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TONY BLAIR

El ingenuo cínico

La Esfera de los Libros ha tenido el acierto de traducir al español las memorias de Blair, tituladas A Journey en su versión original. Como casi todas las memorias de políticos en que los políticos se deciden a contar cosas, resultan interesantes.

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Tony Blair irrumpió en la política occidental europea como un ventarrón de aire fresco. Era un político con aires nuevos, que había sabido modernizar el rancio laborismo británico, atado a los polvorientos sindicatos. Se dio cuenta de que, con el viejo mensaje, que apestaba a naftalina a varias millas de distancia, les sería imposible derrotar a los conservadores, aun cuando estuvieran dirigidos por un tipo tan insulso como John Major.

Para lograrlo, Blair inventó el New Labour. Es lo que aquí conocemos como Tercera Vía, una especie de izquierda renovada, algo más próxima a la derecha de lo que lo estuvo la izquierda de los setenta y ochenta en temas como el orden público o la enseñanza pero decididamente radical en otros, como los derechos de los homosexuales. Para ser sinceros: en el New Labour de Blair había bastante más de lo primero que de lo segundo. Pero es que Blair se dio cuenta de que Gran Bretaña es una nación de tendencias instintivamente conservadoras, donde a la izquierda sólo le es posible vencer si los conservadores sufren una grave crisis y los laboristas aciertan a no alejarse demasiado del centro. Eso es lo que Blair hizo.

Lo curioso es que tal giro, renovación o aggiornamento, como ustedes quieran llamarlo, no fue motivado por una reflexión ideológica. Blair confiesa abiertamente que el New Labour se inventó para ganar elecciones. Casi viene a reconocer que lo que hizo fue aceptar como propias las ideas que creyó eran las mayoritarias entre sus conciudadanos. De este modo Blair se revela como el primer político del siglo XXI, a pesar de que ganó sus primeras elecciones a finales del XX.

Puede chocar al lector español que un político con los oídos tan pendientes de la opinión pública se equivocara en lo de la guerra de Irak. Blair justifica su decisión en términos morales, de forma muy parecida a como lo hace al hablar de Kosovo, intervención que sus compatriotas sí aplaudieron. Pero en el terreno doméstico la defensa de sus políticas se basa en cuestiones puramente electorales. Dicho de otro modo: hizo lo que hizo porque a la gente le gustaba que lo hiciera. A este respecto, el lector español no debe olvidar que Blair ganó por mayoría absoluta el derecho a un tercer mandato en 2005, en plena crisis de Irak, lo que demuestra su capacidad para olfatear los gustos de la opinión pública... a pesar del error de Irak.

Mucha de la gracia que tienen estas memorias está en que al autor no le duelen prendas en reconocer abiertamente su cinismo, lo que les da una pátina de franqueza que hace que el lector se sienta inclinado a creer a pie juntillas todo lo que se le cuenta. Al decirse abiertamente cínico, Blair da la impresión de ser algo ingenuo. Así, admite sin ambages la importancia que para la política tienen las encuestas. Todos los políticos –dice– aseguran no hacerles caso y todos mienten. Al hablar de los homosexuales, explica cómo los conservadores acusaron durante años a los laboristas de proteger los derechos de este colectivo. En los ochenta, esta acusación fue rentable para el partido tory, pero a finales de los noventa se volvió contra él. Blair parece enorgullecerse de haberse dado cuenta de este giro, pero no explica cuáles eran sus ideas al respecto. Le parece suficiente justificación el haberse percatado del cambio. Cuando su política concuerda con las preferencias de la ciudadanía, las justificaciones sobran. Sólo cuando se equivoca, cuando no acierta a actuar como desearía la opinión pública, busca Blair explicarse, normalmente en términos morales.

Es tal la franqueza del laborista, que reconoce que, aun sabiendo algo de historia (conocimientos que pocas veces afloran en estas páginas), al llegar al 10 de Downing Street apenas sabía nada de política exterior. Díganme qué presidente o primer ministro del siglo XX de Europa Occidental reconocería tan abultada ignorancia. Tanta franqueza desarma al lector, que, casi sin querer, empieza a simpatizar con el personaje.

A algunos lectores pueden resultar aburridos los capítulos dedicados a la política interior británica. Sin embargo, el esfuerzo para superar el tedio inicial les será debidamente recompensado. Por de pronto, se aprende con Blair el funcionamiento de la más antigua monarquía parlamentaria del planeta. Dado que España tiene un régimen político similar, ver cómo son las cosas allí no es trabajar en balde. Un ejemplo: el primer ministro británico no sabe qué le van a deparar las sesiones de control al Gobierno. Tan sólo sabe quién va a preguntarle; y ni esto es seguro, porque son posibles los cambios. Esta manera de funcionar da una viveza a los debates desconocida en España, donde los miembros del Ejecutivo tienen mucho tiempo para pensar qué van a responder, ya que las preguntas han de ser registradas previamente. Por eso aquí el debate es tedioso, cuando no una discusión de besugos.

Por lo demás, las luchas intestinas con Gordon Brown, los escándalos sexuales y económicos, las dimisiones forzadas en su gabinete, las crisis gubernamentales, la relación de amor-odio de los políticos con la prensa y todo lo relativo al combate político del día a día son fuente de entretenimiento, y sirven para ilustrarnos sobre cómo se las gastan en el Reino Unido: con la misma crueldad y falta de escrúpulos que se estila aquí...

Para el público español, son muy interesantes los capítulos dedicados a Irak. La intervención está justificada de un modo tan brillante para lo que podríamos llamar público buenista, que no me extrañaría que, de leer estas páginas, algún que otro progre local saliera de ellas convencido. La manera en que Blair se defiende es además atractiva por contraste con lo que hizo Aznar, que, displicentemente, se dejó martirizar; se sabía poseedor de la razón, pero al tiempo se negaba a exponerla.

Todas éstas son, me parece, buenas razones para leer el libro. Pero si no fueran suficientes, debe destacarse que el capítulo dedicado al fallecimiento de Lady Di es sencillamente magnífico, a pesar de su relativa falta de importancia política. Quien haya visto la película La reina podrá seguir la narración revisando en su memoria los escenarios en los que fue rodada. Tampoco tiene desperdicio la descripción que hace Blair de sus relaciones con la realeza, de esa mezcla de desprecio y falta de comprensión que tuvo que padecer, y que quizá explique por qué no ha sido invitado a la boda del príncipe Guillermo.

El libro es muy entretenido, se lee con gusto y está muy bien escrito, dicho sea en halago del negro encargado de convertir en algo próximo a la literatura los recuerdos del ex premier. Quienes esperen sesudos análisis de la realidad que le tocó vivir a Blair en sus años de gobernante, se sentirán decepcionados. Aquí lo que hay es un genuino político del siglo XXI, con todas sus características perfectamente desarrolladas. Puede afirmarse que Blair es, en británico y laborista, lo que Zapatero en español y socialista. La gran diferencia es que el primero es listo y, digámoslo caritativamente, el segundo no tanto. José Bono dijo del escocés que era un "gilipollas integral". ¿Qué opinará, entonces, de su cofrade?

 

TONY BLAIR: MEMORIAS. La Esfera de los Libros (Madrid), 2011, 976 páginas.

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