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Juan Carlos Rodríguez

La necesaria cocina

Al final, se trata de hacer hablar a los que callan sus preferencias.

Juan Carlos Rodríguez
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El pasado día 6 el CIS hizo públicos los resultados de su último barómetro mensual, el correspondiente a octubre. En esta ocasión tenía el interés especial de incluir la estimación de voto en elecciones generales que lleva a cabo dicha institución cada tres meses. El mensaje principal que han trasladado los medios es bastante claro: el PP aumenta su ventaja sobre el PSOE hasta los 7,2 puntos porcentuales, resultado de una estimación del 34% para el PP y del 26,8% para el PSOE.

El ciudadano o el periodista atentos, sin embargo, van un poco más allá de ese mensaje y se fijan, por ejemplo, en que la intención de voto que los encuestados han expresado de manera directa no solo se sitúa en niveles mucho más bajos, sino que es mayor para el PSOE (13%) que para el PP (11,4%). Lógicamente, se pregunta cómo es posible que esos porcentajes tan bajos se conviertan en estimaciones tan altas y con el orden trastocado.

La respuesta requiere, por una parte, recordar que los porcentajes de intención directa de voto se calculan sobre el total de los encuestados, sobre el censo, podríamos decir, mientras que los porcentajes de voto estimado se refieren a un hipotético conjunto de votos válidos (voto a partidos más voto en blanco). Si la calculamos sobre el total de encuestados que han expresado una intención de voto válido (el 53,7% de la muestra), la intención directa de voto sería del 15,5% para el PP y del 18,9% para el PSOE. Todavía nos encontramos a gran distancia de la estimación y, obviamente, el orden sigue siendo incorrecto.

Y, por otra, requiere mencionar lo que coloquialmente se denomina cocina, es decir, el conjunto de procedimientos, más o menos estandarizados, más o menos artesanales, que los expertos siguen para producir estimaciones de voto realistas. Este tipo de ajustes siempre son necesarios, pues no podemos inferir, sin más, el comportamiento de un hipotético electorado solo a partir de los datos que nos proporcionan quienes revelan sus preferencias electorales.

En el barómetro que comentamos, suponiendo que quienes afirman su propensión a votar a un partido determinado o en blanco (el 53,7% de la muestra) son veraces y que también lo sean quienes contestan que se abstendrán (22%), contaríamos, como poco, con un 24,3% de encuestados que no se pronuncian. Imaginen que todos ellos fueran a votar al PSOE. Si solo tuviéramos en cuenta a quienes revelan sus preferencias electorales, erraríamos en nuestras previsiones, infraestimando considerablemente el voto al Partido Socialista. Es decir, al menos, hemos de ser conscientes de que el comportamiento futuro de quienes no revelan sus preferencias electorales no tiene por qué ser similar al de quienes sí lo hacen.

Según creamos que unos y otros son similares o no, aplicaremos unas u otras recetas de cocina a nuestras estimaciones. Si creemos que son muy similares, podremos olvidarnos de quienes ocultan su voto y usar solo los datos de la intención expresada. Por ejemplo, podemos dividir la intención directa de voto a cada partido entre el recuerdo de voto y aplicar esa ratio a los porcentajes reales de la última elección, como si fuera un buen indicador de la magnitud de los cambios en uno u otro sentido. Podemos equivocarnos en nuestra creencia de que ambos grupos de encuestados son muy parecidos, pero, en cualquier caso, la comparación del recuerdo con la intención puede orientarnos sobre la tendencia principal de evolución del voto.

Imaginemos que el recuerdo de voto tanto al partido A como al partido B es del 20%, pero la intención de voto al partido A es del 15%, mientras que el partido B recoge un 30%. No deja de ser un síntoma de un cambio de bastante profundidad a favor del partido B y en contra del partido A. En el barómetro del CIS, el recuerdo de voto al PP es del 23,5% sobre el total de la muestra, y recoge una intención directa del 11,4%. Los datos respectivos para el PSOE son 22,2% y 13%. Por tanto, da la impresión de que, hoy por hoy, la caída previsible del PSOE será menor que la del PP, pero no tantísimo menor, por lo que no sería de extrañar que, aun cayendo ambos, la diferencia sea inferior a la que se dio en las elecciones de noviembre de 2011, pero su signo siga siendo favorable al Partido Popular.

Si creemos que los que revelan su voto y los que no lo revelan son distintos, probablemente utilicemos estrategias indirectas para asignar una intención o un recuerdo de voto a quienes no los han expresado. Por ejemplo, tendremos en cuenta sus opiniones favorables o contrarias sobre el gobierno de turno, o sobre la oposición, la evaluación que hacen de los líderes políticos, su posición en la escala ideológica o su preferencia por que gane uno u otro partido, entre otros. Quienes se dedican profesionalmente a estas tareas seguramente cuentan con métodos más finos que los que acabo de mencionar, pero, al final, se trata de hacer hablar a los que callan sus preferencias.

Si quienes producen esas encuestas no aplicasen las correspondientes recetas para hacerles hablar con su propia voz (aunque sea el eco que queda en preguntas distintas de la de la intención de voto) o para escucharles en la voz de otros, nos quedaríamos con unos datos desnudos (los de intención directa de voto) que, como tales, suelen decir bastante poco.

Quizá el ciudadano atento no se quedaría tan perplejo si los expertos fueran más transparentes acerca de cómo cocinan sus estimaciones. Seguramente lo son más de lo que pensamos, comentando los principios generales de sus técnicas en los foros especializados correspondientes, o, incluso, en la prensa más general. Sin embargo, no estaría de más que quienes publican esas estimaciones las acompañasen con los ingredientes básicos de la receta, sin entrar en todo el detalle de las cantidades o los tiempos de cocción o asado.

Entre quienes publican estimaciones de voto en España, el CIS es quien más se aproxima a este requisito, sí, pero su información podría ser algo más específica que afirmar que su procedimiento implica "la ponderación de los datos por recuerdo de voto imputado y aplicación de modelos que relacionan la intención de voto con otras variables". No son malas pistas, y son un ejemplo a seguir, como lo es el que, como mínimo, se publiquen los datos de recuerdo y de intención directa de voto, además de la estimación, algo que todavía hacen muy pocos medios de comunicación.

Pero las pistas podrían ser mejores, por ejemplo, más transparentes acerca de las preguntas que utilizan para imputar el recuerdo de voto y acerca de las variables que relacionan con la intención de voto. Quizá, así, quienes no nos dedicamos profesionalmente a las encuestas electorales podríamos elaborar en los ratos de ocio nuestros propios modelos de andar por casa y cotejar nuestras estimaciones con las de los que sí se dedican a ello y con la realidad. A lo mejor, hasta podría salirnos un guiso muy apetecible.

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