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CIENCIA

El mar tuvo mala suerte

El mar tuvo mala suerte. Al menos eso cuenta una leyenda (que no deja de serlo) que atribuye a la exploración oceanográfica la condición de perdedora en una gran apuesta.

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Dicen que Kennedy tenía encima de la mesa de su despacho dos proyectos igualmente atractivos de financiación científica: la entonces loca idea de poner un ser humano en la Luna y un ambicioso programa de exploración de las profundidades marinas. Todos sabemos cuál eligió.
 
Se ha comparado muchas veces el devenir de la ciencia oceanográfica con el de la astronomía y la carrera espacial. Ambas nos enfrentan a profundidades desconocidas, ambas se resuelven en fronteras inaccesibles para el ser humano; cada una de ellas nos sugiere un sueño imposible: volar como las aves, nadar como los peces.
 
No cabe duda de que la palma se la ha llevado tradicionalmente el cielo. Sólo en 1999, la NASA tiró a la basura –en dos misiones fallidas a Marte– mucho más dinero del que se ha gastado la National Science Fundation en ciencia marina durante toda su historia. Por eso, es muy probable que hoy tengamos datos más certeros sobre la composición de la superficie de Marte, y cartografías más precisas del suelo lunar, que del lecho oceánico.
 
Hay, sin embargo, muchos argumentos para pensar que en las profundidades marinas se esconden tesoros científicos de importancia, cuanto menos, similar a la de los que se puedan extraer de las lejanías siderales. Robert Kunzig los repasa con exhaustividad y pasión en el libro que nos ocupa esta semana: La exploración del mar.
 
Kunzig es un privilegiado de la divulgación. Dirige la edición europea de la revista Discover, un medio que a lo largo de las décadas se ha convertido en una joya de la prensa científica popular, atrevida, divertida, rigurosa y, en ocasiones, provocadora. Pocos escritores de ciencia han atesorado a lo largo de su carrera tantos galardones como Kunzig, que cuenta incluso con el prestigioso premio de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias. Todos ellos, por artículos o libros dedicados a su gran pasión: el mar.
 
Su visión de los océanos no es la de un naturalista o un biólogo marino. No tenemos ante nosotros a un Cousteau hablándonos de delfines, ballenas y arrecifes de coral. Kunzig contempla el mar con la misma mirada con que un geólogo observa el Himalaya y un planetólogo desentraña espectrografías del suelo rocoso de Marte. En su libro nos desvela un océano de cordilleras profundas, corrientes sinuosas, termoclinas esquivas… Su obra es un canto a lo más extraño y extremo del medio marino: las medusas iridiscentes de las profundidades, las fosas a las que el ser humano no ha podido asomarse, las calderas hidrotermales que pueden atesorar datos sobre el origen de la vida, los microorganismos que desafían los modelos biológicos de la supervivencia, las oscuras relaciones entre la temperatura de las aguas y el clima de la Tierra...
 
Una vez más, la comparación con el espacio es inevitable. Porque el océano de Kunzig no es el de las lanchas zodiac, los faros, las playas y los trajes de neopreno. Los exploradores de este mar son hombres y mujeres más parecidos a astronautas que a buzos, embozados en sus trajes de compresión o pilotando batiscafos de incierta suerte. Y los científicos que los esperan en tierra firme se asemejan más a los astrónomos que a los biólogos. No tienen telescopios, pero observan termografías del medio acuático, indagan con cámaras de gran profundidad, analizan composiciones químicas, densidades, corrientes… Visto por esos ojos, el mar es un planeta desconocido.
 
Kunzig aporta unas exquisitas dosis de emoción a todo ello. Su prosa es veloz, apasionada. No abundan los tecnicismos, pero el nivel de explicación es alto y la cantidad de datos, más que satisfactoria. Tiene esa habilidad de los buenos divulgadores para apelar a lo humano en cada capítulo: siempre hay una referencia a una aventura personal, a un científico enamorado de su obra, a un fracaso y un triunfo. Y sitúa el objeto de su estudio en un elevadísimo punto de interés, como cuando nos sugiere que, efectivamente, la vida en la Tierra nació del agua y desaparecerá cuando nada quede del agua. Dentro de miles de millones de años, cuando el Sol agote todo su combustible y se convierta, tras su postrera implosión, en una estrella gigante roja. La primera noticia de que todo se habrá acabado será el agotamiento de la última molécula de agua en la Tierra. Por supuesto, los seres humanos no esteremos ahí para contarlo.
 
Pero la Tierra, que empezó a convertirse en planeta hace 5.000 millones de años a partir de una nube de polvo, volverá a ser un cuerpo seco... preparado para desintegrarse de nuevo en polvo. Pulvis est, et in pulverem reverteris.
 
 
ROBERT KUNZIG: LA EXPLORACIÓN DEL MAR. Laetoli (San Sebastián), 2007, 386 páginas.
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