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CRISTIANISMO Y CIUDADANÍA

El fracaso de Agapito

En los escritos de la recia y candorosa Thérèse de Lisieux, a la par que se va poniendo de manifiesto su camino, se deja ver todo un titánico esfuerzo por deconstruir la falsa religiosidad, aquella que ha jibarizado la fe evangélica a base vivirla de una manera meramente veterotestamentaria.

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Tanto lo uno como lo otro aparecen, ante todo, como narración autobiográfica, pues no se trata primariamente de una doctrina o una teoría, sino de algo que tiene su máximo exponente en una vida vivida, en una persona concreta. Tanto el desmontaje como la construcción han sido, antes de ser expuestos en un verbo humilde, sencillo y caritativo, encarnados en la escritora.

La pretensión de Agapito Maestre en su último libro, El fracaso de un cristiano. El otro Herrera Oria, es mucho más modesta. Él no va directamente a la entraña de la fe cristiana ni pretende abarcar todo lo que constituye la vida evangélica, sino que se conforma con darnos una mirada sobre un aspecto que, no por no ser lo central, no es algo simplemente accidental. Para Maestre, el cristiano solamente lo puede ser siendo ciudadano, y si no lo es, no es propiamente cristiano. Pero, aunque centrado en ese momento, sin embargo, nuestro autor no se circunscribe al creyente. ¿Puede haber una sociedad de ciudadanos sin ciudadanos cristianos? Una sociedad que excluya al ciudadano cristiano como tal, ¿no estará eliminando la ciudadanía? ¿Habríamos podido llegar a nuestra comprensión de la ciudadanía sin los ciudadanos cristianos? En todas las páginas de esta obra vamos a ver personificado el drama de un modo de ser ciudadano, dilacerado por la tensión causada por aquellos que, pese a decirse liberales, van a tomar actitudes más o menos anticlericales y por la de aquellos que van a preferir seguir atrincherados en el integrismo, de mayor o menor calibre, antes de salir a la intemperie de la plaza pública.

Y en todo esto, aunque en el ensayo el protagonista sea Ángel Herrera Oria, en sus vibrantes páginas –en ellas nos encontramos, si se me permite la confianza, con un Agapito en estado puro– se deja sentir, por la pasión vertida, que no estamos ante las palabras distantes de un estudioso, sino ante reflejos de, al menos, la querencia a entrañar la concepción ciudadana de Herrera Oria. No digo del biografiado, pues, aunque hay muchos elementos de narración biográfica, estamos ante un ejercicio literario de otro tipo; casi me atrevería a decir que se trata de un ensayo especular, que no es lo mismo que especulativo.

A lo largo de las páginas del libro, el que fuera director del diario El Debate aparece como prototipo del ciudadano cristiano; y lo es porque, en todos los momentos de su vida, tanto en su faceta como periodista hasta cuando accedió al cardenalato, encarnó constantemente la doctrina de León XIII de fidelidad al poder establecido, sin por ello dejar de ser crítico ante las leyes injustas. Esta faceta de Ángel Herrera le sirve al autor como espejo en el que ver a la sociedad española y, mediante el contraste con el personaje central, ir mostrando muchas de las quiebras de la vida nacional. Ante el modelo de vida ciudadana desfilan Azaña, Luca de Tena, Gil Robles, Bergamín, Zubiri, Laín Entralgo, Ortega... y también la propaganda política, la ACNP, el Ya, etc.

Y el contraste con Herrera lleva al lector a ir descubriendo la categoría de fracaso en tres niveles distintos. ¿Fracasó el que llegara a ser cardenal? La constancia en sus convicciones, en los principios de lo que tiene que ser la presencia en la plaza pública, no hace sino mostrarnos el éxito del personaje; lejos de haber sido derrotado, las adversidades no hicieron sino consolidar en él la configuración de ciudadano por la que había optado. Lo que no quiere decir que los resultados en realizaciones que están allende la modelación de una personalidad no se vieran truncados, pese a sus múltiples logros. Y este fracaso muestra, a la par, otro; el de la sociedad española, que, en opinión de Agapito Maestre, no ha sabido dar cabida a este modo de entender la ciudadanía. Fracaso cuyo mayor exponente fue la guerra civil; en su poema de 1937 "A los mártires españoles", Paul Claudel decía:
¿Para qué estas bobadas? El pueblo no las necesita.
Esto que el bruto inmundo detesta tanto como a Dios, es la belleza.
Al fuego las grandes bibliotecas, Leviatán de nuevo se desploma y los rayos del sol lo convierten en estiércol y humus.
Ante estas bocas que nos preguntan, ante todo esto era muy difícil guardar la compostura.

Y cabría preguntarse, como a ello nos invita Maestre, dónde estamos ahora.

¿Y este libro fracasará? ¿Cómo habrá que leer el título de este artículo, como genitivo subjetivo u objetivo? Desde luego, creo que puede ser un texto polémico, pues no pocos frentes son los que, en él, el autor tiene abiertos. Pero también puede caer en el silencio. Sería una lástima que unos lo ignoraran por no ser cristianos y otros por hablar de la ciudadanía; es fácil escudarse, bien en el frecuente uso estilístico de la hipérbole o la afirmación tajante, bien en lo discutible que hay en él para ponerlo entre paréntesis. Pero ni polémica ni vacío creo que sean las respuestas más inteligentes. La cuestión central sobre la configuración de la ciudadanía y del cristiano en el ámbito público, que el libro plantea, es lo suficientemente grave como para que la tomen en serio cristianos, agnósticos, ateos... y también los de otras religiones.

Y el autor, además del diálogo con los que con él quieran conversar sobre estas cuestiones, creo que está llamado a dar el paso que él mismo propone: la convergencia de Herrera y Ortega. Acaso el guiño que hace a Julián Marías, como personalización de ese abrazo, se convierta en un próximo libro.

En los albores del cristianismo, en la Carta a Diogneto se dice:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. (...) Habitan ciudades griegas y bárbaras según le correspondió a cada uno; y, aunque siguen los hábitos de cada región en el vestido, la comida y demás género de vida, manifiestan –y así es reconocido– la admirable y singular condición de su ciudadanía. Todos ellos viven en sus respectivas patrias pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos pero lo soportan todo como extranjeros. (...) Lo que es el alma en el cuerpo son los cristianos en el mundo. El alma está difundida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos, por las ciudades del mundo. El alma vive en el cuerpo pero no tiene su origen en el cuerpo; los cristianos viven en el mundo pero no tienen su origen en el mundo.

AGAPITO MAESTRE: EL FRACASO DE UN CRISTIANO. EL OTRO HERRERA ORIA. Tecnos (Madrid), 2009, 304 páginas.
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