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Leandro Fleischer

De tal Gobierno, tales trenes

Ya se sabe quién es inocente: el Gobierno. Sólo queda que acusen al imperialismo yanqui, al sionismo internacional y a unos siniestros duendecillos.

Leandro Fleischer
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Ya se sabe quién es inocente: el Gobierno. Sólo queda que acusen al imperialismo yanqui, al sionismo internacional y a unos siniestros duendecillos.

En menos de un año y medio se produjo el segundo accidente ferroviario fatal en Buenos Aires. El primero dejó un saldo de 51 muertos y el segundo de 3. En ambos casos hubo también centenares de heridos.

El Gobierno, fiel a su costumbre, busca responsables e intenta encontrar chivos expiatorios: los maquinistas, los malos manejos pasados, un atentado perpetrado por la oposición para desestabilizar (sí, el violento dirigente kirchnerista Luis D'Elía lo afirmó) o todo junto. Sin embargo, ya se sabe quién es inocente: el Gobierno. Sólo queda que acusen al imperialismo yanqui, al sionismo internacional y a unos siniestros duendecillos.

Recuerdo que nuestra presidenta nos hablaba sobre el Tren Bala, del que íbamos a gozar los argentinos . ¿Tren Bala? Pero si todavía no podemos cambiar estos antiguos y destartalados ferrocarriles, en los que las personas viajan en peores condiciones que el ganado vacuno: van colgadas de las puertas o, incluso, sobre los techos de los vagones. Todo esto ha producido accidentes varios, no sólo los dos a los que hago referencia al principio de este artículo. Es realmente tragicómico.

No obstante, el humor gubernamental no termina aquí. Poco tiempo atrás, el Gobierno se enorgullecía por estatizar el Tren de la Costa y dos ramales de carga de la empresa brasileña All. ¿Cuál fue la razón esgrimida por el Gobierno? ¡Mal funcionamiento! Sí, sin pudor alguno, estos burócratas que no pueden manejar ni una cuchara correctamente, estos corruptos que esquilman a sus ciudadanos a diario para después brindar servicios carísimos y de cuarta categoría, hablan de malos funcionamientos y quieren expropiar más empresas para que estén bajo su mando. Equivaldría a que yo quisiera dirigir un conjunto de bailarines de ballet clásico. Es realmente tan patético que uno no puede dejar de reírse, a pesar de la desgracia.

Lo diré sin rodeos: los trenes deben ser privados. Nada de estatizaciones o concesiones a amigos. ¿Por qué? Veamos.

Tanto en el caso del empresario que recibe la concesión como en el de la estatización, la competencia y los incentivos son nulos. El primero intenta sacar provecho el tiempo que le toque estar al mando de los trenes y recibir la mayor cantidad de subsidios; el segundo lo monopoliza forzosamente y sin importar la satisfacción del pasajero, tiene el poder de hurtar cuanto dinero se le ocurra para mantener el tren en funcionamiento. Todo esto sumado a la corrupción, tan habitual en Argentina, lleva a servicios muy ineficientes que producen heridos y muertos, cuando podrían evitarse.

En un contexto de libre mercado, en cambio, todos los dueños de las empresas de transporte estarían obligados a competir por el bolsillo del pasajero, para lo cual deberían reducir costos y mejorar el servicio. La empresa que fallara en el más mínimo detalle podría quedar fuera del mercado. ¿Sería más caro? Seguramente no. Frédéric Bastiat –economista francés del siglo XIX– se refería a lo que se ve y a lo que no se ve. Si nos concentráramos solamente en lo que se ve, entonces podríamos afirmar que quizás sí, el servicio sería más caro; pero para analizar cualquier tema profundamente es necesario observar lo que no se ve, y esto es la cantidad de dinero despilfarrado que nos quitan con impuestos, inflación y trabas de todo tipo para subsidiar la ineficiencia, la improductividad y la corrupción que lleva a empobrecer a los individuos cada día más. ¿Y queremos que estos populistas corruptos sean los que se encarguen de los trenes o cualquier otro servicio, porque el precio que se ve es, tal vez, más económico?

El Estado, al que se pide que controle, no tiene control alguno. Con cualquier excusa, con cualquier discurso populista, puede quitar el fruto del trabajo de los individuos de la noche a la mañana, sin fijarse en ingresos ni egresos, sin hacer ningún balance. Una pistola recaudadora es suficiente, y la fiesta derrochadora cada vez se vuelve más incontrolable. Los errores, la ineficiencia, la corrupción, etc., los pagan los usuarios. El mercado, en cambio, se controla a sí mismo. Si uno no sirve, si no puede satisfacer las necesidades de los clientes, queda fuera y no es premiado, a diferencia de lo que ocurre con los burócratas y los empresarios amigos del Gobierno.

La corrupción y el despilfarro de dinero en Argentina superan cualquier película de ficción hollywoodiense. Los planes populistas, las expropiaciones que no dan más que pérdidas multimillonarias, los sobreprecios de los que disfrutan empresarios amigos en un país pobre como éste llevan a que el Gobierno ya no tenga de dónde sacar el capital para cubrir todos esos gastos, y la inflación se dispara. Cristina, desesperada por disimular los gravísimos casos de corrupción y sus pésimos manejos socio-económicos, se inclina por la modalidad fascista: intenta crear su propio relato comprando cada vez más medios de forma indirecta, maneja la pauta oficial para sus amigos en los medios –que son ya casi un monopolio–, envía grupos de choque de militantes parásitos fracasados y frustrados para controlar los precios –como si los mismos dependieran del amedrentamiento de estos inútiles a los comerciantes–, trata de imponer jueces oficialistas para que sus políticas opresoras terminen de llevarse a cabo, etc.

Incluso si usted, lector, no está de acuerdo con la privatización de los trenes, en este caso específico, y sabiendo que el transporte es un fiel reflejo del funcionamiento del país, ¿no estaría de acuerdo en quitárselo al Gobierno y dejarlo en manos de individuos, para que compitan entre sí?

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