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José T. Raga

¿Es el socioconformismo una enfermedad?

Tiene gracia que se llame sostenible a lo que no se puede sostener.

Tiene gracia que se llame sostenible a lo que no se puede sostener.
Greta Thunberg | EFE

Voy a hacer, pidiendo disculpas aunque sea excepcionalmente, lo que tantos hacen de forma habitual: hablar, pronosticar, sentenciar... sobre lo humano y lo divino, sin tener competencia alguna que avale sus pronunciamientos.

Como en la Grecia Clásica, también en nuestro siglo XXI se han popularizado los oráculos que nos advierten de los bienes y los males, de gracias y desgracias, que amenazan a la comunidad, aunque ésta quedará a salvo, por el seguimiento de los vaticinios de aquellos. A Delfos le correspondió el privilegio de disponer de uno de los de mayores créditos, aunque, créanme, hoy estaría en paro.

Pues bien, yo no soy un oráculo –Dios no lo permita–, y tampoco poseo conocimientos del arte ni de la práctica médica, tampoco soy experto en ciencias de la psique, y veo muy lejanas de mi actividad la psicología, la psicopatología…

Sin embargo, como simple ser humano, me sorprende la facilidad con que se cuelan en el modo de pensar y actuar humano, aceptándose como verdades irrefutables, lo que no pasan de ser meras opiniones de sujetos tan carentes como los demás.

Me pregunto, o mejor, pregunto a los que más sepan, si no hay rasgos psicopáticos en esa aceptación generalizada de los miembros de una sociedad, atribuyendo autoridad a quien sólo ellos se la reconocen, porque no hay prueba alguna de poseerla, incluso, cuando la hay en contra de la que se propone.

Algo de eso ha tratado, con éxito editorial, la periodista Géraldine Schwarz bajo el título de Los amnésicos: Historia de una familia europea. Bien podría haberse tratado de una familia española. ¿Puede la amnesia convertirse en una enfermedad social? Tanto que, hoy (año 1942) todos son nazis, mañana comunistas, social-comunistas, ecologistas, veganos…

Una enfermedad peligrosa en cuanto que nada de lo anterior permanece en el recuerdo, careciendo por ello de referentes para juzgar el presente y más aún el futuro. En tales circunstancias, no puede sorprender que se acepte, con toda normalidad, lo que habríamos considerado aberrante quince o veinte años antes: que al hombre, un animal omnívoro, protegiendo su salud, le prohíban consumir aquello que ha sido su alimento por generaciones.

Tampoco sorprende que aceptemos entrar en una dinámica de vida y de prohibiciones múltiples en el presente, en aras de objetivos futuros nada demostrables, sin que ninguno de los oráculos que dominan nuestras mentes nos haya informado sobre los costes de la sostenibilidad, y sin dudar sobre su gravosa aceptación.

Y no me digan, como testimonio de autoridad, que lo del calentamiento global y sus secuelas comienza en las Naciones Unidas (IPCC); éste es un motivo añadido a mi gran preocupación. Pero respóndanse: ¿El precio de la energía llamada limpia, gas, electricidad, etc. es el que todos deseaban pagar? ¿Habrían optado por este modelo sostenible, si hubieran conocido el coste y las restricciones que les iba a suponer?

Tiene gracia que se llame sostenible a lo que no se puede sostener.

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