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'BELGISTÁN'

Dupont versus Dupond

No sé si se trata de un universal kantiano, del gen de la tribalidad o de la advocación del santo Nosotros, pero el caso que, mientras leía Belgistán, el gran informe belga de Jacobo de Regoyos, no podía evitar ir mirando de reojo a España, tan pródiga como Bélgica en levantar alambradas frente al hostigamiento del sentido común.

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Para abrir boca, les iba yo a glosar el esclarecedor arranque del libro, en que de De Regoyos se faja con el pasado para explicar cómo Bélgica ha devenido un patético reflejo de los Dupond-Dupont, esos agentes tintinescos para los que cualquier atisbo de inteligencia supone una amenaza. No obstante, me he propuesto no incurrir en la tentación historicista, ese magma palpitante que siempre guarda una justificación a las más abyectas versiones oficiales. No en vano, quién de nosotros no se ha visto desahuciado, a cuenta de la penúltima altamirada, por el comodín "este problema viene de lejos", que tiende a avalar la superchería de que cualquier tiro en la nuca es susceptible de haber sido disparado en los años treinta, no importa de qué siglo.

Tras una perpleja entomología del conflicto entre valones y flamencos, el autor dedica uno de los últimos capítulos a las disparidades entre Bélgica y lo que queda de España. O viceversa. Las hay, ciertamente, mas tengo para mí que sirven al propósito de situar en pie de igualdad a los alucinados de uno y otro territorio. Sepan que el país de Los Pitufos es una dupla sociolingüística en que neerlandófonos y francófonos se repelen mutuamente. Al norte, los flamencos practican una política de corte mourinhista. Al sur, los valones se jactan de resistir ahora y siempre al neerlandés. Entre ambas comunidades se alza una suerte de aduana cuyo salvoconducto es el idioma (o más concretamente el desprecio del idioma de los otros, allá con sus infiernos). Así, las prerrogativas o perjuicios que genera el uso de una u otra lengua modelan un sistema semejante al juego del pañuelo, con dos congregaciones pendientes del palmetazo que las convierta en etnias.

Ciertamente, y a diferencia de lo que ocurre en Cataluña o el País Vasco, la empalizada belga no admite la porosidad del bilingüismo, un condicionante que juega a favor de la perpetuación del conflicto entre nacionalistas y no nacionalistas. Los valones no saben neerlandés y los neerlandeses no saben francés. Ni saben ni quieren saber. El detalle, no obstante, no impide que cualquier español que viva en territorio comanche reconozca las trazas de la paranoia flamenca, profusa en agravios que se remontan a la noche de los tiempos y que, conforme al corpus doctrinario del nacionalismo (de cualquier nacionalismo), justifican un sinnúmero de tropelías. Pasen y vean.

La negativa a reconocer Bruselas como una región integral es sólo el primer intento de restar importancia a la realidad de la ciudad. Como Pedro en el evangelio, Flandes niega a Bruselas hasta tres veces (pág. 101).

Para los flamencos, en efecto, Bruselas constituye el culmen de la impureza, una suerte de enclave demoníaco donde a la primacía de la lengua francesa se añade el fatal arraigo de las lenguas que han llevado hasta allí los funcionarios de la UE: inglés, español, alemán... Si a ello sumamos la inmigración africana en general y congoleña en particular, la disolución neerlandófona está servida. Ni que decir tiene que la áspera relación entre Flandes y Bruselas recuerda el secular desprecio por Barcelona del nacionalismo catalán, y muy especialmente de su jefe de filas, Jordi Pujol.

Incluso en los casos en que los inmigrantes acuden a la enseñanza neerlandófona para asegurar un puesto de trabajo a sus hijos en el futuro, éstos aprenden francés de todas formas desde pequeños al moverse por la ciudad (pág. 105).

Como dejó dicho el pensador Spielberg en Parque Jurásico, la vida se abre camino. También en Cataluña, donde ni las inmersiones ni otras zambullidas han diluido el embate del castellano, lingua franca.

Sea como fuere, en Flandes se niega que los francófonos de la periferia sean una minoría. Se les considera "inmigrantes" que deben adaptarse (pág. 112).

Es probable que hayan oído la admonición de Pujol respecto al trato que conviene reservar a las Jennifers de Castefa para que se adapten de una vez a Cataluña. El sutil humorismo del Sumo Hacedor (copyright, Juan Carlos Girauta) no debería ocultar la evidencia de que ese concepto, el de inadaptado, es enteramente nazi, como Arcadi Espada se encargó de recordar en TV3 a Joan Vall Clara, exdirector de El Punt Diari.

En 2008, el alcalde de Vilvoorde, Marc Van Asch (...), animado sin duda por la idea de fondo, se sintió autorizado a poner realmente a prueba el neerlandés de los postulantes a vivienda social con un verdadero examen.

"Artur Mas incluyó en su programa electoral para 2006 el carné por puntos. La cosa consistía en hacer entrega (voluntaria) al recién llegado de una cartilla que, una vez cumplimentada a base de demostraciones inequívocas de voluntad de arraigo e integración, le daría acceso a determinados servicios sociales" (María Antonia Prieto, 24 de agosto de 2011, en ABC).

Hay decenas de ejemplos que establecen un alucinado parangón entre unos y otros, tan semejantes en su cejijunta concepción de la realidad. Sin embargo, y dado lo que acontecerá en Barcelona el domingo 25 de septiembre, no puedo por menos que arrojar la montera contra el horizonte.

Los francófonos de momento sólo han sido condenados por el Consejo de Europa por no asegurar suficientemente el bilingüismo en los hospitales de Bruselas, pero a los flamencos se les ha llamado la atención como mínimo en seis ocasiones, y a diferencia de los francónfonos, generalmente dicen que no piensan hacer caso de las advertencias (pág. 125).

 

JACOBO DE REGOYOS: BELGISTÁN. Ariel (Barcelona), 2011, 304 páginas. // Pinche aquí para escuchar la entrevista que hizo MARIO NOYA a REGOYOS en el programa Ld Libros.

albertdepaco.blogspot.com

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