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LOS HUESOS DE DESCARTES

El código del cogito

Por una vez, una metáfora hilada o continuada tiene consecuencias felices: Russell Shorto ha utilizado este viejo y desgastado recurso para escribir un libro apasionante sobre el auge de la ciencia, la consolidación de la democracia y el conflicto entre la fe y la razón. En otras palabras, sobre la modernidad.

Ana Nuño
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El tenor de la metáfora de Shorto no es otro que los huesos de Descartes. El filósofo francés murió en Estocolmo, en febrero de 1750, víctima de una neumonía propiciada por el implacable invierno escandinavo y la perniciosa costumbre de recibir lecciones de filosofía a las cinco de la mañana que tenía la reina Cristina de Suecia, "una dama entusiasta y docta –decía Bertrand Russell– convencida de que su condición de reina la autorizaba a malgastar el tiempo de los grandes hombres". Como católico que era, Descartes no podía recibir sepultura en ningún camposanto de la ciudad protestante, así que sus restos fueron enterrados a las afueras de Estocolmo, en un cementerio para huérfanos.

Shorto descubrió casualmente, en la Biblioteca Pública de Nueva York, la noticia de que los restos de Descartes habían sido exhumados dieciséis años después de su muerte y dispersados entre admiradores y coleccionistas. Aquella "información inútil", dice el autor, sin embargo se convirtió en la sensación de haber hallado "una semilla dormida", y al cabo se lanzó a seguir la pista de los huesos de Descartes. Fascinado, descubrió el extraño periplo que habían descrito a lo largo de más de trescientos años, custodiados, saqueados o sencillamente perdidos a través de media docena de países por obra de los más pintorescos personajes, incluido el dueño de un casino.

"Mi propósito al seguirle la pista a los huesos de Descartes –concede Shorto– ha sido metafórico, porque sus restos parecen vertebrar (si se me perdona la ósea expresión) la propia modernidad". La investigación de Shorto, que lo ha llevado a reconstruir, por vez primera, el destino de los restos del filósofo, en sí misma justifica el interés de este libro, pero lo que lo hace apasionante es la habilidad del autor para, valiéndose de ella, exhumar –nunca mejor dicho– la densa trama de disputas teológicas, debates filosóficos, enfrentamientos políticos, cambios en las mentalidades que constituyen la esencia de la modernidad.

Shorto es un excelente introductor a las diversas familias de ideas que se disputan el honor de haber dado luz al pensamiento de la Ilustración (el ateísmo radical, el panteísmo de Spinoza...), y con claridad nos hace vívido el contraste entre la Revolución Americana, hija del ala moderada de la Ilustración, y la francesa, expresión radical de la modernidad política. Pero, al lado de estos grandes y clásicos temas, también desfilan por sus páginas el mesmerismo y la frenología, el auge del coleccionismo y los gabinetes de curiosa, el Marqués de Sade –ingeniosamente comparado con Thomas Jefferson– o la inquina que llevó a Voltaire a despreciar a Descartes y preferir a Newton.

Descartes.Shorto, claro está, desgrana las principales tesis filosóficas de Descartes. En este terreno, a veces incurre en generalizaciones o inexactitudes, como cuando afirma que hoy Descartes es recordado no sólo como "el creador del moderno rompecabezas del dualismo", también como matemático, por haber inventado la geometría analítica. A pesar de la vaguedad de la frase, lo primero es cierto, pero sólo en las enciclopedias generalistas se sigue afirmando lo segundo. Lo que sí hizo Descartes fue introducir en la geometría analítica el método dinámico de las coordenadas. Nada menos, es cierto, pero ya Pierre de Fermat aplicaba el álgebra y el análisis matemático a la geometría. Ni siquiera puede decirse que el famoso Cogito, ergo sum de Descartes fuera una novedad: ya en San Agustín aparece destacada la función del pensamiento y despunta el subjetivismo. En realidad, la gran novedad que introduce Descartes es la duda metódica, que Shorto no deja de señalar como la más efectiva carcoma del viejo edificio de creencias y supersticiones que la modernidad se encargaría de derribar. Pero lo cierto es que el autor se deja llevar a ratos por su entusiasmo cartesiano, y pretende atribuir a su héroe más cualidades de las justas y estrictamente necesarias.

Además de ofrecer el relato cuasi detectivesco de las fortunas y desventuras de los restos de Descartes y una brillante exposición de las principales tendencias del pensamiento moderno, el libro de Shorto tiene una finalidad, por así decirlo, política. Militante, incluso. En el último capítulo, el autor evoca un encuentro en Nueva York, en 2007, con Ayaan Hirsi Ali; en el epílogo, una entrevista solicitada al padre Jean-Robert Armogathe, especialista del jansenismo y una eminencia en Descartes. En Hirsi Ali ve a una representante extraordinariamente valiente del "secularismo radical", mientras que Armogathe se le antoja un lúcido y honesto continuador de la tradición dualista cartesiana.

¿Por qué introducir, de colofón a su libro, figuras e intereses tan disímiles? Porque Shorto, que obviamente es un hombre de razón que se reconoce en la tradición ilustrada y secular, piensa que uno de los mayores peligros que acechan a la humanidad es el enfrentamiento entre el fanatismo religioso y esa otra forma de fanatismo que, según él, consiste en creer que "guiarse por la razón es lo mismo que estar en lo cierto".

Tal vez tenga razón Shorto, y lo que él llama "el dilema de la modernidad" (que, "con el rechazo categórico de la religión, aquellos que pregonan el uso de la razón se exponen a caer en la irracionalidad, o en la intolerancia") pueda resolverse en un terreno intermedio y en posturas que supongan, como pretende Habermas, a quien cita Shorto, "la asimilación y transformación reflexiva tanto de la mentalidad religiosa como de la secular". Pero lo que es innegable es que el autor, en su conclusión, demuestra que la pasión que ha puesto en meditar, a la manera de Yorick, sobre la vida y obra de Descartes y sus consecuencias para el pensamiento de la modernidad lo ha llevado a ver esta faceta actual con los anteojos del dualismo. Es difícil concebir mejor demostración de que las ideas de Descartes siguen vivas, para bien y para mal.


RUSSELL SHORTO: LOS HUESOS DE DESCARTES. Duomo (Barcelona), 2009, 305 páginas.
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