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La Monarquía española y la libertad de todos

Lo propio de la Monarquía es la libertad. No ocurre lo mismo con la República.

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Si hiciéramos caso de mucho de lo que se está escribiendo o diciendo estos días, la Monarquía sería el capricho de un dictador o, en el mejor de los casos, un arcaísmo propio de un país que no ha alcanzado la modernidad política.

Nada más lejos de la verdad.

En 1975 la Corona cerró con éxito la crisis abierta más de medio siglo antes, en todos los países occidentales, con la llegada de la democracia. Lo hizo unos treinta años después que el resto de los países europeos. Teniendo en cuenta que la idea de la nación política española se remonta a 1.500 años atrás, no es un retraso muy grave.

La Corona –es decir, el rey Don Juan Carlos– pudo lograr este éxito gigantesco por muy diversas razones. Unas van relacionadas con su talento político y su esfuerzo personal. Otras afectan a los cambios producidos en la sociedad española. Y otros se refieren a la propia naturaleza de la institución.

A causa de un pleito dinástico y como consecuencia de una situación política particular, la Corona y la dinastía hoy reinante se convirtieron, a la muerte de Fernando VII, en los aliados y los garantes del régimen liberal, luego parlamentario –es decir, democrático–, en nuestro país. La Monarquía no sólo no es ajena a la nación moderna, es decir a la nación liberal y democrática. Forma parte consustancial de ella. Cuando los monarcas españoles traicionan este pacto tienen que abandonar la Corona, y España. Y la mejor manera que tenemos los españoles de destruir la libertad—y la democracia liberal– es atacar la Corona.

Por otro lado, la Monarquía en nuestro país representa la unidad de la nación. Tampoco en este punto hay forma de distinguir la lealtad a la unidad nacional de la lealtad a la Corona. La Corona es España de una forma interna, esencial. Sin la Corona, no habría España como comunidad política: ni nación moderna ni nación a secas, histórica. Por eso la Monarquía ha sido siempre el último valladar contra la disgregación de España, y dejaría de tener sentido si esta llegase a ocurrir. No hace falta explicar que quienes aspiran a ver España destrozada saben que lo primero que han de hacer es acabar con la Monarquía. Ese es, ha sido siempre y seguirá siendo el eslabón clave de la continuidad de nuestro país. Sobre él se acumula toda la presión de quienes quieren ver acabada la idea de España.

Finalmente, la Monarquía como tal es una forma de Estado que sustrae de la política a la Jefatura del Estado, es decir a la institución y a la persona que la ocupa y que, al hacerlo, asume la representación de toda la nación. Hay quien considera esto una antigualla, porque se supone que la Jefatura del Estado debería ser un cargo político, de alguna manera elegido. Este es un argumento respetable, pero igualmente lo es el contrario.

Al sustraer del campo político –o partidista– al representante de la nación, también queda sustraída a la política la propia nación, que cobra un sentido propio, ajeno y distinto del ocupado por la política. Por eso la Monarquía es un régimen liberal por esencia, infinitamente más que la República, y, a diferencia de esta, abre espacios de libertad más seguros, menos amenazados por la acción del Estado. En el mismo núcleo de este va inscrito el principio de algo que le es ajeno y lo que no puede llegar. El Monarca, su persona inviolable y el principio dinástico –que a algunos les parece arbitrario–, es el que garantiza la libertad de todos, el que pone coto, desde dentro, a la acción insaciable del Estado moderno.

Además, al ir necesariamente encarnada en una sola persona, la abstracción se personaliza, y la relación que se establece entre los nacionales y el principio general encarnado por el Monarca se convierte en algo concreto, vivo. De ahí la capacidad de estabilización que tiene la Monarquía, gracias a la cual los países que supieron preservar esta institución fueron aquellos que menos padecieron con el terrible arranque del siglo XX. Hoy, casi todos ellos están entre los países más prósperos, los más avanzados y los más libres del mundo. Y España, que en los últimos 39 años se ha convertido en uno de ellos, no es una excepción.

Como es natural, nada de todo esto gusta a quienes abominan de la libertad. Es una de las razones por las que la Monarquía está siempre en el objetivo de todos aquellos que en nuestro país querrían acabar con ella.

Son muchos, y casi todos se dicen republicanos. La Monarquía los deja en paz porque lo propio de la Monarquía es la libertad. No ocurre lo mismo con la República.

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