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Columna publicada el 03-08-2005
Uno de los argumentos más recurrentes de la izquierda para criticar el capitalismo es asegurar que los medios de comunicación, la publicidad o la propaganda, controlan nuestras vidas. La gente no es libre pues el emporio mediático le dicta cómo tiene que actuar.
Afortunadamente para la libertad –y desgraciadamente para los socialistas– tal afirmación no supera la categoría de pura superchería. La gente no es esclava de los medios de comunicación por dos motivos esenciales: a) cualquier individuo puede crear su propio medio de comunicación en un sistema capitalista y b) la gente es capaz de utilizar la “razón” para distinguir qué mensajes son útiles y adecuados para sus vidas.
Estos dos motivos se incardinan con los principios básicos del capitalismo: la propiedad privada permite la creación de medios de comunicación y la libertad el uso irrestricto de la conciencia. El totalitarismo orwelliano de 1984, por ejemplo, se aseguraba el control absoluto de su población a través del monopolio de los medios de comunicación (Gran Hermano) y de la represión de la libertad de conciencia (policía del pensamiento).
En la España actual, de momento, la libertad de conciencia se encuentra relativamente salvaguardada; sin embargo, el socialismo gobernante ha desplegado todo su arsenal legislativo para asegurarse el monopolio mediático. Con la excusa de la escasez del espacio radioeléctrico, el Estado planifica y decide quién puede crear un medio de comunicación. La propiedad privada se pone en solfa y los amigos del gobierno obtienen las pertinentes licencias de emisión para continuar cantando las virtudes del poder.
No obstante, la escasez no constituye, en ningún caso, un argumento favorable a la planificación del gobierno; si todo lo escaso debiera ser planificado, nuestra sociedad completaría su transformación en una tiranía comunista. El pan, los libros, los automóviles o las viviendas son bienes escasos. ¿Debería el gobierno planificar su producción? ¿Debería expedir licencias para determinar quien puede escribir o comprar un libro?
La nueva televisión de Polanco ejemplifica sólo el último ataque a la propiedad privada y a la libertad de expresión. La debida contraprestación por los servicios prestados hasta la fecha y la necesaria plataforma para prestarlos en el futuro. Mientras Polanco obtiene una licencia más, miles de empresarios se ven expulsados del sector periodístico. Sólo los epígonos gubernamentales pueden utilizar el espacio radioeléctrico común; sólo ellos pueden expresarse sin limitaciones en España (a excepción, claro está, de las limitaciones consustanciales al corpus ideológico y propagandístico que el gobierno requiere).
Juan Ramón Rallo es director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana

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