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'MUSLIM PERSECUTION OF CHRISTIANS'

Caza al cristiano en la Casa del Islam

"Quieren que nos vayamos", "No hay futuro para nosotros aquí", "Hay un plan para eliminar a todas las minorías cristianas del mundo árabe". Donde pueden y cuando pueden, los cristianos que viven en tierras del islam dicen siempre lo mismo: están siendo objeto de acoso, derribo, martirio. Zapatero (¡por supuesto que hay que hacer leña del árbol caído!) y Erdogan, esto no lo trataban en sus tenidas civilizacionales: ser cristiano en Islamistán, ¡a quién se le ocurre!

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Los cristianos de Dar al Islam están peor que nunca en siglos, alerta Robert Spencer en Muslim persecution of Christians, otro texto suyo breve y de combate, como Islamophobia, donde denunciaba el miserable doble rasero de los que claman contra quienes dicen cuatro verdades sobre el sanguinario, resentido y menorero Mahoma pero callan como lo que ya quisieran ser cuando en sus países se excluye, castiga, humilla, mata a la gente por ser cristiana.

La persecución musulmana contra los cristianos ha aumentado dramáticamente en todo el mundo en la última década, y ahora es peor que nunca. En un grito de desesperación hoy día frecuente, el portavoz de la Iglesia católica en Egipto, padre Rafic Greische, declaró a la radio vaticana en diciembre de 2010: "Los musulmanes fundamentalistas (...) quieren que los cristianos evacuemos el Medio Oriente, que nos vayamos. Y es lo que están consiguiendo, día a día".

Los datos que claman al Cielo (nunca mejor dicho): en Turquía, los fieles a Cristo han pasado de representar el 15% de la población (1920) a ser mera escoria estadística: 1%. En Siria eran el 33% (también 1920); hoy son el 10. Belén: en 1948, el 85% de los paisanos de Jesús creía en Él; hoy, sólo un 12%. En Nazaret, los cristianos han pasado de ser el 60% a finales de la Segunda Guerra Mundial a justo la mitad (30%). En Jordania y Cisjordania eran el 18% en 1952; ahora son el 4. "Antes de la Guerra del Golfo, algunas estimaciones cifraban en un millón o más el número de cristianos en Irak; sin embargo, desde 2003 cerca de la mitad ha abandonado el país", escribe Spencer. "No hay futuro para nosotros en Irak", decía en 2006 un hombre de negocios cristiano refugiado en Siria. Todo seguía igual de mal en octubre de 2010: al habla Ban Daub, una de las supervivientes de la matanza de la iglesia de Nuestra Señora de la Salvación, ahora desplazada en el Kurdistán iraquí: "Tememos por nuestros hijos. En Bagdad, la vida se acabó para los cristianos".

Cristianos que abandonan Irak a partir de 2003, o sea, a partir de la guerra contra Satán Husein. Cristianos que se refugian en la Siria de Bachar Asad y que incluso temen que semejante asesino acabe siendo derrocado. Cristianos con síndrome de Esto-es-el-colmo. ¿Pero esto qué es? La miseria de la dimmitud, es; la demostración pavorosa de que los fieles al Crucificado viven un auténtico infierno en Islamia: como mucho, aspiran a ser ciudadanos de segunda, sometidos, subyugados; a poner sus vidas en las manos del tirano de turno. Están obligados a elegir entre Guatemala y Guatepeor. Lo que sigue es parte de un sermón evacuado en La Meca en septiembre de 2002 por el jeque Marzuq Salem al Ghamdi:

Si los infieles viven entre los musulmanes, de acuerdo con las condiciones fijadas por el Profeta, no hay nada incorrecto en que paguen la yizia al tesoro islámico. Otras condiciones son (...) que no pueden remozar iglesias o monasterios, ni reconstruir los que hubieran sido destruidos; que deben alimentar durante tres días a cualquier musulmán que pase por sus hogares; (...) que deben levantarse cuando un musulmán desee sentarse; que no pueden imitar la manera de vestir y hablar de los musulmanes, ni montar a caballo, ni poseer espadas, ni llevar consigo arma alguna; que no pueden vender vino, ni lucir crucifijos, ni hacer sonar las campanas de sus iglesias, ni alzar la voz durante la oración; que tienen que cortarse el flequillo para que sean fácilmente identificables; que no pueden incitar a nadie contra los musulmanes, ni golpear a un musulmán (...) Si violan estas condiciones, no tendrán protección.

