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'EL PODER NACIONALIZADOR DE LAS PALABRAS'

Desde Santurce a Bizancio, pasando por Finisterre

No se me ocurre mejor forma de empezar a hablar de este libro que la empleada por su prologuista, don Amando de Miguel, en estas mismas páginas: "Hablemos de un libro excepcional".

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Los buenos libros, los libros necesarios producen al menos dos efectos: el primero y más obvio es ampliar nuestro conocimiento sobre algún aspecto de la realidad; el otro, no menos valioso, es acondicionar y sistematizar conocimientos previos, rellenando lagunas a veces insospechadas y dando continuidad y consistencia al tetris de la propia formación, desordenado por la forma inevitablemente azarosa e incompleta en que podemos ir haciendo acopio de lecturas e ideas ("Siempre hay que tener en cuenta la ignorancia. Y no me refiero a lo que no se sabe, que es siempre ilimitado, sino a lo que no se sabe y habría que saber. Esta ignorancia se convierte en un factor de perturbación, que anula incluso lo que se sabe, lo invalida, porque lo deja incompleto, mutilado, sin justificación", Julián Marías, España inteligible).

Desde Santurce a Bizancio (pasando por Finisterre y Covadonga) cumple admirablemente esa doble función. Trata de algo que habría que saber, pero que no se sabe porque no constaba en ninguna obra conocida hasta que Laínz reunió y ordenó el inventario disperso de las opresiones lingüísticas en Europa, sobre todo durante la edad contemporánea: los lances de suerte alternativa por Alsacia-Lorena, la segunda guerra germano-danesa de Schleswig-Holstein, la Kulturkampf de Bismarck contra los polacos, que también sufrieron la opresión rusa (aún peor) y a su vez la ejercieron cuando tuvieron oportunidad contra rutenos y polacos germano-hablantes; la rusización de Lituania y Ucrania; la suequización y rusización de Finlandia y la consiguiente reacción finesa; la norueguización (des-danificación, des-suequización) de Noruega; las idas y venidas lingüísticas de las repúblicas bálticas; el rompecabezas autrohúngaro y sus piezas imposibles; la intensa y sorprendente magiarización; las tentativas de asimilación de gitanos y judíos; el avispero balcánico; el artefacto griego –caballos preñados de amenazas en otras tantas Troyas–; Alemania e Irlanda, por razones distintas, merecen sendos y densos capítulos aparte; etc. Imposible siquiera mencionar con dos palabras cada uno de los conflictos que, por su esencia, origen o consecuencias, deben ser calificados como lingüísticos (= culturales), admirablemente sintetizados por Laínz en la primera parte de este libro sorprendente que unifica esa casuística atroz con tal amenidad que no es fácil dejar de leer:

–¿Quiénes son los eslovacos? No consigo situarlos.

Inclinados sobe el mapa, Wilson el iluminado, Clemenceau el revanchista y Lloyd George el geógrafo jugaban a las naciones.

El secretario de estado norteamericano Robert Lansing lamentaría con frecuencia la candidez con la que Wilson formulaba los principios autodeterministas por "infundir esperanzas que nunca podrán cumplirse y que me temo que costarán miles de vidas".

De regreso a Washington, Wilson explicó ante el Congreso que "cuando dije que todas las naciones tienen derecho a la autodeterminación lo hice sin saber que existían las nacionalidades, que acudían a nosotros un día tras otro".

A la vista de esta escena sería otro error creer, por los últimos años de alucinada vida política española, que también tenemos la exclusiva de los optimistas sin escrúpulos (© R. Scruton); lo que nos lleva a la segunda parte de este libro, cuya estructura y orden es otro de sus aciertos. Trata de la ingeniería lingüística en la España discutida o en sus disputados fragmentos, que, a semejanza de lo visto en los civilizados precedentes europeos, consiste en un proyecto integral (= total, es decir, totalitario) de conformación de los individuos abandonados en la Transición a los encomenderos territoriales que en aquella tesitura de relativo vacío de poder ocuparon el lugar del Estado, no para garantizar la libertad e igualdad de los ciudadanos, sino para hacerlos diferentes, para crear o ahondar las diferencias legitimadoras de la partija, fundamentalmente por medio de las lenguas regionales, desde la cuna hasta la sepultura, desde la pila bautismal o el registro civil, los antropónimos, los patronímicos, los topónimos, pasando por la escuela –y sobre todo en ella, con un éxito liberticida directamente proporcional y tal vez relacionado con el pavoroso fracaso escolar–, y continuando por todas las instancias de socialización, todas las manifestaciones culturales o pseudoculturales... hasta el último aliento, las pompas fúnebres y las lápidas sepulcrales.

Creíamos que todas esas ocurrencias, ridículas y estúpidas, constituían originalidades del genio hispano. Laínz nos saca de ese error. Simplemente, lo que en Europa fue una sucesión de tragedias sangrientas, entre nosotros ha sido plagiado más bien como comedia, sin perjuicio del acompañamiento terrorista por parte de los nacionalismos más esforzados. Y, a pesar de ello o, peor aún, tal vez debido a ello, la normalización infecta nuestro ordenamiento con honores presuntamente constitucionales, legislaciones territoriales dictadas bajo formas democráticas, pasividad, tolerancia o impulso del Gobierno del-resto-del-Estao, es decir, del Gobierno central residual, y numerosas sentencias inicuas o pasteleras cuando secundan la trapacería, o simplemente ignoradas cuando tratan de contenerla.

 

(JESÚS LAÍNZ: DESDE SANTURCE A BIZANCIO. El PODER NACIONALIZADOR DE LAS PALABRAS. Encuentro (Madrid), 2011, 533 páginas. Prólogo de AMANDO DE MIGUEL.

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