. Con exquisita cordialidad, me respondió que, por encima de otras consideraciones, él era un hombre concernido por su tiempo, y que, como tal, había presenciado in situ en todos los congresos constituyentes de cuantos partidos se habían fundado en Cataluña desde la Transición. El pasado domingo, mientras veía las imágenes del mitin de Pablo Iglesias en el Pabellón del Valle de Hebrón, me fijé en si aparecía en alguno de los planos, dando por sentado que este peculiar notario del pluripartidismo estaría 'empotrado' entre las hordas podemistas (su artículo al respecto no obstante, no parece acreditarlo). A quienes sí recogieron las cámaras fue a Pasqual Maragall y a su mujer, Diana Garrigosa. Que un ex presidente enfermo de alzhéimer (en este caso, con síntomas desde hace al menos ocho años) sea utilizado por su esposa para saciar su sed de venganza contra el PSC; que eso, en fin, suceda con relativa frecuencia sin que ninguna autoridad política ni sanitaria tome cartas en el asunto, explica a las claras por qué Cataluña no es una nación. (La analogía con el ex presidente Suárez es tan cristalina que ni siquiera merece la pena extenderse al respecto.) Llama la atención, en este sentido, que Artur Mas, que tantos grititos profiere por si antecede o sigue en el turno a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría; que tantos raps del desairado protagoniza para, según jura, dignificar el cargo de presidente, no considere que el uso político del paciente Maragall sea una afrenta a ese mismo cargo y, por ende, a Cataluña.

También los periódicos, a su manera, miran para otro lado, pues en su mayoría hablaban de "la presencia entre los asistentes del ex presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, y el diputado de ERC Joan Tardà", situando en pie de igualdad a dos individuos que, como es sabido, se hallan afectados por patologías distintas. De Maragall, insisto, no puede decirse que acudiera al mitin incumbido, a la manera de Culla, por el spleen catalán. Entre otras razones, porque ya en 2012 había dejado de reconocer a algunos de los políticos que se acercaban a saludarlo. Maragall fue al mitin porque su cuidadora no pierde una sola ocasión de airear su inquina contra la cúpula socialista.

Paradójicamente, en el fondo del asunto aletea una de los más siniestros apriorismos socialdemócratas y, por extensión, de la political correctness, cual es la posibilidad de que el alzhéimer sea, antes que una enfermedad, un estado de ánimo.

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