De este presente pavoroso, y de ese pasado que tantos prefieren futuro previsible, Zapatero (¡leña, leña!) y Erdogan no trataban en sus tenidas civilizacionales. De esto no hablan los que agitan el espantajo de la islamofobia. Sobre esto callan los que braman cuando se trata de cargar a muerte contra Roma. Es que "los cristianos, evidentemente, no están de moda ni son víctimas políticamente correctas, por eso sufren al vacío", envasados en su propia angustia.

Muchos occidentales, particularmente aquellos que conforman la elite del activismo pro derechos humanos, están atados a una cosmovisión en la que sólo a los que no son occidentales ni cristianos les ajusta la definición paradigmática de víctima: los cristianos están identificados con el opresor hombre blanco occidental, y no pueden ser víctimas. Algunos incluso incurren en una suerte de complacencia ante la desgracia ajena, creen que se lo merecen una iglesia y unos creyentes a los que acusan de muchos de los males del mundo (...) El hecho de que los cristianos que viven en tierras islámicas sean por lo general pobres, carezcan de derechos y estén todo lo lejos que se pueda estar de ser la fuerza opresiva que es la iglesia en el imaginario izquierdista, al parecer, no les entra en la cabeza.

***

En Irak han atacado con bombas cuarenta iglesias en los últimos siete años (siete en un solo día de 2007: el de la Navidad ortodoxa). En Pakistán, las infectas leyes antiblasfemia fungen de amenaza de muerte permanente contra heroínas como Asia Bibi... y contra los musulmanes que piden que se deroguen, como Salman Tasir, gobernador del Punyab hasta que fue asesinado precisamente por pedirlo. En Afganistán... ni siquiera se sabe el número de cristianos que viven en esa poza de miseria y misoginia cuya Constitución estipula que ninguna ley puede contrariar "las creencias y provisiones de la sagrada religión del Islam". En Sudán, el norte árabe y musulmán ha librado durante años y más años una guerra de exterminio contra el sur negro y cristiano. En Nigeria, las matanzas están a la orden del día. En el nuevo Egipto (en tiempos "uno de los más importantes centros de la Cristiandad"), los cada día más poderosos Hermanos Musulmanes quieren que los coptos sigan siendo ciudadanos de segunda. En Egipto, que sigue siendo un país oficialmente islámico ("El islam es la religión del Estado [...] y la principal fuente de legislación es la jurisprudencia islámica [la sharia]", dice el artículo 2 de su Constitución), las fuerzas de seguridad son frecuentemente un remedio peor que la enfermedad islamista y los conversos al cristianismo como Mohamed Hegazy lo primero que tienen que hacer, tantas veces, es ponerse a salvo de sus propios padres, tan impunemente salvajes que no se privan de amenazarlos desde los medios de comunicación: "Voy a tratar de hablar con mi hijo para convencerle de que vuelva al islam –declaró la mala bestia en 2008–. Si se niega, lo mataré con mis propias manos".

Así están las cosas y así se las cuenta Spencer en estas páginas –y Javier Lozano en las de este diario non sancto–, que concluyen con este párrafo que, tanto o más que a Dar al Islam, retrata a Occidente, para ellos la Casa de la Guerra, Dar al Harb:

Con confianza y brutalidad siempre crecientes, y prácticamente ninguna protesta de Occidente, los yihadistas y los supremacistas islámicos prosiguen su caza al cristiano. Asediadas, esas comunidades están en trance de extinción, y nadie habla por ellas. Llegados a este punto, su seguridad y supervivencia depende poco menos que de un milagro.
 

ROBERT SPENCER: MUSLIM PERSECUTION OF CHRISTIANS. David Horowitz Freedom Center (Sherman Oaks, California), 2011. Pinche aquí para leer la edición de 2008. 

MARIO NOYA, jefe de Suplementos de LIBERTAD DIGITAL.

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