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HISTORIA

El rey republicano

Las comparaciones no son odiosas; sólo lo pueden ser las diferencias. La gran suerte de José Bonaparte ha sido presentarse ante la Historia como la alternativa a Fernando VII. La distinción entre uno y otro permite catalogar al primero como un modernizador y al segundo como lo que fue, un abyecto déspota.

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La pregunta de cuál hubiera sido el porvenir de España con el francés se formula, normalmente, para contestar con una serie de lamentaciones. Pero, ya puestos a fantasear, ¿y si Fernando hubiera sido como Carlos III? ¿Qué idea tendríamos, entonces, del rey impuesto en Bayona?
 
Joaquín Murat, gran duque de Berg, cuñado del Emperador, fue, como Carlos III y José Bonaparte, rey de Nápoles; entre 1808 y 1815. Se trató de una imposición de Napoleón. A pesar de sus ansias reformistas, los napolitanos soñaban con la vuelta de los Borbones. De poco le valió traicionar al Emperador cuando la victoria en la guerra europea parecía caer del lado aliado: acabó sus días frente a un pelotón de fusilamiento; y es que la Europa de la Restauración no podía permitir la permanencia de la internacional bonapartista en trono alguno.
 
José Bonaparte no hubiera acabado así. Manuel Moreno Alonso, uno de los mayores especialistas en la historia del primer tercio del XIX español, hace un magnífico retrato de este personaje en el libro que nos ocupa. El profesor Moreno, que nos ha brindado obras imprescindibles –como La forja del liberalismo en España: los amigos españoles de Lord Holland (1793-1840)–, nos muestra a un hombre que, a diferencia de Murat, y sin ser cobarde, no hubiera urgido a sus verdugos a abrier fuego.
 
Napoleón.La clave del personaje fue su condición de hermanísimo del Emperador. Fue por sus lazos de sangre que se enriqueció escandalosamente y entró por la puerta grande en la vida política. ¿Habría sido la misma su historia si hubiera procedido de una familia normal y corriente? Lo más probable es que no. Leyó a Rousseau, como tantos otros, y le endiosó, como muchos jacobinos. Pero fue un superviviente: no tuvo empacho alguno en amoldarse a los vientos políticos, capear el vendaval del Terror de 1793, sumarse al Directorio y coadyuvar al golpe de estado del 18 Brumario. En una acrobacia más, pasó de republicano a monárquico cuando el primer cónsul, o sea su hermano, se nombró a sí mismo Emperador.
 
Ya convencido de la bondad de la fórmula monárquica, su gran preocupación, al menos hasta 1808, fue la de suceder a Napoleón. Por eso rechazó el reino de Lombardía en 1805, aunque al año siguiente no tuvo más remedio que aceptar el trono de Nápoles, al que luego, en el exilio, no miró con nostalgia. Otra cosa fue el español, que recibió encantado de manos de su hermano, y que marcó su vida como ninguna otra cosa.
 
Enamorado de su biografiado, Moreno Alonso nos desvela a un José Bonaparte entusiasta e ingenuo que se lleva a Madrid su ímpetu reformista y sus costumbres particulares. Llama la atención su obsesión por las mujeres: su carácter mujeriego le animaba a llevarse a sus amantes en sus desplazamientos. ¿Le creaba esto problemas conyugales? No, porque su esposa, nos dice Moreno Alonso, "era fea, pero (...) de costumbres dulces y apacibles" (p. 88). Ahora bien, los españoles prefirieron achacarle vicios, como el de la bebida, y defectos físicos que no tenía. Mesonero Romanos, un niño madrileño en el Dos de Mayo, escribió que una vez su padre fue recibido por el francés. Cuando regresó a casa, aquél, hombre instruido y respetado, contó a los suyos con no poca sorpresa que el Bonaparte no era tuerto, como decían "los papeles". Las guerras de propaganda son así...
 
José no llegó a reinar. De hecho, un día confesó que deseaba "acabar con toda esta ficción soberana" (p. 372). Encontró dos grandes obstáculos para gobernar, y no pudo con ellos. A la "repugnancia invencible que la nación le oponía" (p. 338) se sumaba la soberanía que de facto ejercía el Emperador. Cuando protestó por esto último, Napoleón amonestó severamente a su enviado y añadió: "No se olvide, sobre todo, que debe la corona a Francia", es decir, a él. El dictador francés, que se anexionó la orilla izquierda del Ebro en 1810, no dio a su hermano el mando del ejército imperial en España, e hizo de los generales que envió a la Península, y que con tanto afán se dieron al latrocinio, una suerte de reyes de taifas. Es más, acabó devolviendo España a Fernando VII sin contar con José.
 
Éste no opuso un plan racional a tales impedimentos. En abril de 1811 concibió un proyecto descabellado: dar la espalda a su hermano, pactar con Inglaterra, convocar unas Juntas Generales y proponer a las Cortes de Cádiz que le reconocieran y le ayudaran a redactar un texto que aboliera el de Bayona, idea que Moreno Alonso califica de "verdaderamente alucinante" (p. 350). Al final, José perdió la ilusión por crear un reino propio en España. Acabó derrotado en Vitoria, en junio de 1813, a causa de la desobediencia de sus generales y de los errores militares que cometió. En el mismo campo de batalla, que dejó a uña de caballo, perdió su equipaje, el galdosiano "equipaje del rey José", una colección sorprendente de riquezas y obras de arte.
 
El último capítulo del libro está dedicado a una parcela de la vida de José Bonaparte prácticamente desconocida en España: su corto exilio en Suiza y su vida en Estados Unidos como Conde de Survilliers. Allí, al otro lado del Atlántico, descubrió la democracia.
 
José fue, y no hay necesidad de recurrir a la fácil comparación con Fernando VII, un producto de la Revolución Francesa, un propagador del reformismo forzoso, pero no un tirano, como sí lo fue su hermano.
 
Concluyo como empecé, preguntando: ¿cuál habría sido la historia de Francia y de su revolución si su destino hubiera estado en las manos de José, en vez de en las de Napoleón? Quizá habrían triunfado sin tanta sangre.
 
 
MANUEL MORENO ALONSO: JOSÉ BONAPARTE: UN REY REPUBLICANO EN ESPAÑA. La Esfera de los Libros (Madrid), 2008, 551 páginas.
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