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RECUERDOS RECOBRADOS

El icono erótico de Montparnasse

Los que tengan una cultura afrancesada me entenderán enseguida. Kiki de Montparnasse es esa espalda desnuda y curvilínea, con dos efes de violín dibujados en los hoyos de los riñones, que Man Ray convirtiera en 1924 en un icono sexual llamado Violon d'Ingres.

Carmen Grimau
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Alice Prin, conocida como Kiki por la bohème parisina, fue una musa de insólita belleza morena, mil veces perfilada por Modigliani, Kees Van Dongen, Fujita, Moïse Kisling o Pablo Gargallo. Fue la reina sin reino de las juergas del Montparnasse de entreguerras. Hemingway:
Kiki reina sin corona sobre un grupo internacional de lunáticos más o menos interesados.
La publicación de las memorias de Kiki de Montparnasse viene a definir los contornos de esta mujer anómala, que escribió sin ser escritora, que pintó sin ser pintora, que cantó sin tener una gran voz; que murió en 1953, vencida por su excesiva adicción a la vida y a las drogas.

Las memorias de Kiki fueron lanzadas al mercado americano en 1929, con un prólogo de Hemingway. Interesante. Desgraciadamente, el prólogo de Hemingway no ha sido incorporado a la edición española de 2009.

Las memorias de Kiki defraudarán a quienes busquen una visión coherente de las vanguardias. A quienes quieran otorgar un perfil intelectual y feminista a Alice Prin. Hija de la miseria y del abandono, lo que la caracterizó fue ante todo un salvaje instinto de supervivencia, un sentido común nada desdeñable y una voluntad férrea de huir del hambre. Modelo, ya digo, de Man Ray, Kiki se encontró muy a gusto entre esa pandilla de chiflados que nunca consiguió entender y a los que amó incondicionalmente:
Man Ray y yo salimos con un grupo que se autodenomina Dadaísta. Y con otros que se hacen llamar surrealistas. No veo ninguna diferencia entre ellos. Están Tristán Tzara, Breton, Philippe Soupault, Aragon, Max Ernst, Paul Eluard… Pasamos las noches hablando, lo que no me aburre nada, incluso cuando no entiendo de qué se está hablando.
Años de fraternidad y miseria compartidas, Kiki habla de la vanguardia apiñada en la Cité Falguière, un conjunto de naves construidas con el material de deshecho de las Exposiciones Internacionales y en cuyas vigas el ruso Soutine colgaba reses muertas para embadurnarlas con productos conservantes y luego pintarlas en amplios lienzos. Kiki habla de los olores de la miseria. Habla de aquellos seres generosos que la acogieron como musa y la pagaron como modelo. Bordeando siempre la prostitución, Kiki fue la dignidad misma. Nada es tan impúdico como el hambre.

Su vida transcurría en la geografía limitada de los cafés. Y allí se refugiaba, se aseaba –en las pilas de los cuartos de baño–, lavaba su única enagua –y la dejaba secar encima de la calefacción–. Después, se sentaba entre los artistas muertos de frío y de hambre. Y escuchaba.
Había discusiones interminables. Me parecían niños grandes y crédulos. Los surrealistas y yo no nos llevábamos bien: insultaban a los burgueses, a los curas, juzgaban a la gente por la calidad de su ropa. Ellos no creían en nada, se dedicaban a visitar videntes, jugar a la güija y hablar de los espíritus. Menos mal que aquello se hacía en la oscuridad. Si hubiera habido luz, se les habría visto temblar tanto como a mí.
Como sucede tantas veces, el personaje lo es todo. En Montparnasse, nada se hizo sin Kiki; hasta que la crisis del 29 acabó con ese mundo fuera de la ley.

El poeta Robert Desnos, en su prefacio a una exposición sobre Kiki, le declaró su amor:
Querida Kiki, tienes unos ojos tan hermosos que el mundo que ves a través de ellos tiene por fuerza que ser hermoso.
De nuevo el americano en Paris, Ernest Hemingway, y ella:
Her body would have inspired any academia painter.
Y añadía:
Tenía un cuerpo magnífico, una buena voz –aunque no la voz de una cantante–, y definió la era de Montparnasse mejor que la reina Victoria definió la era victoriana.
¿Qué fue Montparnasse? Un territorio franco, como lo fue Montmartre unas décadas antes. La zona internacional de la bohemia. Kiki otra vez, con ironía campechana:
En cuanto a las lenguas del barrio, Montparnasse ha dejado ya en segundo lugar a la mismísima Berlitz School.
Fue un mundo claustrofóbico donde las excentricidades eran posibles. Kiki define muy bien aquel territorio clausurado entre La Closerie des Lilas, le Dôme, La Coupole, la Rotonda y Le Jockey.
Montparnasse es un pueblo redondo, como un circo. Uno entra sin saber cómo, pero salir de él no es fácil.
No hay depravación en Kiki, sólo necesidad: de calor, de pan, de sexo y de camaradería. En el Jockey, donde actuaba, Erza Pound, Man Ray, Tristan Tzara, Jean Cocteau contemplaban embelesados la fuerza de esa superviviente borgoñona.

