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Juan Antonio Cabrera Montero

La alegría del Evangelio

No conocen a Francisco quienes lo presentan como corresponsal de la 'teología de la liberación', que de teología tenía poco y de liberación mucho menos.

Juan Antonio Cabrera Montero
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No conocen a Francisco quienes lo presentan como corresponsal de la 'teología de la liberación', que de teología tenía poco y de liberación mucho menos.

Una de las características del pontificado del papa Francisco es que no está dejando indiferente a nadie: en sus homilías en la capilla de Santa Marta, cada miércoles en las audiencias generales, los domingos durante la oración del Angelus o en sus viajes apostólicos dentro y fuera de Italia, descoloca a todos, católicos y no. Sabe cómo funcionan estas cosas de la evangelización porque desde siempre ha sido protagonista a pie de calle de la tarea misionera encomendada a la Iglesia.

Tras una encíclica eminentemente teológica aunque no desinteresada por las urgencias que se presentan en la vida eclesial y social, Lumen fidei, acaba de publicar una exhortación apostólica fruto del trabajo realizado en el último sínodo de obispos -"La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana-, la propia reflexión personal y la colaboración de diferentes personas. Las reacciones no se han hecho esperar y las encontramos de todo tipo, como es normal y también legítimo, aunque sólo hasta cierto punto.

Ante todo, hay que leer el texto de la Evangelii gaudium completo, para evitar en la medida de lo posible esa lectura del tipo ¿qué-hay-de-lo-mío?, es decir, interesada sólo en un aspecto particular del contenido, ya sea doctrinal, moral, social, político, económico o cultural. Un texto de estas características, que además se presenta como programático, ha de ser leído en su totalidad para que pueda ser interpretado adecuadamente. No podemos pasar alegremente de un capítulo a otro sin haber entendido con precisión qué se pretende, cómo se presenta y a quién se dirige. Todo esto aparece en los primeros números de la exhortación (nn. 1-18), que, como sólo hablan de Sagrada Escritura, fe y evangelización, suelen ser obviados por ciertos analistas preocupados sólo-en-lo-suyo y que harían bien en leer el n. 34, por aquello de la selección interesada de contenidos.

La exhortación es más compleja, supera aun sin soslayarlo el mero análisis social, político y económico del mundo actual. Se centra en lo que realmente debe preocupar a la Iglesia: el anuncio de la buena noticia de Jesucristo en este período concreto de la historia. Se coloca, así, en una línea de continuidad con el magisterio tradicional de la Iglesia. Nadie busque cambios dogmáticos o morales en ella, no los hay. Sí encontramos, no obstante, como en todo documento de este género, un enfoque particular, que marca siempre el autor. Con un lenguaje natural y directo, sin demasiados rodeos estilísticos, que, por cierto, ha dado no pocos problemas a los traductores del texto a otros idiomas, presenta un análisis de los signos de los tiempos, tal y como se viene haciendo en los últimos pontificados. La novedad, como se encarga de recordarlo continuamente, no está ni en el contenido del mensaje –el Evangelio– ni en el protagonista –Jesucristo–, sino en el modo en que los cristianos, comenzando por el mismo Papa, han de vivir la fe que profesan. No se puede ocultar, sin embargo, la intención de Francisco de abrir una reflexión que lleve a ciertos cambios en la vida de fe de la Iglesia. Lo deja claro, por ejemplo, cuando se refiere a la celebración de los sacramentos –dejando abiertas posibilidades de cambios en la praxis, que no en la doctrina– o cuando se refiere al gobierno de la misma, hablando de la necesidad de dotar de un nuevo estatuto a las conferencias episcopales nacionales, ampliando el sentido y la práctica de la colegialidad. No olvida tampoco la necesidad de afrontar otros desafíos, como el del puesto de la mujer en la Iglesia –los nn. 103 y 104 son de una factura extraordinaria y serán, a buen seguro y como los demás, explicitados y desarrollados en los próximos años.

Se preocupa, por tanto, en primer lugar y principalmente de la Iglesia, de su presente y de su futuro, de su esencia, sus deficiencias, sus virtudes, sus posibilidades, pero no olvida dónde vive la Iglesia y a quién presenta su mensaje. Así, realiza también una propuesta a todos, no sólo a los cristianos. En este punto, lógicamente, es donde encontramos mayor polémica, la producida por una lectura interesada y parcial, ajena al espíritu de la exhortación, propia de los que, según la expresión popular mexicana, quieren enseñar el padrenuestro al padre. En ningún lugar del texto se inclina el Papa por un modelo eclesiológico concreto –la Iglesia es Una–, tampoco por determinado sistema político o económico. Denuncia, como por otra parte lo han hecho siempre sus predecesores, sin haber sido por ello acusados de marxistas o antiliberales, una economía que olvida y excluye a los pobres, que, por cierto, siguen existiendo y en gran número, por mucho que pretendan apabullarnos con datos macroeconómicos que llenan dosieres pero no cuentas corrientes, al menos las de los pobres. Un sistema que se encuentra en ciertos modos de entender y practicar el capitalismo pero también en otros modelos meramente materialistas que comparten con él idéntica finalidad e idénticas víctimas, aunque difieran en sus métodos. Cualquier intento de encasillar políticamente al Papa a partir de esta exhortación no hará sino faltar al espíritu del texto –leído, claro está, en su integridad–. No conocen a Francisco –antes Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, que ha bregado por el Evangelio en la calle y no sólo en los despachos– quienes lo presentan como corresponsal en Roma de la llamada teología de la liberación, que de teología tenía poco y de liberación mucho menos. Este Papa, al igual que los anteriores, tiene como misión alinearse con el Evangelio, no con una ideología. Vocación, por cierto, que deberían compartir todos los cristianos.

Podremos por tanto estar más o menos de acuerdo con lo que dice el Papa y en cómo lo dice, pero antes de hacerlo el cristiano tendrá que detenerse a reflexionar un buen rato y confrontarse con un aspecto clave que Francisco toma de Benedicto XVI:

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.

El Papa no hace, por tanto, sino invitar a los cristianos a renovar aquí y ahora el encuentro personal con Cristo que les convierte en testigos de un mensaje siempre antiguo y siempre nuevo que supera épocas e ideologías. Un mensaje que tiene como centro a Dios y a la humanidad, y dentro de ella, en modo especial, a los que por un motivo u otro, material o espiritual, se encuentran voluntaria o involuntariamente en la periferia. Francisco invita a los cristianos –y aquí la mejor clave de lectura de la exhortación– a vivir y explicar la fe desde la alegría que produce estar en la presencia de Aquel que da sentido a la propia vida.

Juan Antonio Cabrera Montero, agustino.

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