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Juan Pablo Polvorinos

La fina epidermis nacionalista

Para los separatistas todo es culpa de un enemigo exterior imaginario, al que con el tiempo se demoniza instalando el odio en toda una sociedad.

Juan Pablo Polvorinos
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Con la elección de Xavier García Albiol como candidato del Partido Popular a las próximas elecciones en Cataluña, han vuelto a florecer, como las setas en otoño, las fotografías en varios periódicos de ese polémico cartel que decía "Limpiando Badalona" y que se atribuyó a una campaña xenófoba auspiciada por el dirigente popular.

El pasado martes, García Albiol explicó en los micrófonos de esRadio, -todo hay que decirlo, en la primera entrevista que concedió tras ser elegido como candidato del PP- que con aquella campaña se pretendía concienciar a los inmigrantes que llegaban a Badalona de que, sin renunciar a su identidad y cultura, debían adoptar los usos y costumbres de la nueva sociedad donde iban a emprender una nueva vida. Desde luego, parece que está claro que el eslogan elegido de la campaña no fue, ni mucho menos, el más acertado para transmitir ese mensaje, pero la explicación de Albiol no ha servido de nada. Por ejemplo, han preguntado en televisión si es el alcalde racista y el editorial del diario El País titula este miércoles Premio a la Xenofobia.

En pleno desafío nacionalista, con una amenaza presente como es la declaración unilateral de independencia, pocos han recordado que existe en Cataluña una discriminación aún mayor pero que se mantiene en silencio bajo el signo del miedo. Sólo en una sociedad como la actual aceptamos que se critique más al nuevo candidato del PP que al nacionalismo catalán donde habita, ahí sí, un amplio soporte de rechazo identitario.

Se habla poco del odio que emana del independentismo hacia España y a los españoles. Se teme rasgar la fina epidermis nacionalista que se siente agraviada y herida con el más mínimo roce pero, al mismo tiempo -y aquí hablo de la pitada al himno español-, ese independentismo se siente legitimado para vapulear otros símbolos e identidades sin importarles si éstos se sienten o no agraviados.

Esta xenofobia está blindada; no se puede hablar de ella a pesar de que tengamos ejemplos todos los días en Cataluña. ¿Acaso no es discriminador denunciar a 3000 establecimientos en Barcelona porque rotulan en castellano? Eso es lo que hacía el delator Santiago Espot, que esta semana ha sido multado por instigar el odio en Cataluña al organizar la pitada en la final de la copa del Rey porque, según argumenta, "España nos humilla".

El victimismo es un mal común a todos los nacionalismos ya que frena su capacidad de autocrítica y refuerza las querencias xenófobas rompiendo la trama de los afectos. Si se dan cuenta, para los separatistas todo es culpa siempre de los demás, de un enemigo exterior imaginario, al que con el tiempo se demoniza instalando el odio discriminatorio en toda una sociedad.

Hace ya mucho tiempo, demasiado, que el nacionalismo catalán y a sus patrocinadores son incapaces de diferenciar la delgada línea que separa la exaltación patriótica y la tentación xenófoba. Quizá sea demasiado tarde.

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