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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Gente del norte

Podía haber sucedido hace años, porque suecos, noruegos, daneses o islandeses no han empezado a escribir hoy. Ya en los ochenta se publicaron en español varias novelas de la pareja formada por Maj Sjöwall & Per Wahlöö, en una colección de bolsillo que pasó sin pena ni gloria y en la clásica –y clásicamente descuidada– Noguer. Ya en 1973, Stuart Rosenberg dirigió a Walter Matthau en San Francisco, ciudad desnuda, basada en la novela de Sjöwall y Wahlöö El policía que ríe.

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Las obras de Sjöwall y Wahlöö fueron las primeras en meter el bisturí en los Estados de Bienestar del norte de Europa, tan sobrevalorados por el agit prop socialdemócrata y, en España, por las carencias sexuales de la época de Franco.

Yo tardé lo mío en aprender que esos Estados perfectos eran básicamente maquinarias totalitarias. Con gente bien alimentada, eso sí. Pero dedicadas al control de los individuos de la cuna a la sepultura –el caso de Lisbeth Salander no es aislado, todo lo contrario– y a la práctica eugenésica clandestina hasta bien entrados los ochenta, al menos oficialmente y después de esforzadas denuncias y persecuciones a los denunciantes. Y es que resulta muy adictivo para los tarados más crueles el capar a los tarados más tímidos: no hay más explicación, visto que la raza no sólo no mejora sino que empeora francamente cuando se entra en esa espiral.

Cuando mi amigo José Luis Ramírez, profesor de filosofía en Estocolmo, me invitó a conocer Suecia con la excusa de dar unas charlas sobre el Romanticismo vi el drama de cerca. La verdad es que la eficiencia es tan peligrosa como la torpeza y la improvisación, si no se la contiene un poco. Nada más eficiente que la industria de la muerte de los nazis. Pero no voy a emprender aquí la crítica del Estado sueco, que merecería una más extensa consideración fuera del suplemento de Libros. Sólo lo señalo porque creo que la calidad de las novelas de las que me ocupo hoy está directamente relacionada con el espíritu analítico de sus autores. De modo que continúo.

El fenómeno de la difusión masiva de autores nórdicos del género negro podía haberse producido antes. Si no con Sjöwall y Wahlöö, sí con el best seller del danés Peter Hoeg, La señorita Smila, que también recibió los honores del cine. Pero enseguida se tradujeron otras obras del autor y se comprobó que era un tío más bien pesado.

La cosa empezó con Henning Mankell, cuyas primeras novelas leí con cierto agrado, aunque no se salían de la norma establecida por Vázquez Montalbán y que venían siguiendo desde Markaris hasta Camilieri, pasando por Donna Leon, casi sin excepción. Pero Mankell escribe como piensa, y si se va de paseo con la flotilla a Gaza no se puede pretender que su cabeza literaria marche por una vía distinta, aunque excepciones ha habido en la historia. No es el caso. Por eso su inspector Wallander se pasa la vida asombrándose de lo mucho que ha prosperado el crimen en Suecia, donde antes –¿antes de qué?– no pasaba casi nada. Ni él se lo cree, desde luego.

El gran detonante y la moda de la literatura nórdica llego finalmente con Stieg Larsson. En un viaje a Barcelona conté tres ejemplares de Los hombres que no amaban a las mujeres en el mismo vagón. A veces se me ocurre que es posible que el público, que se deja engañar por los fabricantes de novelas históricas que no tienen nada que ver con la historia, preserva cierta capacidad discriminadora. Porque realmente hay un abismo entre Mankell y Larsson. Toda la blandura del primero, toda su tolerancia hacia la sociedad en la que vive, es desconocida para Larsson, un anatomista social de primera que no deja escapar detalle. Y para que o queden dudas su protagonista, Lisbeth, es una víctima del sistema que, por los mismos canales subterráneos en los que se pasean los poderosos, consigue, al menos parcialmente, salir airosa. No sé qué hubiese sido de ella de haber vivido Larsson unos años más.

Decía Juan Carlos Rodríguez en El Economista que esta literatura tiene el éxito que tiene porque "ha arraigado en una sociedad del bienestar en declive", que es la de Occidente en general, y de modo muy particular la española. Y es natural que la lectura histórica de esa decadencia se inicie en los países que han sido modelo de prosperidad; por ejemplo, Noruega, a la que Jo Nesbo, uno de los autores más notables de esta oleada, define como "la socialdemocracia más rica y más generosa del mundo", sentada sobre un mar de petróleo: la que ha generado al asesino Anders Behring Breivik.

Yo siento especial aprecio por Nesbo, pero también una debilidad por el islandés Arnaldur Indridason. A ambos los he leído con placer. Recomiendo con entusiasmo a ambos. Se puede empezar por cualquiera de sus títulos.

Por supuesto, como cabía esperar, hay también una lista de autoras. Las más relevantes, a mi juicio, son Liza Marklund, sueca, y Karin Fossum, noruega, pero se les ha añadido hace poco la muy notable Unni Lindell, también noruega, autora de La trampa de miel y El ángel oscuro.

Vale la pena leerlos porque, aunque no nos hayamos hecho cargo, los nórdicos no son sólo unos señores que se emborrachan en España: son nosotros.

 

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