Gala solía decir a menudo de sí misma que no tenía talento, pero que disponía de una capacidad especial para transmitirlo. Algo parecido debió de ocurrir con Kiki. Irradió su belleza en el vientre del París artístico. Los artistas supieron idolatrarla, y ella consiguió lo que soñaba:
Los pintores me habían adoptado.
Emancipación y bohemia no pertenecen forzosamente al mismo registro. Silvia Beach, Peggy Guggenheim, Coco Chanel, Gertrude Stein, Anaïs Nin, Isadora Duncan, Virginia Woolf pudieron vivir en una habitación propia. No así Kiki. Que nunca habló de feminismo en sus memorias. Buscó siempre una habitación para compartir. Se igualaba a los hombres por su empeño en permanecer, como ellos, en el lado epicúreo de la vida.

Las mujeres como Kiki aspiraban a todo, menos a la maternidad.
Este libro ha sido escrito por una mujer que, que yo sepa, nunca ha tenido su propia habitación.
Con o sin habitación, Kiki es ingeniosa y rápida en sus testimonios:
Modigliani comía con una mano y con la otra pintaba, entre bocado y bocado. Decía tacos sin parar y siempre estaba de mal humor. Tenía tres amantes que le perseguían a todas horas (…). Este artista de gran talento siempre fue muy pobre. Una mañana lo llevaron a la Caridad, y algunos días después murió.
Amaba a Man Ray, con quien vivirá ocho años:
He conocido a un americano que toma fotografías muy buenas. Voy a posar para él. Habla con un fuerte acento y se comporta de forma misteriosa. (…) lo observo trabajar en la oscuridad. Puedo distinguir su cara bajo el resplandor de la pequeña luz roja. Parece un demonio. Me tiene subyugada que mi único deseo es que termine su trabajo y venga a mí.
Sentía compasión por el pintor japonés Fujita. Observaba en silencio, mientras posaba para él, el vuelo siempre limitado de la condición humana, que al final se reduce a lo más simple:
De cuando en cuando, se acercaba y escudriñaba alguna parte de mi anatomía con una precisión que me angustiaba, y me decía con toda naturalidad y con su acento japonés, que le impedía pronunciar las erres: "No es nada. Tú, glan belleza alegle. Yo sel pulga".
Kiki adoraba a Robert Desnos:
Desnos es de esa clase de personas que siempre tiene prisa. ¡Quiere vivir rápido! Se desvive por encontrar alojamiento, por obtener dinero para un amigo.
Conocemos hoy al milímetro el cuerpo expuesto de la modelo. Kiki será, ante todo, para nosotros, un dorso infinito, de anchas caderas y nalgas blanquecinas, la réplica dadaísta de la belleza nacarada y neoclásica de la Bañista de Valpinçon de J. Auguste Dominique Ingres.  

Esa foto retocada que Man Ray tituló Violon d'Ingres es tramposa, como el verdadero talento, y conduce irremediablemente la mirada hacia los contundentes riñones, que parecen sostener el peso de todo. De sus riñones hablaba precisamente Hemingway, con admiración:
De sus riñones no tenemos por qué preocuparnos: Kiki procede de Borgoña, donde hacen estas cosas mejor que en Illinois o Massachusetts.
Sigue habiendo algo anómalo e inquietante en ese fotomontaje, algo que no es inmediatamente perceptible. La espalda es la de una mujer sin brazos. Quedan extrañamente succionados. Para conseguir este efecto monstruoso, Kiki soportó horas de trabajo junto a Man Ray. De la monstruosidad nada queda en el ojo del que ve, pues la fuerza visual que propone el fotógrafo es tan engañosa que la ausencia de brazos pasa inadvertida. ¿Qué vemos en realidad? Carne de mujer o materia inerte. De la monstruosidad humana sale lo bello del objeto.

Puro diletantismo.

Kiki es espalda y es rostro. Y desnudos carnosos multiplicados.

Pero Kiki no es sólo ese Violon d'Ingres, musical y sensual: su cara y su corte de pelo a lo garçon marcaron las claves estéticas de la mujer moderna. Y lo más impresionante de todo es que l'air du temps de las vanguardias parisinas quedó atrapado en la reluciente escultura en bronce que le hizo el español Pablo Gargallo.

Para los que no sean supersticiosos y sí algo devotos de las lápidas, invito a que se bajen en la estación Falguière y caminen hasta encontrase con el pequeño cementerio de Montparnasse, y que entren allí donde ya sólo moran los nombres de aquellos personajes que dieron vida a ese maravilloso barrio.


KIKI DE MONTPARNASSE: RECUERDOS RECOBRADOS. Nocturna Ediciones, 2009, 230 páginas. Traducción de José Pazó Espinosa.
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