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José T. Raga

Reducción drástica, no

Señor presidente, cada día que pasa sin tomar una medida para contrarrestar la crisis es un día perdido, un día que nunca más volverá, y un día en el que su falta de aprovechamiento provocará una pérdida en las condiciones de vida de los españoles

José T. Raga
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¡Qué desgracia! Parece ser que para lo único que el señor presidente del Gobierno no ha sido radical desde que comenzó su infortunada andadura al frente de la nación española, es para lo único que el mundo entero y los españoles con sentido de futuro hubieran apostado por la radicalidad: estoy hablando naturalmente de la reducción del déficit público. Ya sé, porque nos lo ha dicho, que su ideología no le permite ni le permitirá nunca –esto no sé si lo he añadido yo o me parece habérselo oído a él– tomar algunas medidas por aconsejables o incluso necesarias que sean para el bien de la nación y del pueblo español.

Casi todos los días, organismos internacionales –Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea, Banco Central Europeo, etc.– así como destacadas aunque silenciadas voces nacionales de institutos de investigación y de expertos en el mundo económico, mandan mensajes al presidente del Gobierno, el inefable señor Rodríguez Zapatero, para que se ponga manos a la obra y reduzca a la máxima velocidad el déficit que está lastrando la economía española.

La irresponsabilidad –es difícil llamarla de otra forma– de quien ostenta la función de gobernar España, le lleva a tomar la cosa a broma, como si de algo pasajero se tratara. Es verdad que, de puertas adentro maquillamos las cifras para que parezca que la situación no es como para la máxima preocupación, pero eso mismo es difícil que sea efectivo en el exterior. Es más, si picamos el anzuelo de la falsedad, como hicieron los griegos, nos puede pasar también lo que les ha pasado a ellos: un plan de ayuda a la economía griega de dureza inimaginable si las decisiones correctas se hubieran tomado a su debido tiempo.

Nosotros, de la mano de nuestro presidente, tenemos también la opción de seguir mirando para otra parte. Es más, podemos contemplar cómo se reúnen el jefe del Gobierno y el jefe de la Oposición para hablar de temas tan sustantivos como el rescate de la economía griega, o la necesidad de reformar la normativa sobre las Cajas de Ahorros. Porque, en España, no pasa nada. Sólo hay cinco millones de parados, pero, por lo visto, eso no tiene importancia. Ni para el Gobierno, ni mucho menos para quienes dicen defender los derechos de los trabajadores, los sindicatos, parece que el volumen de desempleo es algo accidental que no merece mayor consideración.

No se nos olvide que los sindicatos, ante la ausencia de problemas laborales en España, dedicaron la jornada, tradicionalmente reivindicativa, del primero de mayo último, a solidarizarse con el juez Garzón, porque no había otro tema de mayor urgencia ni más acorde con la función teórica que están llamados a desempeñar. Seguramente, pensarán como el presidente que las cosas hay que acometerlas, pero sin soluciones drásticas.

Es el problema de la izquierda; nada hay que anteponer a una ideología con capacidad de alienación. Así es que los sindicatos no quieren tratar el problema del paro de forma drástica, como el presidente del Gobierno tampoco quiere soluciones drásticas para reducir el déficit. Reducirlo sí –el menos de boquilla–, pero sin prisa; hay que dar tiempo al tiempo. Las cosas pueden esperar y el presidente, además de que su ideología le impide tomar ciertas decisiones, tiene un segundo problema y es que se cansa mucho, por lo que mejor dejarlo para mañana, que será otro día.

Pues bien, señor presidente, cada día que pasa sin tomar una medida para contrarrestar la crisis es un día perdido, un día que nunca más volverá, y un día en el que su falta de aprovechamiento provocará una pérdida adicional en las condiciones de vida de los españoles y, fundamentalmente, de la de los españoles que menos tienen. ¿A qué espera señor presidente? Temo que usted haya interpretado erróneamente una afirmación de las autoridades monetarias supranacionales. Repite una y otra vez un estribillo que ha aprendido de ellas, cacareándolo de forma desmedida –diría yo "drástica"–, aprovechando la mínima oportunidad.

Es cierto, así lo han dicho ellos, que España no es un caso como el de Grecia, lo que no explican son las diferencias. Es un caso que, de llegar a la situación griega, y ojalá no ocurra pero estamos en el camino, es bastante peor que la situación griega de hoy. En peso económico y por tanto en necesidades, venimos a ser aproximadamente unas cinco veces los importes comprometidos en Grecia. Ahí está la preocupación de la Unión Europea. Francamente, al euro le preocupa más España que Grecia. El golpe que ha recibido en el tipo de cambio como consecuencia del problema griego sería, quizá insoportable, en el caso de España.

De momento, el jueves ya no consiguió el Estado español colocar en el mercado la deuda pública que pretendía –tres mil millones de euros– conformándose en encontrar tomadores para 2.345 millones, y ello a un tipo de interés medio del 3,53 %, lo que supone 1,6 puntos porcentuales por encima del interés que paga Alemania. Compruebe, señor presidente, cómo se nos está deteriorando la situación económica y de credibilidad financiera, que en la anterior subasta de bonos a cinco años el mercado le aceptó cuatro mil quinientos millones de euros y a un interés más bajo.

¡Venga hombre, tómeselo en serio! Póngase manos a la obra, que la vida de muchos está en juego dependiendo de lo que usted haga. No tiene que renunciar a la ideología, pero sí dejarla aparcada un tiempo, hasta que esto se recupere y vuelva la confianza y la serenidad de futuro. No se atrinchere y no engañe; las revueltas griegas y las muertes producidas, son el resultado de una sociedad que se ha visto sorprendida por una realidad que le ha despertado del engaño en que le tenía sus gobernantes.

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